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a los 90 años, continúa trabajando para completar su colección en el museo religioso que lleva su nombre en el plantío (Madrid)

Venancio Blanco: "En escultura, el conocimiento de la materia es el complemento directo de la idea"

viernes 17 de mayo de 2013, 15:49h
Con 90 años, Venancio Blanco continúa creando esculturas con la misma pasión y entrega que hace años. Miembro numerario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Blanco cuenta con obra suya expuesta en el Museo del Vaticano, el Museo Reina Sofía o en la catedral de la Almudena de Madrid. Entre sus mayores logros figura el Museo de Escultura Religiosa Venancio Blanco de la Fundación Mapfre en el Plantío, en Madrid, donde tiene previsto sumar otras piezas en las que está actualmente trabajando, lo que lo confirma como un artista de espíritu creativo insaciable.
Pasar tiempo en su estudio debe traerle muy buenos recuerdos...
El recuerdo más bonito de mi estudio es cuando no había nada. El silencio de un espacio vacío es increíble. Ahora está lleno de obras y todas tienen algo que contarme. Aquí conservo la obra de toda una vida fundamentada en dos temas: el taurino y el religioso, que para mí es lo mismo.

¿A qué se refiere?
La vida del toro bravo es muy parecida a la de Jesús. Los dos nacen para morir de una manera valiente. Hay un momento en el que incluso el toro le gana a Cristo cuando lo indultan. Cristo no va al cielo hasta que muere.

Veo que dibuja fervientemente hasta en servilletas…
Así es. Tengo manías bonitas como dibujar en servilletas mientras espero el desayuno. El primer dibujo del artista por la mañana es como el Padre nuestro; es sintomático. El dibujo me lo ha enseñado todo. Lo considero el lenguaje más hermoso que nos ha dado el Creador.



¿La observación es un pilar fundamental en la vida del artista?
Sí, pero no sólo en la del artista. Creo que si los jóvenes no aprenden a observar, no llegarán a los 90 años como yo porque todo lo que se dice y se siente son recuerdos de experiencias vividas. He tenido una vida seria, aunque también divertida. Ahora, en esta década que comienza, me he vuelto un parlanchín pese a haber sido siempre muy tímido. Perdí la vergüenza a los 90 y ahora soy peligroso (risas).

¿Ha avivado su fe haber trabajado durante tantos años la temática religiosa?
La palabra fe la cambiaría por confianza o por amistad a partir del momento en que comencé a comprender la figura de Cristo, algo que no es fácil. El otro día en mi estudio ocurrió el último milagro mientras trabajaba en la escultura que estoy terminando de hacer. La luz que entraba por el ventanuco del estudio era diferente. Estuve como una hora mirando la escultura casi asustado. Cristo me dijo cómo tenía que terminar la obra. Al día siguiente volví esperando esa misma luz, pero no volvió. Aunque el Creador nos quiere a todos igual, a los artistas nos utiliza de otra manera.

Su obra dedicada a la tauromaquia es tan abundante como la religiosa. Imagino que ha mantenido una buena relación con el mundo del toro.
Sí. Sobre todo era amigo de los mayorales, que son los que más quieren al toro. Sufren cuando les matan un toro mal picado o mal toreado y disfrutan cuando uno de sus toros derriba a un caballo. Me regalaban un pase e iba a todas las corridas que podía. Cuando salían los toros al ruedo, ya conocía la historia del animal. Disfrutaba mucho de aquello.

¿Dialoga con la materia en bruto como se dice que lo hacía Miguel Ángel con el mármol?
Claro. El conocimiento de la materia es el complemento directo de la idea. Por eso he elegido el bronce. Es el material que menos me condiciona.



Se define como un artista de taller, ¿qué recuerda de su época de enseñante?
Desde hace muchos años doy un taller de escultura en Priego de Córdoba. La enseñanza me ha encantado siempre. La vida de taller es fascinante. Todas las tonterías que hago ahora las he aprendido de los jóvenes (risas).

¿Ha sufrido algún bache creativo en su trayectoria?
Al terminar mis estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, estuve 11 años sin hacer una escultura. Me di cuenta de que había que viajar a Madrid para ser alguien, pero no tenía dinero. Para poder vivir, aprendí a hacer de todo: obras de estilo románico, gótico, barroco… Aquello fue un sacrificio, pero estaba resignado y conformado. Ahora pienso que en estos 90 años que he cumplido está incluida aquella década perdida y que el que me la quitó me ha recompensado al hacerme llegar a esta edad y con sentido del humor.



Tengo entendido que el primer viaje que hizo a Italia fue revelador para usted.
El primer viaje que hice a Italia fue en 1941. Fue convocada una exposición en la que recibí dos premios, gracias a los que conseguí una beca en Roma, a donde llegué con 18 años. Fue el primer milagro que ocurrió en mi vida. Lo recuerdo como un viaje fantástico. Además, yo era el pequeño de la expedición y todos los mimos fueron para mí.


Su relación con Italia no terminó ahí, ya que décadas más tarde fue nombrado director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma. ¿Cómo lo recuerda?
Estuve en Roma como director durante cinco años. Cuando cerraba la academia los domingos, cogía mi carpeta de dibujos y paseaba por museos y parques haciendo dibujos de las esculturas de la ciudad. Después, me tomaba unos espaguetis en el Trastevere y volvía a la academia.

¿Se ha sentido querido y apreciado durante su trayectoria?
Sí. He sido muy mimado por mi familia y mis amigos. Mi padre merece por mi parte un homenaje. Era un hombre de campo y tenía toda la sabiduría de la naturaleza. Un día me dijo que la vida de campo era muy dura para mí y creía que podía hacer otra cosa, así que me brindó la libertad. En aquel momento no me di cuenta del regalo que me hizo. Ahora, cada vez que hago y digo cosas que me recuerdan a él, me emociono.

¿Qué me dice de su hermano Juan?
Mi hermano colaboraba conmigo. Era el encargado de hacer los moldes de pieza, más bonitos y más fieles a la forma que los de silicona, que son más modernos. Los tengo todos expuestos en baldas en mi taller en una especie de homenaje a él. Juan era un santo.
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