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RESEÑA

Miguel García-Baró: Sentir y pensar la vida. Ensayos de fenomenología y filosofía española

domingo 28 de abril de 2013, 11:57h
Miguel García-Baró: Sentir y pensar la vida. Ensayos de fenomenología y filosofía española. Trotta. Madrid, 2012. 221 páginas. 20 €
El autor de este libro, en la actualidad profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, abandona en sus ensayos los campos de investigación que más frecuenta, la fenomenología en general, de Husserl a Levinas, y la filosofía griega, especialmente Platón, para llevar a cabo un ajuste de cuentas con el reciente pasado filosófico español. Se trata de poner en claro esas cuentas de nuestro pasado filosófico para comprender donde nos encontramos nosotros, los herederos. Y, en rigor, no abandona sus preocupaciones filosóficas, sino que integra los motivos españoles en el marco general de su investigación y su docencia.

Dos son los ejes manifiestos sobre los que discurren los siete textos, divididos en tres secciones -I. Fuego y euforia; II. Salvaciones; III. Historia- en las que se articula el volumen, centrado en los tres pensadores, Unamuno, Ortega y Zubiri, que en el primer tercio del siglo XX incorporaron la filosofía española al concierto de la filosofía europea.

Es el primero la peculiar recepción de la fenomenología en las obras primerizas de Ortega y Zubiri cuya relación discipular, resalta Baró enérgicamente, resulta peculiar en ambos por original y “heterodoxa” en la interpretación de los textos fundacionales de Husserl en torno a la consistencia y alcance de la reducción fenomenológica, lo que condujo a preferir cierto enfoque en los temas de filosofía primera que le parecen, sobre todo en el caso de Ortega, claramente insuficientes.

El segundo eje viene dado por la confrontación entre el espiritualismo unamuniano y el vitalismo orteguiano, aquejado éste de nihilismo a causa de cierta influencia de Nietzsche a la que Baró concede mucha importancia. Se entra a debatir los asuntos del sentido y valor de la vida humana en cuanto lugar privilegiado de una filosofía primera que no rehúye la reflexión sobre la aparición del otro y la fundamentación de la ética, la relación del alma con su propio anhelo de inmortalidad, la verdad y los límites del conocimiento, en fin, Dios. Se trata, en verdad, de temas de tal envergadura filosófica que en el espacio de una reseña no cabe sino mencionarlos. Y hacer constar que estamos ante una interpretación -se esté o no de acuerdo con ella- de notable alcance, donde comparecen debates sobre los límites de la razón que la modernidad filosófica dio por clausurados hace tiempo, pero que reaparecen como las necesarias preguntas por el destino histórico y sobre-histórico de la vida humana.

El universo filosófico-espiritual en el que se mueve García-Baró es el mismo que el de Unamuno. Sus héroes culturales son de idéntica estirpe: los Agustín, Pascal, Kierkegaard de antaño; Lévinas, Rosenzweig, Simone Weil, de ahora. Desde ese escorzo intelectual era inevitable que la obra de Ortega le resultara, al mismo tiempo que inevitable por sus calidades filosóficas, no solo equivocada e insuficiente, sino, en ocasiones, irritante. En efecto, estamos ante un libro escrito cum studio pero también cum ira, esto es, con pasión. Y vaya dicho esto como el máximo elogio que se puede dirigir a un profesor de filosofía en los tiempos que corren.

En el fondo, estamos ante un ejercicio de “salvaciones” -título que el autor emplea, como hemos visto, para la segunda parte-, “salvaciones” en el sentido que del término se hace en las Meditaciones del Quijote. Tengo la impresión de que la negación de Ortega es la verdadera salvación de su autor. Pero eso de “negar” una filosofía es, desde Platón y Aristóteles, la marca de que estamos en presencia de un intento veraz de seguir pensando.


Por José Lasaga
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