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ENTREVISTA

Paloma O'Shea: “España ha dado un salto espectacular en su vida musical”

lunes 28 de abril de 2008, 23:48h
Un total de 184 pianistas aspiran al Primer Premio de Santander en el Concurso Internacional de Piano que usted preside en la capital cántabra.

Así es. En estos días precisamente se está reuniendo el Jurado de preselección para decidir de entre todos esos candidatos, los veinte que acudirán a Santander.

¿Cómo ha evolucionado el certamen desde sus inicios, en 1972?

Ha cambiado mucho, naturalmente, al mismo ritmo en que iba evolucionando nuestro país. Empezó como un empeño personal mío para ayudar a los jóvenes pianistas en un momento tan importante de sus vidas como es el comienzo de sus carreras profesionales. En vista del éxito, en seguida le dimos carácter internacional e ingresamos en la Federación de Concursos Internacionales de Música. Desde entonces, el Concurso ha crecido constantemente y se ha situado entre los más importantes del mundo, gracias al trabajo de muchas personas y al gran talento de los concursantes.

Santander, en el marco de los cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo, ¿es el lugar soñado para un concurso de este tipo?

Es un lugar ideal. Tiene mucha tradición musical y cultural; un Festival Internacional de primera fila, en el que por cierto se insertan los conciertos con orquesta del Concurso; y un público que acude a las pruebas con entusiasmo y las sigue con gran conocimiento. Y eso sin dejar de ser una ciudad deliciosa, como todo el mundo sabe, de un tamaño que facilita mucho la convivencia. A veces llueve, claro, lo que también tiene su encanto. Las dos semanas de julio y de agosto durante las que transcurren las pruebas suelen ser una maravilla.



¿Cuál es la mayor virtud del piano?

Son muchas. En realidad, el piano lo tiene todo. Su tesitura es "total": en el grave, llega más abajo que el propio contrabajo y en el agudo va más arriba del flautín. Y tiene una increíble capacidad para cantar melodías, pese a ser, en el fondo, un instrumento de percusión. Además, puede producir sonidos de muy diversos colores, si el que se sienta en la banqueta es un músico de talento.

¿Y los compositores más "resultones" para ser interpretados?

Yo no hablaría de compositores "resultones", porque todos los que forman el gran repertorio han sido ya cribados por el tiempo y todos, cada uno a su manera, producen en el oyente un impacto muy grande. Podemos decir que, en el piano, dan un gran resultado prácticamente todos los grandes compositores: desde la pureza de líneas de Bach o de Scarlatti, que es anterior a la propia invención del piano, hasta la emoción de Rachmaninov o el ritmo como de gotas de lluvia de los estudios de Ligeti. Eso, por no hablar de los consabidos Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Liszt, Albéniz, Debussy, Ravel...

¿Qué es lo que más valora el jurado?

La labor del jurado es dificilísima, y tiene toda mi admiración. En todos los concursos, y también en el de Santander, se da mucho valor a la técnica, entre otras cosas, porque es una cuestión muy objetiva: o se dan todas las notas o no se dan. Si el mecanismo de pulsación no es muy limpio, eso se nota en seguida: no es materia de opinión. Pero, hoy día, todo el mundo toca muy bien y el dominio técnico prácticamente se da por sentado. Luego está lo más importante, la "musicalidad", que no se sabe bien en qué consiste y es más subjetiva y difícil de valorar. Ser jurado de un concurso de este nivel es una tarea dificilísima. Afortunadamente, nosotros en Santander hemos contado siempre con jurados de excepcional valía. Les estoy muy agradecida.

¿Qué países son los que, tradicionalmente, envían mayor número de pianistas?

Eso es quizá lo más que ha evolucionado a largo de todo este tiempo. El piano se toca muy bien, no sólo en Europa y en América, como antes, sino en todo el mundo. Algunos de los mejores pianistas que han pasado por Santander han venido de Sudáfrica, de Corea, de Israel, de China... Hoy se nota cierta preponderancia de los rusos y los asiáticos. Lo que podemos sacar en conclusión es que el piano, y la música en general, es ya en un fenómeno global y que ahora, el venir de un país determinado o de una escuela concreta ya no garantiza nada. Al final, por encima de la procedencia de cada pianista, lo importante es la riqueza de su vida interior, sin la cual es imposible hacer buena música.



Desde el primer año, ¿qué interpretaciones han pasado a formar parte de
su memoria musical?


Recuerdo como si fuera ayer la gran interpretación que hizo Eldar Nebolsin de la "Sonata en si menor" de Chopin. No se la he oído tocar a nadie igual. Luego grabó dos discos para DECCA y uno para Naxos. Ya entonces, con 17 años, Eldar tocaba maravillosamente a Mozart. También me impresionaron mucho el Bartók de Boris Giltburg, el Beethoven de Herbert Schuch, el Rachmaninov de Alberto Nosè y tantos otros. Fueron fantásticas también las actuaciones de José María Colom en las dos veces que ganó el Concurso.

La Fundación Albéniz nace con la responsabilidad de difundir y promocionar el cultivo de la música en España. ¿Es ardua labor?

Hacemos lo que podemos, pero la verdad es que estoy bastante satisfecha de lo que vamos logrando en la Fundación. Cuando empezó todo, en el Concurso de Santander, en los primeros años setenta, hubiera sido imposible imaginar que en estos años íbamos a fundar una Escuela Superior de Música y situarla a la cabeza de los centros de ese tipo en el mundo; y que íbamos a instaurar un Premio, el Yehudi Menuhin a la Integración de las Artes y la Educación, que iban a recoger de manos de Su Majestad la Reina personalidades como Alfredo Kraus, Piero Farulli, Alicia de Larrocha, Carlo María Giulini, Sir Colin Davis o Claudio Abbado; y que íbamos a desarrollar un recurso pionero de enseñanza musical, MagisterMusicae.com, capaz de guardar para el futuro y poner a disposición de todos la enseñanza de los mejores maestros del momento; y que íbamos a poner en marcha y consolidar un festival tan novedoso como el Encuentro de Música y Academia de Santander; y que íbamos a mantener un Centro de Archivo y Documentación que custodiara fondos tan importantes como el Archivo Rubinstein o el Mompou, fondos que hemos puesto ya al alcance de todos en la Red; y que íbamos a convertir a Madrid en capital de la música de cámara, con un Instituto Internacional de esa especialidad al que se iban a incorporar como profesores los principales cameristas vivos: Walter Levin, Günter Pichler, Menahem Pressler, Ralf Gothoni, Hansjörg Schellenberger, etcétera. Una nunca está del todo satisfecha con lo que hace, pero la verdad es que, vistos así, en conjunto, los programas de la Fundación Albéniz son ya una pieza significativa de nuestra vida cultural.

¿Qué resultados se están cosechando de esta intensa siembra?

En los últimos treinta años, España ha dado un salto espectacular en muchos aspectos y, muy especialmente, en su vida musical. En muchas de nuestras capitales es ya normal que haya varios ciclos estables de conciertos, uno o dos orquestas de gran calidad, un teatro de ópera en marcha, etcétera. En este tiempo, el país ha pasado de sólo cuatro o cinco orquestas sinfónicas dignas de ese nombre a cerca de treinta, algunas de ellas de nivel internacional, en una época en que en el resto del mundo no sólo no se creaban orquestas, sino que se cerraban en cadena. El cambio ha sido radical. Fijémonos, por ejemplo, en Valencia, que lleva años recibiendo las giras de los mejores músicos y donde está la sede de una ópera puntera en el mundo. Todo esto era inimaginable hace poco tiempo. Para mí es un motivo de orgullo el que la Fundación Albéniz haya contribuido en su modesta medida a esta explosión musical. Nosotros estamos produciendo una media de trescientos conciertos al año en toda España e incluso fuera. No creo que haya muchas instituciones programadoras que se acerquen a esas cifras.



¿Cómo es la educación musical en España, en comparación con Rusia o
Alemania, cunas de grandes figuras?


Aún no tenemos su nivel, porque son países que nos llevan siglos, literalmente, de adelanto, pero la situación está mejorando mucho. Hace un par de años tuve ocasión de comprobarlo objetivamente. Cuando vino al Auditorio Nacional, la Joven Orquesta Gustav Mahler, que dirige Claudio Abbado, traía cerca de veinte músicos formados en España, de los que trece, por cierto, venían de la Escuela Reina Sofía. Esa es una proporción, de entre el diez y el veinte por ciento, fabulosa para un país como el nuestro. Ese día comprendí que la España musical estaba ya jugando en la Primera División.

En carta descubierta hace unos meses, Federico García Lorca insistía ante su familia en la importancia de no abandonar la educación musical de una de sus sobrinas. Tal posibilidad la veía como una tragedia. ¿Exageraba el poeta?

No sé si tanto. La tragedia es una cosa muy grave. Pero, efectivamente, desaprovechar el talento musical es una gran pena. En la Escuela, y en el Instituto, yo presencio todos los días el espectáculo de la juventud entregada a la música y me sigue sorprendiendo cada vez. No se imagina usted hasta qué punto estos jóvenes músicos pueden llegar a conmover al espectador. No me extraña que directores que llegaron a la cumbre, como Abbado o Menuhin, hayan dejado de lado las orquestas de toda la vida, incluidas las mejores, como la Filarmónica de Berlín, para dedicar su tiempo a dirigir orquestas de jóvenes. Si Lorca, que era buen músico, encontró en su sobrina esa chispa de talento, es de esperar que se ilusionara mucho con ello.

¿La formación musical debe abordarse como un objetivo integral, o como un aporte complementario al individuo?

La enseñanza musical tiene que tener diversas facetas y ser lo más rica posible en cada una de ellas. Yo estoy convencida de que toda la población debe recibir una formación musical sólida, que le dé acceso al disfrute del gran repertorio. Por otra parte, los que tengan una vocación musical más definida tienen que poder satisfacerla en un buen sistema de educación musical especializada, que puede estar en buena medida, como pasa en los países más avanzados, integrada en el currículo de la enseñanza general.

Dicen que la música amansa a las fieras, ¿y a los ángeles fieramente
humanos? ¿Perdemos sensibilidad musical, capacidad para abstraernos
musicalmente?


Orfeo, según parece, amansaba a las fieras con su lira, pero yo no estoy tan segura, porque la música no me apacigua el alma, sino que me la remueve y la hace bullir. Yo nunca he entendido la música como relajación. Oír música, como ver un cuadro, es como explorar una tierra nueva. Entramos al teatro llenos de expectación y curiosidad y, cuando la música es buena, lo que sentimos es fascinación y entusiasmo. La tranquilidad es el silencio. La música nos saca de ahí, nos da una vuelta emocionante, y nos devuelve a la calma. En cuanto a la sensibilidad musical, no sé si se está perdiendo o no. Desde luego, el ritmo de vida actual no facilita nada la concentración, que es indispensable para disfrutar de una música elaborada y a veces compleja, como es la nuestra.

Usted suma 16 nietos, ¿cómo viven la música?

Cada uno a su manera, pero para todos ellos la música significa algo. Yo no he procurado que se hicieran músicos, ni mis hijos ni mis nietos, pero sí me he esforzado en que todos desarrollaran la capacidad de disfrutar de la música. Lo demás ya depende de cada uno de ellos.

¿Se puede vivir sin música?

Supongo que sí, porque el ser humano sobrevive en las más difíciles circunstancias, pero es una pena. Dese cuenta de que no hay ninguna civilización, primitiva o evolucionada, que no haya desarrollado un tipo u otro de música. El ser humano está hecho para cantar y para oír cantar.
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