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PASO CAMBIADO

La corrupción como espectáculo de masas

viernes 05 de abril de 2013, 11:37h
El descubrimiento de un caso de corrupción angustia a la sociedad, cuando la gente conoce algo turbio que nunca hubiera podido pensar de un personaje admirado por ser público, y que le desengaña abruptamente. Si en lugar de un caso se descubren siete, la alerta se hace mayor, y la zozobra social también. Si son setecientos, el juicio se torna masivo, porque la sensación es que todos los personajes públicos roban, sean políticos o banqueros, infantas o sindicalistas.

Pero sucede entonces un fenómeno curioso. La misma sociedad agobiada por el descubrimiento de los corruptos empieza a desear encontrar más. Los mismos que denuncian el estado de corrupción buscan todo tipo de datos para amplificarlo. La corrupción que fue sorpresa se torna en avidez para encontrarla. Pasa de anomalía social a espectáculo de masas.

El pueblo indignado por la corrupción se siente, a la vez, aliviado por ella, puesto que por un momento puede trasladar a los poderosos su propia desazón. Porque, sintiéndose socialmente inferior a esos poderosos, ahora los puede ver débiles y postrados en el banquillo de la acusación, al pasar de los salones a la guillotina. Y cuanto más pasen, mejor, porque más alivio tendrá el resentimiento social.

¿Se está buscando ahora limpiar la corrupción de España, o se pretende extenderla infinitamente? Es una duda razonable cuando, además de los casos perseguidos con pruebas por la justicia, aparecen acusaciones por doquier, ya sea con fotos de hace dos décadas, como con regalos de clases de golf de hace una.

La corrupción es un negocio (con riesgo, si te pillan), pero la denuncia de la corrupción también puede serlo. Los corruptos aprovechan su situación para enriquecerse, pero eso no quita para que sus denunciantes también puedan sacar beneficio por hacerlo. No faltan antecedentes históricos para saber cómo las denuncias interesadas llevaron a mucha gente al tormento, desde la Inquisición a la Guerra Civil. Y nadie ignora tampoco que, aprovechando un clima de paranoia social (clásico de conflictos o de crisis) se denuncia a los culpables, y a algún inocente de paso.

En España estamos al borde de un nuevo Estatuto de Limpieza de Sangre, fundamentalmente para los políticos. Queremos saber si han robado (lo que es razonable), pero también si algún día en el pasado estuvieron con un ladrón; si alguno de su familia robó; si algún antepasado se fotografió con un criminal. Incluso queremos saber si algún día de un futuro indeterminado conocerá a algún delincuente.

Si no conocemos ningún delito presunto de un político, lo imaginamos. Lo atribuimos colectivamente a todos ellos. Los convertimos en culpables y perseguibles. Si estuviéramos en el Oeste los emplumaríamos, aunque aquí sólo nos atrevemos a ese deporte tan interesante llamado “escrache”, es decir acoso de las masas a quienes no nos gustan, confundiendo nuestra aversión con su culpabilidad.

Ninguna denuncia de corrupción hace a la sociedad infantil. La acusación masiva de corrupción la hace impotente. Lo primero demuestra servilismo. Lo segundo, envidia y resentimiento.

Está todo inventado. Las sociedades temerosas necesitan sangre, sacrificios humanos, enemigos colectivos, sean cristianos o herejes, judíos o brujas. Ahora lo hemos sofisticado algo más, y sólo buscamos ladrones, porque lo que nos falta no es la religión que no tenemos, sino el dinero que creemos que se nos debe. Y alguien lo ha robado.

Cierto que tenemos la obligación colectiva de hacer insoportable la idea de la corrupción. Pero también la tenemos de hacer que prevalezca la justicia. Porque aprovechar el descubrimiento de delitos no nos autoriza a resucitar los Autos de Fe y a disfrutar con el escenario de la hoguera.
La corrupción empieza a asemejarse sospechosamente a un reality show que, a la vez que nos escandaliza, nos mantiene pegados al televisor. Mientras nos repugna, nos fascina. Y cuanto más nos interesa, más negocio es, por lo que siempre interesará que perdure, ya sea la real o la imaginada.

Mientras tanto, estoy repasando mis fotos, para saber con quién he estado en los últimos cuarenta años. No sé si deberé preocuparme por ello, o ellos deberán preocuparse por mí. Porque al final, el espectáculo de la guillotina fue para los que miraron, pero muchos de los que lo hicieron terminaron guillotinados.