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Después de Chávez

lunes 11 de marzo de 2013, 20:17h
Simón Bolívar, poco antes de morir, parece ser que -lamentando el escaso éxito de sus proyectos políticos, especialmente su ambiciosa idea de construir una Gran Colombia con las actuales repúblicas andinas- dijo aquello de que sus esfuerzos habían sido como “arar en el mar”. Quien fue, sin duda, un gran líder hispanoamericano que con justicia mereció que, aún en vida, se le concediese el merecido título de “El Libertador”, no sólo reflejó con esa frase la turbulenta etapa de las independencias de aquellos países sino que, un tanto proféticamente, parecía prever ya su agitada historia. El gran mundo iberoamericano no ha tenido, salvo excepciones y breves paréntesis, la libertad, la estabilidad y la compartida prosperidad a que sus riquezas naturales y el propio nivel intelectual de sus clases dirigentes le hacían acreedor.

Bolívar es todo un mito iberoamericano y en ocasiones ha sido objeto de un auténtico culto a la personalidad que ha culminado con el recién fallecido Hugo Chávez, que adjetivó de “bolivariana” a la República de Venezuela y él mismo se presentó como continuador y restaurador de un cierto “bolivarianismo”, que seguramente habría sorprendido al “Libertador”. Bolívar fue un hombre formado en los ideales de la Ilustración y en una visión del mundo y de la política que está a años luz del populismo marxista, de neta inspiración castrista, que Chávez ha impuesto en Venezuela. Al potaje ideológico de que se nutría el fallecido “comandante-presidente” añadamos, si se quiere, el ingrediente de algunas incrustaciones del Libro Verde de Gadafi que, según parece, fue durante algún tiempo su obra de cabecera. Habría sido deseable que Chávez hubiera adoptado como divisa una gran frase de Bolívar, que viene a ser un retrato anticipado del régimen chavista que, de momento, le sobrevive: “Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos”. Si así hubiera sido, muy otra, y más feliz, habría sido la suerte de los venezolanos. Bien diferente, desde luego, de la que les ha tocado con este falso bolivariano.

Seguramente acertaba Octavio Paz –en uno de los ensayos publicados en El ogro filantrópico- cuando atribuía a la herencia española algunos de los rasgos más negativos que caracterizaron la etapa inicial de aquellas repúblicas y que todavía están allí patentes en muchas de ellas. Así escribía Paz: “La revolución política de América Latina –me refiero a a la Independencia y a las luchas entre liberales y conservadores que ensangrentaron nuestro siglo XIX- no fue sino una manifestación, una más, del patrimonialismo hispano-árabe: combatió a la Iglesia como a un rival que había que desplazar; fortaleció al Estado autoritario y los caudillos liberales no fueron más blandos que los conservadores; acentuó el centralismo, aunque con la máscara del federalismo; en fin, volvió endémico el régimen de excepción que impera en nuestras tierras desde la Independencia: el caudillismo”. Por cierto que, un poco más adelante, el Nobel mexicano denomina al federalismo latinoamericano de “caciquismo disfrazado”. Una expresión que acaso podría aplicarse por estas tierras nuestras al entendimiento que algunos hacen del sistema autonómico, especialmente a los nacionalistas.

El caudillismo latinoamericano ha tenido en el pasado, en el más lejano y en el más próximo, una amplia nómina de representantes, pero –salvo, quizás, la excepción de Perón- nadie lo había llevado hasta el extremo como lo ha hecho Chávez. Aunque éste ha combinado el caudillismo de tradición hispana con las prácticas totalitarias que provienen del mundo comunista. Todas las ceremonias, los gestos y las frases que han rodeado las circunstancias de su muerte –todavía no explicada- y de sus fastuosos funerales están en la línea del culto a la personalidad que se inventó en la staliniana Unión Soviética. (¡Hay que ver cómo lloraban en el entierro de Stalin, en marzo de 1953, muchos de los que, tres años después, en el XX Congreso del PCUS condenaron los crímenes del “Tío Joe”, como ingenuamente le llamaba Roosevelt!). Por eso el sucesor designado de Chávez, cuando ha anunciado el embalsamamiento del cuerpo de éste, ha puesto como ejemplos a Lenin, Mao y Ho Chi Ming, aunque, (lagarto, lagarto) se ha abstenido de citar a Stalin, también embalsamado aunque prudentemente retirado del mausoleo de la Plaza Roja. Y es que sólo a estas dictaduras personales, que pretenden perpetuarse en el futuro -dinásticamente, como en Corea del Norte, o no- puede ocurrírseles mantener a la vista de todos el cadáver del “fundador”, con la vana intención de que sea un inextinguible factor de cohesión, pero también como advertencia y recuerdo de que los rigores iniciáticos y la represión consustancial al régimen, están siempre presentes. También en Venezuela acabamos de ver el ramalazo dinástico con el nombramiento como vicepresidente del yerno de Chávez.

Todos deseamos, por supuesto, lo mejor para Venezuela pero, en este momento hay muchas probabilidades de que se instale allí un chavismo sin Chávez, que ya tiene todos los instrumentos del poder en sus manos. El continuismo caudillista más que el cambio a la libertad y el Estado de derecho se han convertido allí en el régimen normal. No se puede dejar de lado el hecho incontrovertible de que estos pueblos han sido objeto del egoísmo y la avaricia de unas clases dirigentes que han mantenido en una situación próxima a la miseria a grandes sectores de la población. Y desde Aristóteles se sabe que cuando en un país el desequilibrio entre los que tienen casi todo y los que no tienen casi nada llega a extremos de escándalo, la oportunidad está al alcance del primer “salvador” que se presente como redentor de los oprimidos. El resultado final siempre es el mismo: Los ricos y aun los menos ricos pierden sus propiedades y, quizás, su libertad y su vida, la seguridad jurídica desaparece y la arbitrariedad se hace cotidiana (el video de Chávez diciendo “¡Exprópiese!” es de lo más ilustrativo). En suma, la represión, en todas sus formas, se impone sin freno, porque la justicia está al servicio del poder.

Que en algunos países de América del Sur todavía resuene ese falso lema de “socialismo del siglo XXI” (que tiene adeptos en España como hemos podido comprobar con motivo de la muerte de Chávez) es sorprendente por no decir que estremecedor. Vuelvo a citar a Octavio Paz que escribía en 1978, cuando no había caído aún el Muro de Berlín: “Todavía hay muchos intelectuales latinoamericanos para los que ese sistema de opresión y explotación [se refería al soviético] no es un rasgo inherente y esencial del ‘socialismo’ totalitario sino apenas un accidente que no afecta a su naturaleza profunda”. Treinta y cinco años después eso sigue siendo, desgraciadamente, verdad y no sólo en Latinoamérica. Y eso me lleva a lo que un inteligente senador colombiano me decía hace unos pocos años: “Ustedes los europeos están muy contentos porque el comunismo ha caído y no se preguntan dónde están los comunistas. Y yo le digo que están en más sitios de los que ustedes pueden imaginar”. No hay más que mirar alrededor y escuchar lo que algunos dicen y escriben sin el menor sonrojo.
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