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La aristofobia: el odio a los mejores

lunes 20 de mayo de 2013, 21:04h
Fernando Sánchez Dragó en una de sus numerosas y controvertidas apariciones televisivas arrojaba sobre los telespectadores el concepto de ‘aristofobia’, el odio, el temor que los españoles han desarrollado de forma tradicional contra los mejores, aquellos que, en teoría, deberían tener un papel dirigente en
nuestra sociedad.

El concepto sería sólo una boutade, una provocación, de un escritor que es casi más un agitador que un pensador al uso, si la historia de España no hubiera dado numerosos ejemplos de esta circunstancia. De forma tradicional en nuestro país se ha vilipendiado y atacado a todo aquel que destacara en algo, destinando a la pobreza, al olvido, a la cárcel, al exilio, o a la misma muerte, a tantos españoles que en otros países serían héroes nacionales, de esos cuyas hazañas son honradas generación tras generación.

Aunque el término ‘aristofobia’ suene original, o incluso muchos puedan atribuírselo al propio Dragó, que lo ha utilizado a menudo en sus conferencias y alocuciones, es una idea que, aunque no sea habitual su uso en el espacio público, tiene un recorrido largo desde que su verdadero alumbrador, José Ortega y Gasset, lo enunciara en su célebre obra ‘La España invertebrada’.

En este libro, publicado en 1921, se analiza la crisis social y política de la España de su tiempo, en muchos sentidos similar a la contemporánea, culpando de una posible desarticulación de nuestro país a regionalismos y separatismos. Así mismo, el célebre filósofo denuncia la falta en España de una minoría dirigente e ilustrada capacitada para tomar decisiones con eficacia. Es lo que él llama la ‘aristofobia’, un fenómeno propiamente español que él, en este mismo libro, intentará responder el porqué de su existencia en nuestro país y su inexistencia en los estados vecinos.

«Por una extraña y trágica perversión del instinto» el pueblo español detesta a todo hombre ejemplar, o, al menos, está ciego para sus cualidades, decía Ortega. En todo caso, prosigue, si se deja conmover por alguien suele ser por algún hombre «ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios».

Esta circunstancia, que el propio filósofo denomina como ‘aristofobia’, es una de las principales causantes de «la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo». Tras mirar y remirar los diagnósticos que suelen hacerse con respecto al denominado ‘problema de España’, Ortega opina que «la ausencia de los mejores, o, al menos, su escasez, actúa sobre toda nuestra historia y ha impedido que seamos nunca una nación suficientemente normal, como lo han sido las demás nacidas de parejas condiciones».

Esta ausencia del gobierno de los mejores ha creado en la masa, y es en este mismo instante cuando el pensador introduce por primera este término, que luego desarrollaría en ‘La rebelión de las masas’, una ceguera que le impide hacer distinción alguna entre el ‘hombre mejor’ y el ‘hombre peor’, «de suerte que cuando en nuestra tierra aparecen individuos privilegiados, la masa no sabe aprovecharlos y a menudo los aniquila».
Termina Ortega reflexionando sobre el peligro de que un pueblo, «por una perversión de sus afectos», se dé en odiar a todos aquellos individuos ejemplares, por el mero hecho de serlo, causando la irremediable degeneración de esa nación. Para Ortega, España es «un lamentable ejemplo de esta perversión» antes descrita.

Han pasado muchas décadas desde que Ortega escribiese estas palabras. España, desde entonces, ha cambiado en varias ocasiones de modelo de estado, pasando incluso por una guerra criminal en la que se dieron miles de ejemplos de esta ‘aristofobia’ en las manos ensangrentadas de ambos bandos. Podemos recordar los casos de hombres excepcionales, como Lorca o Ramiro de Maeztu, que murieron, en muchos ca sos, más que por sus ideas políticas, por las envidias y odios de sus vecinos.

La sociedad española ha cambiado, al hilo de los tiempos, de forma vertiginosa desde entonces, tanto que poco se puede decir que perdure igual desde los tiempos de Ortega en nuestro país. Sin embargo, me atrevería a decir que, entre otros muchos vicios que los españoles conservamos, mantenemos el de odiar y defenestrar a los mejores de nuestra sociedad.

En la actualidad, ante el caos económico y social, los ciudadanos ponen la vista en sus representantes políticos y no ven, en general, actuaciones muy edificantes o que generen una mínima tranquilidad. Por el contrario, cuando las cosas se han puesto peor, los primeros señalados han sido los políticos, situándose como una de las preocupaciones más graves de los ciudadanos junto al paro y la economía.

Y es que, sin duda, han sido parte fundamental del problema y, entre los dirigentes sin preparación y los corruptos que adornan a todos los partidos, el ciudadano medio ha optado por descreer de la política, sin caer en la cuenta de que la mediocridad de nuestros representantes sólo es culpa de la ‘aristofobia’ de nuestros conciudadanos, que no soportan a todo aquel que se atreva a destacar de entre la homogénea masa, hasta el punto de conseguir eliminarlo de la vida pública haciendo buena la frase de Albert Camus: «La política y la suerte de la raza humana son formadas por hombres sin ideas y sin grandeza. Aquellos que tienen grandeza dentro de sí mismos no hacen política».
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