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Bienvenidos a la crisis

Lorenzo Bernaldo de Quirós
lunes 28 de abril de 2008, 21:22h
A estas alturas, todos los indicadores cualitativos y cuantitativos comienzan a sugerir que la economía española sufrirá una desaceleración mucho más intensa de lo previsto en 2008 y 2009 puede ser aun peor. De hecho, la mayoría de los analistas corrige a marchas forzadas y, por supuesto, a la baja sus pronósticos. La combinación de desequilibrios macro -inflación/déficit exterior- y microeconómicos -alto endeudamiento de las familias y de las empresas- en un contexto de restricción crediticia resulta explosiva. Este último factor ha agudizado y acelerado la ralentización del ritmo de crecimiento del PIB que se venía observando a lo largo de los últimos trimestres. En este escenario, la hipótesis de que la economía española crezca por debajo del 2 por 100 este año resulta bastante verosímil y es muy probable que peque de generosa.

El cuadro de previsiones macroeconómicas del gobierno para 2008 es increíble y así lo han expresado el grueso de los expertos e instituciones, nacionales e internacionales, públicos y privados. Es impensable que España recupere tasas de crecimiento económico del 3 por 100 en 2010 y vuelva a generar un superávit presupuestario con una política económica como la planteada por el gabinete socialista. Es más, la estrategia keynesiana de incremento del gasto público y la renuncia a aplicar medidas liberalizadoras es la terapia contraria a la exigida por las circunstancias económicas del país. Ante un panorama de menor crecimiento y mayor inflación, la receta de “manual” es recortar el gasto público, abrir los mercados a la competencia y disminuir la presión fiscal, esto es, el camino opuesto al elegido por el PSOE.

La evolución del desempleo es un reflejo y un anuncio de la intensidad del ajuste. Si la economía destruye puestos de trabajo con tasas de crecimiento en torno al 3 por 100, no hace falta tener una imaginación portentosa para intuir cómo evolucionará en binomio paro/empleo en los próximos trimestres cuando la actividad se debilite con mayor ímpetu. Con un mercado laboral tan rígido como lo es el español y con una estructura salarial ligada a la evolución de la inflación, España va a entrar en una rápida dinámica de destrucción de empleo. Si esto sucede, el impacto sobre el consumo privado será alto y, entonces sí, la morosidad puede empezar a convertirse en un serio problema.

Por otra parte, la crisis que viene será larga y profunda. La acumulación de desequilibrios públicos y privados después de un dilatado ciclo expansivo fuerza de manera inevitable a una purga de saneamiento para eliminarlos y/o reducirlos. El problema es que la medicina para producir ese objetivo en una unión monetaria es mucho más dolorosa que la que podría aplicarse fuera de ella. Durante una década hemos disfrutado los beneficios de la moneda única y ahora vamos a soportar sus costes. Si España no estuviese en la UEM, podría corregir el desequilibrio exterior devaluando la peseta y combatir la inflación con una política monetaria restrictiva. Ahora, eso es imposible y, como enseña el “manual”, cuando una economía no se ajusta vía precios, lo hace vía cantidades.

Ese inevitable proceso purificador es más duro cuanto más rígida sea la economía porque para recuperar la competitividad perdida y crecer de nuevo, el crecimiento de los precios y salarios españoles ha de ser inferior al de nuestros socios y competidores. Este es un camino lento y difícil de transitar en los estados con mercados muy intervenidos. La desinflación competitiva tardó diez años en producir efectos en Alemania sobre la base de una pérdida continuada de poder adquisitivo de los salarios. Portugal no ha sido capaz de aplicar esa dura terapia y su economía lleva estancada desde principios de siglo. Con las instituciones laborales españolas es impensable un ajuste a la baja de los salarios al estilo alemán, lo que sugiere como hipótesis más probable de materialización la situación portuguesa.

Si los problemas macroeconómicos son serios, los micro son mucho peores. El alto endeudamiento de las familias y el creciente de las empresas restan eficacia a cualquier estímulo monetario y fiscal. Tanto si se recortasen los tipos de interés como si se bajasen los impuestos es dudoso que esos agentes económicos utilizasen esos nuevos recursos para gastar e invertir más. Por añadidura, una política monetaria más expansiva en la UEM, lo que resulta improbable, sólo serviría para atizar la inflación y antes o después forzaría al BCE a endurecer su política lo que anularía, si se hubiese producido, lo que es improbable, una reactivación impulsada por la laxitud monetaria previa. Al mismo tiempo, un recorte impositivo no acompañado de una reducción del gasto público generaría un déficit público que obligaría a subir los impuestos en el futuro para financiarlo. En este marco de Equivalencia Ricardiana, los potenciales efectos estimulantes de la rebaja tributaria se verían neutralizados.

Por último, la presencia simultánea de un paro y una inflación crecientes reflejan de manera contundente una disminución del potencial de crecimiento de la economía española, esto es, de su capacidad de crecer por encima y de recortar el desempleo por debajo de un determinado nivel sin que el nivel general de precios emprenda una carrera alcista. Esto significa que la economía nacional está adentrándose en un escenario de estancamiento con inflación, estanflación, fea palabra creada para describir una realidad todavía más fea. Ante este panorama, las políticas de demanda no son instrumentos capaces de impulsar la actividad, el consumo y la inversión. Aquí la respuesta correcta y eficaz es introducir una agresiva estrategia de oferta, esto es, de liberalización de los mercados, lo que va a hacer este gobierno.

Esta situación es difícil que mejore y es probable que empeore si la recesión norteamericana, que ya está en curso, es larga, es decir, si dura más de cuatro trimestres, lo que parece bastante posible. Y no olviden que, por ejemplo, la “burbuja inmobiliaria” ha sido mucho mayor en España que en los EE.UU. y nuestro crecimiento, al menos en los dos últimos años ha sido empujado básicamente por ella.
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