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Crónica económica

El peligro de una inflación repentina y desbocada

lunes 01 de abril de 2013, 21:53h
El sistema económico está siendo sometido a enormes tensiones. Una de ellas es la de una riada de liquidez de proporciones bíblicas cuyos efectos son difíciles de prever.
Un ejemplo de esas tensiones son las sucesivas barras libres de liquidez que conocemos por “flexibilización cuantitativa” o “quantitativeeasing”, que han pasado de facilitar 40 millones de dólares al mes a 85 millones mensuales. Sus efectos son cada vez menores, y por eso la dosis necesaria es creciente. Pero hay más. El sector privado lleva cinco años reduciendo su endeudamiento, pero el sector público lo aumenta, y lo único que ha logrado, y no en todos los casos, es reducir el ritmo en el que crece. En estas condiciones, lo sorprendente es el nivel de precios que tenemos.

La palabra inflación se refiere habitualmente a la subida generalizada de los precios. Pero hay varias consideraciones que hacer al respecto. Por un lado, no es una subida generalizada, salvo en episodios de hiperinflación. Unos precios suben, otros bajan, otros no se mueven. El ritmo al que suben o caen diverge de bien a bien.

Por otro lado, no se trata de la subida de precios, que es sólo uno de los efectos, y no el más importante, de la inflación, que es el aumento de la cantidad de dinero. O, más bien, un aumento de la oferta monetaria no respaldada por una cantidad equivalente de metal monetario. Es decir, un aumento de los medios de pago, pero sin el respaldo del oro, o la plata. Eso es la inflación. Ese exceso de medios de pago puede destinarse sobre los bienes de consumo, lo cual tiene como efecto característico el aumento del IPC, o puede desviarse hacia los bienes de producción, o los bienes duraderos, lo que se manifiesta en las correspondientes burbujas. O puede desviarse hacia la deuda: un crecimiento del endeudamiento que tiene como base la inflación, es decir, dinero sacado de la nada.

De lo que vamos a hablar aquí es del aumento generalizado, y acelerado, de los precios. Hablamos nosotros porque lo ha hecho anteriormente Jeff Clark, editor de Big Gold, el informe mensual de CaseyResearch. Se plantea exactamente lo que hemos recogido: Si hay tanta inflación en el sentido estricto del término, aumento de los medios de pago sin respaldo de dinero real (oro y plata), ¿cómo es que no hay un crecimiento generalizado de los precios?

Para dar su respuesta, Clark da tres pasos. El primero es recoger el hecho de que “la historia muestra que altos niveles de deuda y de déficit llevan en última instancia a la inflación”. Por “deuda” se refiere a deuda pública. Cita el imprescindible libro de Carmen Reinhart y Kenneth RogoffThis time isdifferent, que afirma: “Los niveles de endeudamiento por encima del 90 por ciento del PIB están asociados a unos niveles de inflación significativos”. Ahora bien, “no hay un patrón evidente de aumento simultáneo de deuda e inflación”.

También cita a Peter Bernholz, de quien dice que “es considerado generalmente como el primer experto en la relación entre gasto público con déficit e hiperinflación”, y éste dice: “La hiperinflación está causada por los déficit públicos”. Pura y simplemente. Lo que dicen ambas investigaciones es que “gastar más de lo que se genera y añadirlo continuamente a la deuda lleva a una mayor inflación”, en el sentido de un crecimiento de los precios.

Segundo paso: “Desafortunadamente”, dice Clerk, “no es el único temor inflacionista que tenemos”. Hay otro: “La historia muestra que la inflación puede ocurrir de forma súbita, y crecer aceleradamente”. Es cierto que la inflación (repetimos que aquí se toma en el sentido de aumento generalizado de los precios), no es un fenómeno controlable.

Aquí Clark cita a Amity Shlaes, que ha señalado varios períodos de inflación acelerada y súbita, siempre precedidos de políticas... inflacionistas. Por cierto, que Sclaes está ahora en boga por una gran biografía de un gran presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge.

Y Clark añade, aún, un tercer motivo de preocupación: “La mayoría de los gobiernos de los países desarrollados necesitan inflación”. La necesitan porque sin ella no van a pagar la enorme deuda pública que han acumulado. Volvemos a la primera razón.

Basándose en esas tres premisas, Jeff Clark llega a varias conclusiones. 1) “una mayor inflación es segura”, 2) “lo que utilizamos como dinero experimentará una pérdida significativa, quizás catastrófica, de poder adquisitivo”, 3) “los metales preciosos responderán” a esos cambios, y 4) “recordad que el oro tiende a moverse adelantándose a la inflación”.

Su análisis se centra en los Estados Unidos, pero es válido para Europa también.
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