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De la indiferencia a la indignación

miércoles 08 de mayo de 2013, 20:31h
En pocos días se cumple el segundo aniversario del 15-M o bien, del destape de los indignados. Dos años después la situación de España ha empeorado sustancialmente y todo lo que ha producido la situación actual ha quedado al descubierto.

La indiferencia de la población durante años respecto a las prácticas de políticos, empresarios y financieros y la propia participación de la población en las diferentes burbujas son las responsables de un modelo de país que ha fracasado y que hoy discurre sin rumbo. Pero, ¿es la responsabilidad del sumatorio de ciudadanos o lo es de un modo de vida que se puede calificar como el de la sociedad de consumo? ¿Quién hace la sociedad de consumo? ¿Quién es esa sociedad? Todos y ninguno, pero todos un poco.

Sin la indiferencia de todos y cada uno habríamos caído antes en la cuenta de que el modelo democrático no puede estar basado en la mera participación el día de las elecciones, de que los gobernantes deben ser controlados por la ciudadanía más directamente no solo mediante los viejos mecanismos de la división de poderes.

La indiferencia hacia la monarquía ha propiciado que durante más de 30 años se silenciara su modo de vida que luego copiaron políticos y empresarios: el abuso de poder. El destape repentino de todos sus trapos sucios coincide con la indignación de la población, pero nada cambia. Por mucha ropa low cost que usen siguen representando el amiguismo en los negocios, el uso de influencias para ganar dinero, la doble moral y de última, la falta de respeto hacia sí mismos y hacia la población que sustenta sus gastos.

Cuando el 15-M estalló era alarmante como se sumaba la población a las asambleas y a las manifestaciones. Alarmante porque en las conversaciones parecía que la población había descubierto de la noche a la mañana la política. En las asambleas la gente participaba como si fueran a ser la solución a todos los problemas cuando en realidad eran incapaces de respetar las opiniones diferentes que se volcaban y más de uno levantaba la voz para hacerse respetar. Eso denotaba una falta total de hábito en la participación en los debates, un exceso de apreciación de la propia opinión y un momento de euforia al salir a las calles. Es cierto que algunos de los grupos se consolidaron y lograron trabajar durante estos años, algunos superaron la euforia y la convirtieron en trabajo colectivo, pero la gran masa que se movilizó hoy está de nuevo en sus casas.

Se han multiplicado los movimientos de protesta, sobre todo los vinculados a los desahucios y a la reforma de la sanidad pública en Madrid, pero no se ha vuelto a ver la movilización social de esos días.

El descontento social es evidente aunque se manifieste sectorializado. La conciencia de que los pequeños contribuyentes están pagando el precio de los desmanes de los “grandes” empresarios atrae nuevos calificativos a la marca España: se está latinoamericanizando. Cuando los países del sur de América entre los 50 y los 70 hicieron pública la deuda de empresas privadas comenzó el drama de la “deuda externa” que ha lastrado su desarrollo y determinado sus relaciones internacionales hasta hoy. En España el movimiento es exactamente el mismo: el estado se hace cargo de las deudas multimillonarias de los bancos mientras vende sus bonos del estado a fondos buitre con tasas de interés que van a costar al país años de dependencia y que otros dirijan su economía para asegurarse que son pagados. Y esto sigue produciendo indiferencia en la población y euforia en las portadas de periódicos que han pasado a hablar cotidianamente de la prima de riesgo y de las ventas de participaciones de la deuda del estado como si fuera tan normal financiarse de esta manera. Por supuesto nadie habla de lo que todo esto implica para el futuro a medio y largo plazo, porque en los diarios y televisiones solo importa el titular del hoy y ahora.

Y así vamos, sin rumbo hacia la dependencia entre la indiferencia y la indignación, pasiones ellas muy poco constructivas. Solo cabe esperar que esa indignación se ilustre un poco y se vuelva a reunir en las calles para dar un golpe, aunque sea un golpe de efecto ya que nadie vendrá al rescate de los particulares, ni de nuestras viviendas ni de nuestros puestos de trabajo. Es solo la iniciativa individual sumada a la colectiva y organizada lejos de los fines propios de la sociedad de consumo lo que hará que este país se desayune un día de los próximos con otros titulares y con otra realidad. En nuestras manos está.
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