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Mas en su laberinto

lunes 08 de abril de 2013, 21:22h
Sorprendentemente, Mas ha conmemorado los cien días de su segundo mandato, como si hubiera algo que celebrar. Pero nada que pueda extrañar en la peculiar psicología masoquista del nacionalismo catalán, aficionado a celebrar las derrotas como si fueran triunfos. No otra cosa es su Diada “nacional” del 11 de septiembre, que no conmemora una victoria catalana, aunque tampoco ciertamente una derrota, pues lo que allí se dilucidaba era si el rey de España iba a ser un Austria o un Borbón. Que una buena parte de los catalanes, especialmente las clases nobiliarias, se inclinaran por los Austria, con quien tantos conflictos tuvieron (basta recordar la etapa del Conde Duque de Olivares), es otro misterio de la peculiar psicología de las clases dirigentes de algunos pueblos. Aquel conflicto, como señala Vicens Vives, tuvo mucho de guerra civil, pero no entre catalanes y castellanos, sino entre los catalanes austracistas y los despectivamente llamados botiflers, que eran partidarios de los Borbones.

Pero, volviendo al presente, las elecciones regionales catalanas del pasado 25 de noviembre, para Mas, fueron un enorme batacazo, pues entró en aquella campaña electoral como el mesías de la Nueva Cataluña y salió de ella como el gallo de Morón. Pero no fue menor el de su partido, que perdió nada menos que doce escaños, en su voluntariosa búsqueda de una mayoría absoluta, que estaba demasiado verde. Más que celebración, quizás lo más adecuado habría sido organizar una ceremonia funeraria y hacer una examen de conciencia que les hubiera hecho ver adónde llevan las expectativas desmesuradas e irracionales. Y, ya de paso, meditar sobre aquella famosa “Epístola moral” de nuestro Siglo de Oro: “Fabio [Mas], las esperanza cortesanas/prisiones son do el ambicioso muere/ y donde al más astuto nacen canas/.El que no las limare o las rompiere, /ni el nombre de varón ha merecido, /ni subir al honor que pretendiere”.

Mas no ha hecho en sus cien días de mandato más que entregarse a ERC y, de momento, ha tenido más suerte que Napoleón, que acabó su Cien Días en la isla de Santa Helena. Como siga así, lo mismo acaba en las islas Medas, frente a Gerona. Por todo ello su conmemoración se centró en explicar a sus huestes el encuentro con Rajoy –secreto por su explícita petición- y lo valiente que había sido al no ceder ni un ápice en su reivindicación soberanista y en la “consulta”, que le están ayudando a preparar una “comisión de sabios”, de esas que ahora se llevan tanto. Nunca había habido tantos “sabios” oficiales, pero nunca había habido menos sabiduría en la vida pública europea. Una paradoja sobre la que habría que meditar, porque para gobernar como es debido, más que sabios, lo que más hace falta es una mínima capacidad de liderazgo, de la que Mas está más ayuno que un viejo eremita en Cuaresma, y una dosis razonable de sentido común; aquel famoso seny catalán que, hace demasiado tiempo, el viento se lo llevó, como a los ensueños de Escarlata O’Hara. Porque a las ensoñaciones de Mas se les podrían aplicar aquellos versos de otro de nuestros clásicos: “¿Fueron sino devaneos? ¿qué fueron sino verduras de las eras?”.

Lo cierto es que el nacionalismo independentista catalán (¿hay otro?) ha ido dando pasos (por no decir tumbos) al tiempo que se cambiaba de nombre como en un carnavalesco juego de máscaras, con el propósito de engañar a los ingenuos, pero sin cambiar nunca de actitud. Primero lograron que el apelativo de “separatistas” –tan nítido y claro- con que se les motejaba desde el resto de España cayera en desuso y hasta estuviera mal visto. Como reacción, se inventaron, hace ya muchos años, aquello de que más peligrosos que los separatistas eran los “separadores”, entiéndase, todos aquellos que “no comprendían” sus justas razones o que denunciaban el doble lenguaje independentista, según hablaran al norte o a sur del Ebro. Esa ambigüedad calculada y, ciertamente muy efectiva, ha tenido en las últimas décadas destacados representantes. Jordi Pujol (el padre, por supuesto) fue el iniciador que ha tenido después aplicados epígonos, el más logrado, seguramente, Durán Lleida, que a veces actúa como aquello que decían de un ilustre gallego: Si te le encuentras en una escalera, jamás sabrás si está subiendo o bajando.

Hubo un momento en que, enardecidos por las independencias de los países que se liberaban el yugo comunista y de la forzada inclusión en la Unión Soviética, les dio por hablar de “derecho de autodeterminación”, con una ignorancia total de lo que significaba tal cosa en Derecho internacional y olvidando el Acta de Helsinki de 1975, que no admitía duda. Alborozadamente una comisión del Parlamento de Cataluña proclamó tal derecho en 1989, cuando el polvo de la destrucción del Muro de Berlín no se había asentado todavía y confundiendo churras con merinas, que es algo que se lleva mucho por aquí. Por supuesto, en aquel momento se les sumó encantado el PNV, que no quería quedarse atrás en aquel campeonato de despropósitos.

Alguien debió decirles que hablar de autodeterminación en Estados europeos con siglos de historia unida, con netas autonomías regionales y con los derechos y libertades de las personas plenamente garantizados eran una melonada con la que no se podía ir a ningún sitio serio, salvo a hacer el ridículo y provocar las risas ajenas. Y entonces se inventaron lo del “soberanismo”, que esto sí que es rizar el rizo en un viejo Estado como España, que en la Constitución vigente de 1978 deja bien claro que “la soberanía reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado” (también los que ejerce la Generalidad de Cataluña). Además, es que en la bicentenaria Constitución de 1812 ya se decía que “la soberanía reside esencialmente en la Nación…” y por si había dudas se afirmaba que “la Nación española es libre e independiente, y no es si ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona”. Tampoco, por supuesto de los nacionalistas.

Pues bien, como esto del “soberanismo” ni cuela ni puede colar, ahora la consigna nacionalista es eso del “derecho a decidir”. ¿Pero qué me están diciendo? Derecho a decidir tenemos todos, dentro de las leyes y de nuestros propios ámbitos de competencia. Fueron los civilistas alemanes quienes elaboraron el concepto de “autonomía de la voluntad”, algo, por supuesto, que a los nacionalistas no les gusta porque su propósito es que el individuo quede subsumido en el volk, en la nación o pueblo, sin voluntad propia, que debe quedar supeditada a la voluntad colectiva del grupo, tal y como la interpretan los dirigentes. Hitler lo entendió muy bien y lo practicó hasta el final.

Pero no se trata sólo de que exista un derecho a decidir individual. Cataluña, como comunidad autónoma dentro de España tiene ahora también un derecho a decidir mucho más amplio que en ningún otro momento de su historia, aunque, criminalmente, se les esté ocultando este hecho a los jóvenes catalanes y a otros que no son tan jóvenes. Pero ningún “derecho a decidir” es absoluto, ni el individual ni el colectivo. El amplio derecho a decidir que tienen los catalanes, no es absoluto, tiene también límites que no se pueden sobrepasar y que no son fruto del capricho de nadie, sino que están expresa y claramente manifiestos en la Constitución. Y, ¿por qué no decirlo? En la historia, no, claro está, en la falsificada con que embaucan a sus jóvenes sino en la auténtica, que se empeñan en ignorar. Aunque no les guste a los separatistas, una de las cosas más claras que figuran en nuestra Carta Magna es que la autonomía no es ni podrá ser nunca soberanía. Jugar a otra cosa es engañar gravemente a los catalanes y forzarles a un esfuerzo inútil que ya se sabe adónde conduce.
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