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El último servicio

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
El caos italiano ha obligado al veterano y respetado Giorgio Napolitano a sucederse a sí mismo, en contra de sus deseos de retirarse. Algo lógico, además, si se tiene en cuenta que el próximo 29 de junio cumplirá 88 años. Un doble mandato, inédito en la historia de la República italiana. Decíamos aquí hace algunas semanas que - descartado Monti, a nuestro parecer demasiado apresurada e injustamente, pero tal fue el veredicto de las urnas- lo único serio que quedaba en el embrollo italiano era su presidente, Napolitano, un antiguo comunista que, después de pasar por el Parlamento Europeo, demostró que era todo un hombre de Estado, una categoría bastante escasa en nuestros tiempos y, muy especialmente en el caso italiano. Los supuestos nombre de consenso, Marini, o de no consenso, Prodi, que se habían manejado hasta ahora han fracasado incapaces de alcanzar no ya los dos tercios de los 1.007 electores sino la simple mayoría (504 votos), que la Constitución permite a partir del cuarto escrutinio.

Tras el fracaso de Prodi en la cuarta votación hubo una quinta en la que el Movimiento Cinco Estrellas de Grillo trató de imponer a su candidato, un jurista de prestigio llamado Rodotá, que no sé muy bien que hace en esas compañías, pero ninguno de los otros partidos estaba dispuesto a darle a los populistas “grillini” una victoria gratuita. Rodotá obtuvo sólo 210 votos y hubo 445 en blanco y 17 nulos. Muchos fueron los votos dispersos. Hasta el escritor Claudio Magris obtuvo un voto. Fue en la sexta votación cuando Napolitano se impuso con 738 votos, seguido muy de lejos por el mismo Rodotá con 217.
Napolitano presta así un último servicio a su país pero hereda la insoluble situación que se produjo tras las elecciones parlamentarias de finales del pasado mes de febrero. El sistema de partidos italiano ha sido incapaz de reconstituirse, tras la profunda crisis de los noventa, aunque proyecta hacia el exterior una imagen que no refleja la realidad. Aparentemente, tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado, hay fundamentalmente tres grandes grupos (la izquierda de Bersani, la derecha de Berslusconi y los “antipolíticos” –así se llaman ellos- del cómico Beppe Grillo) más el grupo más pequeño encabezado por Monti. Pero en la realidad, esos grupos son grandes coaliciones que integran, más bien poco sólidamente como se ha visto, a la veintena larga de partidos que hay en Italia, algunos de carácter regional y que no se presentan en todo el territorio nacional. Se trata, en suma de un mosaico heterogéneo y multicolor, sin liderazgos reconocidos o consolidados y donde cada uno tira del pico de la manta que tiene más cerca.

Lo más notable de estas elecciones presidenciales ha sido que la candidatura de Prodi, presentada por la izquierda en el cuarto escrutinio no llegó ni de lejos a los necesarios 504 votos y se quedó en unos miserables 395, lo que quiere decir que le falló un centenar de votos de su bloque, que consta de 496 electores. Eso indica hasta qué punto la imagen de unidad de la izquierda no es más que un espejismo. Detrás del Partido Democrático de Bersani –que procede del viejo y desaparecido Partido Comunista, que se fue al centro a toda velocidad bajo la dirección de d’Alema- hay nada menos que otros seis partidos, casi todos de carácter regional salvo el denominado Izquierda, Ecología y Libertad. Todo se complica todavía más porque, a la vista de este increíble resultado de cien “traidores”, Bersani ha anunciado su dimisión, lo que abre una nueva lucha de sucesión en el conjunto del centro-izquierda.
Tampoco anda mucho mejor el centro derecha de Berlusconi pues, además de su partido, El Pueblo de la Libertad, otros siete, el más notable la Liga Norte, que suele ir a su aire y votar por libre a la menor discrepancia. Con un panorama de un cromatismo tan extenso, Napolitano tendrá que hacer encaje de bolillos y no va a tener más remedio que volver a convocar elecciones, que darían un resultado similar al de febrero a no ser que se reforme, por enésima vez en los últimos años, el sistema electoral. Pero dada la actual composición de ambas Cámaras, difícilmente se encontrará el consenso necesario para llevar a cabo esa reforma. Se habla de Amato como nuevo presidente del Gobierno (“del Consejo” según la terminología italiana), otro veterano de larga trayectoria y con sólido prestigio.

Un sistema electoral tiene que ser, obviamente, representativo pero, sin pasarse, porque si la obsesión de la proporcionalidad se lleva muy lejos (a tal proporción de votos, idéntica proporción de escaños) se puede llegar a situaciones como la italiana. En Italia existió esa proporcionalidad absoluta, que hacía al país ingobernable y aunque han introducido reformas, es evidente que son insuficientes, porque esa proliferación de partiditos es un atraso. Se olvida, con frecuencia, que el otro gran objetivo de un sistema electoral es crear mayoría parlamentarias sólidas que permitan funcionar con eficacia al Gobierno. El rechazo absoluto al sistema mayoritario, que obsesivamente se mantiene sobre todo desde la izquierda, no tiene en cuenta que los tres países que se han considerado en los últimos doscientos años como modelos democráticos, el Reino Unido, Estados Unidos y Francia, han huido del sistema proporcional como de la peste y tienen sistemas mayoritarios, a dos vueltas en el caso francés. Y como ya hemos recordado en otra ocasión, los británicos han rechazado en referéndum, hace bien poco, la propuesta de los liberal-socialdemócratas de reformar su viejo sistema mayoritario, basado en distritos uninominales en el que los electores conocen perfectamente a “su” diputado.

Entra ya en el terreno de lo cómico la reacción de Beppe Grillo, tras la reelección de Napolitano, y que ha llegado a considerar como un “golpe de Estado”. “Todos a Roma”, ha clamado de Udine, donde estaba el pasado sábado, como su quisiera reeditar la archifamosa “Marcha sobre Roma” que encabezó Mussolini en 1922 y que le llevó al poder. Nada que pueda extrañar pues del populismo al fascismo hay bastante menos distancia de la que a algunos les gustaría.

Italia ha perdido un punto de su PIB desde que a su crisis económica se sumó hace bien pocas semanas la crisis política, todavía no resuelta del todo. Por el bien de Italia, pero también de toda la UE sería deseable que Napolitano encuentre las claves para crear un Gobierno responsable que sin un “átimo”, como dicen ellos, de demagogia se esfuerce por superar la crisis suya y de todos.
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