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El futuro de la lectura

Alejandro San Francisco
lunes 06 de mayo de 2013, 20:16h
Desde hace algún tiempo se desarrolla en distintos ambientes una interesante discusión sobre los libros y las lecturas, sobre los libros publicados en papel y sobre los nuevos soportes tecnológicos que permiten acceder a las obras recientes o a los textos más clásicos. El resultado habitual, cuando se lleva a números, ilustra sobre la creciente venta de libros y de lectores en formato e-book, mientras disminuyen los textos en papel e incluso quiebran librerías tradicionales, en lo que representa un evidente cambio de época. La misma tendencia se aplica a las bibliotecas universitarias o públicas, a las revistas científicas o de divulgación, a la prensa escrita y las enciclopedias.

La discusión, producto de las estadísticas y del cambio experimentado, muchas veces pierde el foco y se centra en el modo –libro en papel o e-book–, mientras deja de lado el tema de fondo, la lectura. ¿Qué es lo relevante, el formato de que contiene una obra literaria o filosófica, de un texto histórico o de un libro de ensayos, o bien su contenido de fondo? Soy de los que gustan del libro en papel, acumularlos y tenerlos a la vista, incluso prestarlos a pesar de las sugerencias en contrario. En mi infancia vi cientos de libros de mis padres, distribuidos en las repisas de la casa, y todavía conservo cierta melancolía hacia el texto impreso y que ocupa espacios. Pero no se puede perder la finalidad de los libros, que es lo esencial.

En efecto, los libros son para leerlos, no para acumularlos en las estanterías o al interior de nuevas tecnologías. Son para disfrutarlos y para aprender, para transportarnos a otros mundos o para recrear tiempos ya idos, para pensar el presente y proyectar el futuro. Los libros son para conocer autores y obras, para empaparnos de ellas, sufrir y gozar con los personajes, imaginar, creer, pensar. Por eso, a pesar de las nostalgias por el papel, lo que debemos asumir como tarea es comprender y proyectar el futuro de la lectura, no la forma específica que tendrán los libros en el futuro.

Y en esto hay ciertos factores relevantes a tener en cuenta. En primer lugar, que la lectura es un hábito adquirido, que muchas veces requiere un maestro o un amigo, un compañero de trabajo o nuestros padres, una persona que nos ilustre con su sabiduría, nos contagie con su pasión o simplemente nos anime a compartir el gozo experimentado al leer un libro determinado. Esta entrega de unos a otros, esta genuina tradición de lectores, esta comunidad sin nombre y sin residencia fija, es lo que permitirá que las nuevas generaciones vuelvan a leer a los mismos autores de siempre y sumen las nuevas obras escritas en cada época.

En segundo lugar, la lectura es un trabajo arduo. Obviamente es más fácil “ver la película” (cuando existe), leer el resumen, que me lo cuenten, y así ahorrarme lo que significa una lectura de varias horas de las que no disponemos, para emprender la tarea de leer 300, 500, 700 o más páginas, como tienen algunas de las grandes obras de la literatura universal. Esto es particularmente claro, por ejemplo, en los clásicos rusos, como Tolstoi y Dostoievski en el siglo XIX, o Pasternak y Grossman en el XX, por mencionar solo algunos. También se aprecia en los autores decimonónicos franceses, desde Stendhal a Mauppassant, pasando por Balzac, Víctor Hugo y Flaubert; o en los autores latinoamericanos y algunas de sus grandes obras, como se aprecia en la generación del “boom” por ejemplo: García Márquez con Cien años de Soledad, Vargas Llosa y La ciudad y los perros, Cortázar con Rayuela y Carlos Fuentes con La región más transparente. Y así en cada país y lengua, en las distintas épocas y lugares. Por eso no cabe más que ponerse a leer, página a página, sin claudicar. El resultado vale la pena.

Un tercer aspecto, de los muchos que se podrían mencionar, es la importancia del gusto por la lectura. Muchas veces la educación formal mata la pasión, desvía la atención hacia lo no esencial, restringe las posibilidades de lectura, incluso un profesor poco motivado transmite su desánimo de generación en generación. Leer es pasión, es compromiso personal, es decisión de vida, motivación permanente. Leo porque me gusta y porque no podría no leer.
En su discurso al recibir el Premio Nobel, después titulado Elogio de la lectura y la ficción, Mario Vargas Llosa señala: “Aprendí a leer a los cinco años. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida”, que después le permitió conocer mundos, hacerse escritor y dedicar una vida a la cultura. En Días de lectura Marcel Proust afirma que “tal vez no haya días más plenamente vividos en nuestra infancia que aquellos que creímos dejar pasar sin vivirlos, aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos”. Puede parecer exagerado, pero para él era real.

En La estepa infinita, Esther Hautzig, de familia polaca, condenada injustamente por el régimen comunista en un campo de concentración en Siberia, comprendió entre el frío y la soledad el valor de la lectura, cuando una profesora le contaba historias y le recomendaba libros. “Allí aprendí que leer no es solo un gran placer sino también un privilegio”, decía recordando los que quizá fueron sus días más felices dentro de ese infierno.

Los ejemplos podrían multiplicarse, pero el concepto es el mismo: no hay lectura sistemática sin pasión, sin dedicación gratuita, sin el deseo de repetir vidas leídas y de volver a disfrutar de las páginas escritas con igual pasión. Lo podremos hacer en papel o en e-book. Ahí no está el tema de fondo, sino en la lectura misma y sus múltiples bendiciones.
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