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RESEÑA

Pere Gimferrer: Alma Venus

domingo 17 de marzo de 2013, 12:55h
Pere Gimferrer: Alma Venus. Seix Barral. Barcelona, 2013. 104 páginas. 16,50 €. Libro electrónico: 11,99 €
“Tus palabras arderán debajo de la nieve”, vaticinó para la poesía hace más de medio siglo el peruano Francisco Bendezú. Y ese gesto -arrinconado después por los focos deslumbrantes de la abundancia y la prepotencia en que tan fácilmente caemos- es el que ha sabido mantener Pere Gimferrer desde Arde el mar (1966) hasta este nuevo poemario, Alma Venus, que acaba de publicar Seix-Barral. Gimferrer (Barcelona, 1945) tiene una amplia producción en castellano y en catalán y ha recibido numerosos galardones que no es necesario reseñar.

Arden, sí, y sin descanso, las palabras en Alma Venus, y el lector se va quemando en un desconcierto de fuegos diversos: el amor y la revolución, la dignidad y la indignidad, la falsedad de las máscaras con que nos protegemos, la fullería del vivir… Y, por encima de todo, la poesía, el valor de la palabra. Gozosa y trágica a la vez. Con el peso de la responsabilidad y el alivio de un bálsamo. Una resurrección que nos instala en esa fe. Por eso ha dicho en otra ocasión que “la poesía no puede salvarnos de la economía pero sí de la degradación moral”.

No creo que sean malos tiempos para la lírica, y la lectura de este libro lo confirma. Lo son para la palabra subvencionada, para el galardón que prolifera en medianías, para el “aguachirle de cubil de rata”. Pero no está ahí la poesía, porque ésta nunca puede ser “tocomocho del ser”, y obliga a no timarnos a nosotros mismos, a mirar, a sentir, a amar. “Para eso guardamos las palabras, / para no conciliarnos con el papel moneda”, y puesta “la dignidad de la palabra en pie. / Lo demás sobra”. Hemos vivido –vivimos- empuñando las sombras, y a ninguno se nos escapa que hoy, “sin uniforme ya y sin correajes, / van los sepultureros y cambistas”. No estamos asfixiados, no convendría, pero solo nos quedan grietas para poder respirar, y a la mano del que derribó el muro, del que lo pintó con colores, ha sustituido la del “encalador”, que todo lo iguala y lo cubre. La realidad se vuelve más sólida, por eso en el poema la palabra ha de ser más inconsistente y sutil. Palabras como las de Alma Venus, que son proyección desgarrada de la realidad, aunque se escribieran para proyectarse más allá de esa realidad. La poesía de Gimferrer es el instante, no la sucesión que reflexiona, porque la vida no es el pensamiento recogido del pasado ni la proyección imaginaria del futuro. Es el ahora, y en él se sitúan estos versos. Un ahora que recoge la oscura chatura de nuestra más cercana actualidad, pero sin dejar de trascenderla a cada instante con imágenes de desconcertante belleza y profundo desasosiego: “El día ha cosechado sus tarántulas / en la condescendencia de la luz”. Luz y tarántulas, “instantes de alba en el crepúsculo”. “En esta luz decapitada, el cielo / dice sílabas rojas al quemarse; / no es la vida un poema paisajístico, / es la cobra de fuego de la muerte, / es el correo de la oscuridad”.

Dice Pere Gimferrer que el aeda siempre voceó en descampado y que “sólo su existir es subversión”. Amor y subversión son el único sentido de la vida: “entre los enrejados de lo oscuro, / como un mar el derrumbe nos acecha, / pero sabemos ser, en el mar, llamas, / la melena del cuerpo al encenderse. / Para esto vivimos tantos días: / para morirnos por querer amar”.

Este poemario está hecho de sombras, fuego y luz, de imágenes que hieren y liberan, de cuestionamientos y de fe. Y de una belleza y rigor formales apabullante. Es, en definitiva, poesía, poesía a borbotones, de hoy, de siempre.

Por Inmaculada Lergo
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