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TRIBUNA

No lloréis por Chipre

miércoles 27 de marzo de 2013, 10:23h
No suelo estar casi nunca de acuerdo con el Nobel Paul Krugman, unos de los gurús económicos de la izquierda, aunque tengo que reconocer que hace años le leí algunos certeros análisis, tanto sobre la economía norteamericana como sobre la mundial. Encastillado después en un neo-keynesianismo a ultranza, se ha convertido en el caballero andante y escribiente de la lucha contra el control del déficit, posición desde la que ha combatido inmisericordemente la política económica de la Unión Europea, que ha hecho de ese control su dogma básico. Y todo ello sin que, a mi parecer, propusiera alguna alternativa viable y razonable.

Pero, dicho esto, me parece que acierta plenamente en el análisis que hace sobre la situación de Chipre, aunque también es verdad que su crítica coincide con la de otros muchos economistas. En mi opinión, lo más preocupante de la todavía no conclusa peripecia chipriota es el papelón que ha hecho la UE, con la colaboración del BCE y del FMI —la famosa troika- que ante la situación de cuasi-quiebra en la que se encontraba una de las economías más pequeñas de la zona euro —y que se veía venir desde hace al menos dos años- no solamente no hizo nada sino que quitó importancia al problema. Se pensó que, precisamente por la pequeña dimensión de la economía chipriota, la solución sería fácil y sin traumas, si la situación empeoraba y la isla mediterránea se acercaba demasiado al abismo. Y eso a pesar de que el caso de Islandia, similar en muchos aspectos -aunque esta otra isla no está en la UE ni, por lo tanto, en la zona euro- podía haberles puesto en aviso. La economía más pequeña se puede atragantar.

Y es que, por pequeña que sea una economía, en este mundo globalizado, el temido “riesgo sistémico” siempre está al acecho y el más pequeño puede hacer más daño del que sería deseable y asumible. Tampoco se pueden minimizar las responsabilidades de las autoridades chipriotas que hasta ahora no habían hecho nada para evitar la tormenta. Como otros —como por aquí sabemos muy bien- hace años que tenían que haber afrontado la reestructuración de un sistema bancario absolutamente desproporcionado. Peor aún, a última hora de la semana pasada, presentaron en bandeja a la troika y a los ministros de Economía de la zona euro, las cabezas de sus ahorradores. Y lo hicieron sin atender a las razones de los pocos —muy en primer lugar al ministro de Guindos- que advirtieron de que una quita a los ahorros, no sólo era contraria a las normas de la UE, sino que era un precedente nefasto que sembraría la alarma entre los ahorradores de otros países y socavaría seriamente la confianza en que se basa todo el complejo entramado económico europeo.

Lo cierto es que la crisis chipriota era tan previsible que se la podía considerar como “de libro”. Con un sistema financiero absolutamente sobredimensionado, más de siete veces superior al PIB de la isla, sus bancos se habían convertido en un auténtico paraíso fiscal donde los extranjeros aportaban sus capitales, tanto de dinero limpio como sucio, que así quedaban blanqueados y dispuestos para invertir donde fuera más rentable. Krugman señala, por ejemplo, que Chipre figura como un gran inversor en Rusia, ¡por encima de Alemania! lo que es una anomalía que debía haber puesto en guardia a las autoridades comunitarias hace tiempo. Unos impuestos muy reducidos completaban el atractivo entorno favorable para los negocios que ofrecía Chipre a los inversores extranjeros. Se explica así que, según datos oficiales, más de la tercera parte (37%) de los depósitos en los bancos chipriotas pertenecen a no residentes, aunque se estima que el número de los residentes puramente nominales obligaría a elevar bastante ese porcentaje.

El negocio para Chipre hasta ahora ha sido tan boyante como mal administrado y así se explica la inaceptable actitud de su Gobierno que, para evitar la huida del gran capital allí depositado —ruso primordialmente, pero no solo ruso- no vaciló inicialmente en proponer (parece ser, según todas las informaciones, que la iniciativa partió del primer ministro chipriota Anastasiades, que lleva un mes en el cargo) esa aberración de imponer una quita a los depósitos menores de 100.000 euros. El argumento de que no se trataba de una “quita” (absolutamente inaceptable y contraria a las normas) sino de un “impuesto” no convenció a nadie, porque el hecho real es que se entraba a saco en los depósitos de los pequeños ahorradores. El rechazo de la población chipriota y el voto en contra del Parlamento de Nicosia han obligado tanto a la troika como al Gobierno de Chipre a dar marcha atrás.

Como suele ser habitual, las culpas recaen sobre todo sobre Alemania —“mala de la película para todos los despilfarradores- y especialmente sobre la canciller Merkel, mujer dura donde las haya, pero que en este año electoral no quiere derramar más mercedes sobre los pródigos sureños. Sus intereses nacionales y electorales son evidentes pero también es cierto que se ha quedado sola en el escenario político europeo. En Francia comentan que no hace tanto tiempo que se hablaba de “Merkozy”, el tándem Merkel-Sarkozy, porque, de acuerdo con la acreditada tradición europea, Francia y Alemania constituían el eje en torno al cual giraba todo el proceso europeo. Pero ahora no hay nada similar. El propio Le Monde acaba de calificar a François Hollande como “el hombre invisible” y estima que “Francia está como ausente, incapaz de hacer contrapeso a la todopoderosa Alemania”.

También ha sido objeto de críticas, bastante merecidas en mi opinión, el nuevo presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloen, un socialista holandés, bastante ayuno de capacidades y de experiencia financiera y que en este asunto chipriota ha mostrado, además, su “escasa habilidad para la negociación política”, según algún comentarista. Mal estreno, que muestra las deficiencias del sistema de nombramientos que se sigue en la UE (“Ahora toca un holandés de izquierda”) que lleva a cargos de enorme importancia a gentes que carecen de las condiciones adecuadas para un desempeño satisfactorio. No es el primero.

Las reservas de gas que posee Chipre en sus aguas son otro aspecto del problema. ¿Ha negado Rusia su ayuda a los chipriotas porque espera obtener parte de ese gas? ¿Ve la UE en esas reservas gasísticas un medio de liberarse de la excesiva dependencia rusa en este terreno energético? Todo esto revela al aspecto geopolítico de una crisis, que no solo consiste en la semi-quiebra del sistema bancario de la dividida isla mediterránea, transformada en poco tiempo en un centro financiero y en un tentador paraíso fiscal que, como ha dicho un ejecutivo extranjero, “de pronto se ha convertido en un infierno”.

Paul Krugman acaba comparando a Chipre con las islas Caimán y acusa a los ricos y a las grandes empresas de utilizar estos paraísos fiscales para evitar pagar impuestos, como hacen los ciudadanos corrientes. Por eso termina escribiendo, un tanto exageradamente: “Así que no lloréis por Chipre; llorad más bien por todos nosotros, que vivimos en un mundo cuyos líderes parecen decididos a no aprender del desastre”. Aunque los dirigentes de la troika nos acaban de dar un penoso ejemplo, debería reconocer que hay líderes que, como suele decirse, están haciendo los deberes. Aunque cuesta arriba y arrastrando los lastres del pasado sea todo un Vía Crucis en el que, casi todos los días, son Viernes Santo.