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Nazis, cínicos e hipócritas

domingo 05 de mayo de 2013, 20:37h
En febrero de 2008 inauguré esta columna de El Imparcial, a invitación de mi admirado y estimado José Varela Ortega, con un artículo titulado “Fascistas”. Lo redacté como reacción al iterado uso de este término, en aquellos momentos, en la política catalana y española. Mucho ha llovido desde entonces, es cierto, pero los argumentos que defendía siguen teniendo validez, amén de resultar de prodigiosa actualidad. Afirmaba, en aquel escrito: “El uso habitual de un término como “fascista” en la lucha política actual muestra, como mínimo, tres cosas: ignorancia histórica –sobre lo que significó el fascismo y sobre la naturaleza del régimen de Franco-, pobreza discursiva y analítica y una preocupante añoranza de las batallitas del pasado.” Sustitúyase aquí fascista por nazi y estas palabras pueden servir para caracterizar a todos aquellos que en los últimos meses se han llenado la boca de referencias al nazismo –a uno de los totalitarismos del siglo XX, en concreto, que curiosamente, o quizás no, sigue teniendo peor fama que el otro, el comunista estalinista-, ya sean políticos, profesores o opinantes, ya sean de derechas, izquierdas o extrema izquierda.

El último episodio ha tenido por protagonista un reportaje de Telemadrid sobre las perversiones del lenguaje político –por cierto, un tema de gran calado, como mostraron hace tiempo las obras de Victor Klemperer-, en el que se hacían equiparaciones entre el nazismo, el nacionalismo catalán y ETA. El escándalo, en Cataluña, ha sido mayúsculo y muchos se han rasgado las vestiduras. España no solamente nos roba, además no nos quiere, aseguran algunos repitiendo prejuicios integrados y conscientemente inculcados. El portavoz del gobierno de la Generalitat, Francesc Homs, ha reclamado una rectificación y disculpas públicas y ha asegurado que en otros países “estas personas serían condenadas por la justicia de manera fulminante”. Tiene bastante razón, igualmente como la tendría si criticara a los suyos cada vez que se ponen en la boca o en la pluma los términos fascista y franquista para calificar a sus oponentes-enemigos: España y la derecha española.

No deseo, en esta ocasión, insistir sobre lo que ya comenté en mi artículo de principios de 2008, extendiéndolo desde el término fascista al término nazi. Su uso como insulto o descalificación en el presente, ya sea en la lucha política o en el combate de las ideas, resulta abusivo, simplificador e, incluso, ridículo. Quisiera, en cambio, hacer notar las dosis de cinismo e hipocresía que contienen algunas de las actuales muestras de indignación. Para ello voy a tomar un par de ejemplos de los últimos días, impulsados por el caso Telemadrid de marras. El digital “e-noticies” publicó, el pasado 2 de mayo, una noticia titulada “Telemadrid compara Mas amb Hitler” en el que se hablaba del reportaje de la emisora pública de la Comunidad de Madrid. Era un texto descriptivo, ausente de juicios sobre la cuestión. Lo más interesante es fijarse, sin embargo, en los comentarios de los lectores. Una buena parte de ellos critican la comparación para, a continuación, como por arte de birlibirloque, darle la vuelta. Si en algún momento vuelve el nazismo a España (sic), asegura uno de ellos, lo primero que va a hacer es cerrar TV3 y potenciar Telemadrid. Otro afirma que se trata de un buen ejemplo de lo que los españoles hacen con los catalanes, que no es diferente de la actitud de los nazis hacia los judíos, esto es, convertirlos en animales para que se puedan mandar los tanques o cerrar las escuelas en catalán sin oposición. La indignación, en definitiva, como puede verse, no deriva de la utilización del término nazi o nazismo para caracterizar a alguien o a una actitud, sino de la aplicación a la persona o al bando equivocado. Es decir, a nosotros y no a los otros.

Al día siguiente, 3 de mayo, aparecía, en el diario catalán y militantemente nacionalista “Ara”, un reportaje con el significativo título “No diràs “nazisme” en va”, en el que se recogían, en palabras del redactor, diez ejemplos de políticos y personajes públicos que en los últimos tiempos habían hecho comparaciones desafortunadas entre el nazismo y el soberanismo catalán o las protestas sociales. Figuraban en la lista, por orden, Telemadrid, el ministro García-Margallo, Marcelino Iglesias, José Bono, Rodríguez Ibarra, un edil del PP de Rubí, el dibujante y diseñador Javier Mariscal, Pedro J. Ramírez, María Dolores de Cospedal y el exrector de la Universitat Pompeu Fabra. Excepto en el último caso, todos ellos bestias negras, por su actitud, declaraciones o escritos, del independentismo catalán.

¿Por qué no incluir también las comparaciones desafortunadas hechas con el nazismo por soberanistas catalanes o miembros impulsores de las protestas sociales? Las ausencias son, en esta ocasión, tanto o más ilustradoras que las presencias. ¿Por qué no se hace ninguna alusión a la Coordinadora de Plataformas y Organizaciones por la Independencia 2013, que elaboró un vídeo para incitar a la participación en el acto independentista del próximo 11 de mayo en el que se comparan las imágenes de Hitler y Rajoy, y en la que este último, junto al ministro Wert, son calificados de escoria y “genocidas” de Cataluña? El producto, enviado a los medios, tuvo que ser rápidamente modificado ante las primeras críticas; se trató de un “error”, sostuvieron entonces. ¿Por qué no se cuenta que el diputado de ERC Joan Tardà respondió a las comparaciones de Rodríguez Ibarra, que sí figuran en el top ten, con otras en las que se asimilaba al expresidente extremeño con el genocida Milosevic? Nada, ya se sabe, una minucia inofensiva del político friki de guardia.

Y, finalmente, ¿por qué no se añadía a la lista al historiador Josep Fontana, que publicó un artículo en “El Periódico” del 11 de marzo titulado “La deriva nazi del Partido Popular”? Cuando las comparaciones las formula un supuesta e incomprensiblemente prestigioso académico, nacionalista y comunista para más señas, parece que todo vale. Pocos fueron en Cataluña los que se atrevieron a decir algo entonces. Entre ellos, Xavier Rius, el director del ya citado “e-noticies”: “Ibarra compara Mas con Hitler y todos nos alarmamos, pero Fontana habla de la “deriva nazi” del PP y todos callamos”. En el mismo medio, Sergio Fidalgo dio a la luz el divertido texto “Fontana y la deriva gilipollas”. Me quedo, sin embargo, con la fina e inteligente refutación de José Antonio Zarzalejos en “El Confidencial”, según la cual el artículo del historiador catalán “resume a la perfección una entraña totalitaria, manipuladora y tergiversadora de la realidad”. La auténtica deriva no era otra, en fin de cuentas, que la deriva senil de un dinosaurio nacional-comunista, es decir, la del autor del patético textículo, un palabro que usaba Jorge Semprún y que aquí viene que ni pintado.
Pienso que debemos criticar siempre a todos los que utilizan sin fundamento términos como nazis, fascistas o franquistas. Tanto si se trata de políticos y periodistas como si lo hacen personajes que presumen de ser intelectuales. Movilizarnos e indignarnos solamente, no obstante, cuando lo hacen los del otro lado es signo de cinismo o hipocresía. O tal vez, en muchos casos, de las dos cosas.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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