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Francisco I: Nuevo Papa

miércoles 13 de marzo de 2013, 22:34h
¡Ya era hora! 45% de los católicos hablamos español y a mí sí me importa la nacionalidad del pontífice. Quizás porque importa y porque venimos de un pontificado que la exaltó a la propia. Y americano, latinoamericano por primera vez para más señas, no puedo sino estar exultante. Hispanohablante y jesuita….Portentoso. y encima argentino.

Ha iniciado su reinado Su Santidad el papa Francisco I, Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Arzobispo y Metropolitano de la Provincia Romana, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y Siervo de los Siervos de Dios, como lo enlista el Anuario Pontificio de 2012, al ostentarse como cabeza suprema y visible de la Iglesia católica apostólica romana.

Pasado el tronante Habemus papam y asomado el nuevo papa por la Logia de San Pedro a la plaza homónima repleta hasta la bandera, cumpliendo así puntual el ancestral ritual de ser aclamado –es un momento siempre electrizante, único, irrepetible y emocionante (y es posible que también lo sea para los no devotos ni creyentes)– vimos ya al cardenal argentino Jorge Mario Berboglio electo a sus 76 años investido como el 266 sucesor del apóstol Pedro y elevado por lo tanto, al Solio Pontificio. El nuevo Príncipe de los obispos, Padre de los Reyes y Pastor del rebaño de Cristo recibe el papado en momentos críticos en los que acaso como nunca en tiempos recientes, es importante el perfil del nuevo ungido que ha surgido del cónclave de 2013 cerrado con el misticismo y sellado con la tradición que lo reviste, quedando para la Historia sus entresijos lacrados con el contundente extra omnes impermeable a Twitter y a Facebook, so pena de excomunión. Y es que resulta que ante la intempestiva renuncia de Benedicto XVI, ahora se yergue un pontífice desafiado por la realidad y un papa nada joven, al que ya podemos calificar someramente como austero, puesto que sin ser chamanes ni adivinos ya anticipa ser de cambio y desafío a juzgar por el talante y la trayectoria del cardenal Bergoglio.

De su biografía me llama poderosamente la atención que ronda en Roma hace rato. Papable de 2005, dicen, no veo continuidad con Benedicto XVI. No ahora. Su nombre nos recuerda la pobreza de san Francisco y su entrega total.
Sus primeras palabras, muy romanas, demasiado, espero que se troquen en universales. Su edad no me entusiasma. Requerirá los redaños que ya no acopió su antecesor para afrontar los retos con los que tendrá que batallar. Es una gran prueba. Oigo decir el apabullante y pomposo número de fieles que lo siguen, pero ¿son todos practicantes? ¿no nos estaremos durmiendo en nuestros laureles con tales cifras? Y mientras en el mundo moderno se requiere una Iglesia militante, pero incluyente, que combata desvíos y no encubra a sus hacedores, al tiempo que necesita urgentemente renovar su savia y mantener una ortodoxia que no rehuya su actualización en lo que cabe. ¿Queremos catedrales llenas de fieles o de turistas? Y a los practicantes decididos considero que en un acto de absoluta humildad –que ha de nacer desde Roma como ejemplo, si ello los inspirara mejor–, les corresponde dejarse de vanagloriar por serlo, apartándose de actuar cual exhibicionistas, ajenos a la gloria de la fe que dicen practicar. Que lo hecho por una mano no lo sepa la otra, pues.

El nuevo portador del anillo piscatorio, Su Santidad…, desde ya “felizmente reinante” como reza el formulismo de rigor, no la tiene nada fácil al recibir por legado una papa (patata) caliente. Venimos de la renuncia de su antecesor, un hecho grave en forma superlativa, por lo cual y atendiendo a las razones mundanas que contribuyeron a su proceder, descontando su salud y su edad, el nuevo obispo de Roma no puede asumir que su llegada es un simple “que siga la fiesta”. La Iglesia confía en su buen juicio y en su proceder valiente ante los desafíos existentes, que es lo que necesitan casi 1200 millones de fieles. Convendría que nadie lo olvide ni niegue los retos que enfrentamos los católicos. No basta con decir “es el papa” y ya.

Por el contrario, el católico moderno debe preguntarse qué es lo más conveniente para “su” iglesia, que abarca más que su parroquia o la jerarquía eclesiástica; al serlo y hacerlo obedece a su universalidad. Estoy convencido de que justamente por no mirarse como un todo y solo verse como una parte, es que existe el desbarajuste que se percibe, al no casar en activo a Roma con la parroquia y viceversa, propiciando que en muchas partes se piense a la feligresía solo para rezar y callar, viendo a Roma como un anexo de lejana relación y no concomitante con lo cotidiano. Como si fueran dos iglesias, pues. Es inadmisible tal derrotero y tan acuciosa pasividad en todos porque la requerida purificación y exaltación de la Iglesia no puede quedarse en solo readoptar el latín. Es obra de todos como actuantes participativos que no se limiten a orar y a dar limosnas, mientras se callan injusticias, excesos o errores de fieles y jerarcas. Hagamos votos por un papado de gran lucimiento que sea ante todo, cercano y sensible. La Iglesia lo merece; lo solicita y lo encarece, sin lugar a dudas. Ello en medio de la obediencia, respeto y fidelidad que la feligresía deba y quiera externarle al nuevo santo padre.

No ha sido nombrado Bertone y me alegra sobremanera, señalado como obstáculo del anterior papa. . Los cardenales de origen italianos tampoco usufructuaran el papado esta vez. Y nos les ayudan 450 años de monopolio. Enhorabuena.

No podemos olvidarnos de que se ha elegido a quien es un sumo sacerdote de luenga tradición, hasta para exorcisar. Sigo a Gálvez Kruger y su trabajo magnífico sobre títulos acumulados por el romano pontífice a lo largo de los siglos para encontrar allí nuevos significados, consciente de que el primado de Roma no ha de perderse de vista en tan regia investidura por el trajín de la cotidianidad. Si Roma es iglesia anterior y preferida a todas las otras, puerto segurísimo de toda comunión católica y siendo suprema sede apostólica, tanto así como que la potestad papal deviene de Jesucristo y por ende el papa es su boca, siendo además preeminente figura, trompeta del Evangelio o doctor de todas la iglesias y su maestro; que por sobre todas ellas posee dos llaves recibidas de Dios: una para conocer y otra para definir, que las requiere para dictar sus mandatos, luego entonces que no se olvide Francisco I que su persona es equiparable a Abraham en el patriarcado y a Moisés en la autoridad, siendo confirmador de la fe de los cristianos, patriarca universal después de todo, príncipe de los obispos y de los sacerdotes, siendo también tal y como lo definió el Concilio de Cartago: Prefecto de la Casa de Dios y el Guardián de la Viña del Señor. Casi nada, ya lo ve usted.

Y todo lo anterior qué nos dice, qué le dice al nuevo papa. ¿Cuál es el mensaje? ¿qué representa hoy? Las interrogantes afloran, pues no sabemos como concluirá el nuevo pontificado y qué precedentes ha dejado el anterior inmediato. Suponemos que la fe de la Iglesia y en la Iglesia son perpetuas y divinas, pero sus múltiples retos son mundanos y ellos nos adelantan muy poco de cómo serán afrontados con éxito para enaltecerla en un mundo tecnificado, globalizado y de asfixiante inmediatez frente a la aletargada Litaniae Sactorum –sonoro recordatorio imperecedero de la universalidad y eternidad de la Iglesia– recitada recién acompasadamente y siendo ella tan diferente al sabor de la modernidad que nos rodea. Hoy como nunca la Iglesia necesita un guía. ¿En verdad habemus…?
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