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AL PASO

Un paseante en Barcelona

jueves 07 de marzo de 2013, 08:39h
He estado en los últimos meses dos veces en Barcelona. En realidad debería decir que he pasado por la ciudad, pues he ido a tiro hecho, a resolver dos asuntos, sin tiempo para pasearme por ella, como he solido en otras ocasiones. Qué placer flanear por la ciudad, con todo el día para uno: siempre comienzo por el barrio gótico: los alrededores de la Catedral, la basílica de Santa María del Mar, la plaza del Rey, algo destartalada, que evoca en seguida la plaza Nueva bilbaína o la de la Constitución de San Sebastián. Qué bella esta combinación de barrio menestral, donde debió estar la imprenta en que se editó la primera edición del Quijote, y los palacios de las instituciones públicas, sede hoy de museos, archivos y organismos imprescindibles del renacimiento de Cataluña. Podemos visitar el Ayuntamiento- la casa de la Ciutat- cuyo edificio Pla, tan parco en adjetivos, califica de grandioso, y sentarnos en los bancos del Saló del Cent , de delicado artesanado. Pasaremos después a una Sala en el que un óleo magnífico retrata a la Reina María Cristina con sus manos sobre los hombros de Alfonso XIII, todavía niño. Apunto este delicado gesto de la ciudad condal, como San Sebastián, con las reinas españolas. El guía puede llevarnos al Saló de les Cròniques, encargado para la Exposición Universal de 1929, decorado por unos frescos de Sert. Llama la atención el gigantismo de la empresa alusiva a momentos cruciales de la historia medieval catalana y cierta inspiración goyesca que resulta innegable.

En un viaje anterior a Barcelona en una de las librerías de la Parte Vieja- una sucursal de La Central- compré el ejemplar de John H. Elliott, Haciendo historia. En la colección de fotos que incluye el libro figura una del entonces joven investigador, en la que posa con la familia Coderch en cuya casa se hospedó durante su primer año de estudios en 1953-1954, a la salida de misa, seguramente en la propia catedral de Barcelona. En alguno de los edificios públicos que alberga el barrio gótico debía de trabajar el historiador en ciernes Martí de Riquer cuando al comienzo de la guerra civil trataba de salvar de la insania popular documentos de la historia catalana, considerados reaccionarios por viejos, y por tanto merecedores de la destrucción de la revolución.

A la tarde puedo ir al Parque de Güell, cuya fascinación persiste desde que uno lo visita por primera vez. Me quedo, sobre las columnas y bóvedas inverosímiles de la Gran Plaça Circular, con algún dragón de brillantes azulejos en las escaleras del Parc. Pienso también en la figura que componía el arquitecto, a la manera del Greco, con su barba escueta y delgadez extrema. Me cautiva su ascetismo de santo y la tragedia incomprensible de su muerte, arrollado por un tranvía en las calles de Barcelona en 1926. Cuando se piensa en Gaudí se repara en la genialidad de su imaginación, creando un mundo radicalmente nuevo y original, pero también su capacidad para decidir no sólo sobre arquitectura, sino sobre decoración, escultura, etc. Un artista genial y total.

Dejemos algo de tiempo para ir a alguna librería. Barcelona es la ciudad de las editoriales, que han ido siempre a la cabeza del negocio del libro en España. A finales del XIX se publica en Barcelona una Geografía en la que contribuye Teófilo Guiard con una aportación capital para el conocimiento del desarrollo industrial y comercial del País Vasco moderno, que yo consultaba en mis estudios sobre el surgimiento del primer nacionalismo vasco. En los años sesenta del pasado siglo la editorial Gallach fija el canon de nuestra historiografía con su Historia de España, que me regalaron cuando acabé en San Sebastián el bachillerato. Recuerdo la impresión que me causó ver las decenas de tomos de las Obras Completas de Josep Pla en catalán, comenzando por su Quadern Gris, en un formato tan parecido al de la Pléyade, en los anaqueles de la librería que la editorial Destino tenía en una conocida calle de Barcelona. Aquí residían las editoriales universitarias Ariel o Seix y Barral que acogían los intentos de recuperación más serios en las ciencias sociales. Y en Barcelona durante los sesenta se editaba el semanario Destino, donde escribían Delibes, Ridruejo o Cunqueiro, o la revista El Ciervo, en que leíamos a Comín o los hermanos Gomis, publicaciones ambas decisivas en la construcción de la cultura democrática durante el franquismo.

Soy incapaz de imaginarme un futuro en el que este referente barcelonés salga del horizonte espiritual en que hemos formado nuestra vida por un golpe de mano tan audaz como impensadamente desgraciado. Sigo andando con Pla por Barcelona largas horas,“sin intención determinada, deteniéndome ante un escaparate, entrando en una librería, anclando durante un rato en la terraza de un café, el espíritu disperso en el movimiento ciudadano, en las manchas de luz, en las figuras que pasan rápidamente y desaparecen”…