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Unamuno: filosofía y literatura

martes 21 de mayo de 2013, 20:13h
Esta tarde hemos presentado en la Fundación José Ortega y Gasset - Gregorio Marañón el libro de Juan Federico Arriola, La interacción de la filosofía con la literatura en la obra de Miguel de Unamuno. Un ensayo próximo al existencialismo español (México D. F., Porrua Print - Por la libre ediciones, 2013). El marco no podía ser más apropiado por distintos motivos: en primer lugar, por la amistad que unió a Unamuno con los dos titulares de la Fundación, amistad que sobrevuela por encima de cualquier polémica o controversia intelectual entre los mismos. En segundo lugar, porque el profesor Arriola es un jurista, filósofo y poeta, estudioso también de la filosofía de Ortega y Gasset, un mexicano que hace gala de serlo, preocupado por la justicia social y por cualquier tipo de justicia en su país y en el mundo, un pedagogo incombustible que hace su labor constante y fructífera desde su cátedra en la Universidad Iberoamericana, con la que la Fundación ha firmado recientemente un convenio de colaboración que viene a estrechar aún más los lazos de la Fundación con el país azteca, presentes desde el origen de la misma.

Juan Federico Arriola es un torrente de sabiduría y de erudición. No sólo se conoce toda la obra de Unamuno, que disecciona y analiza con pormenor, sino que establece conexiones de todo tipo entre la misma y las obras de los más variados literatos, filósofos, músicos... Conocí al profesor Arriola hace más de una década por sus estudios sobre Ortega y Gasset. Luego fui descubriendo que también nos unían otras aficiones intelectuales como la de Octavio Paz, Unamuno, María Zambrano... Arriola es un intelectual atrevido, que incluso se permite interpelar a Unamuno en diversos pasajes de su libro y se pone a discutir con don Miguel. Al final del libro ha incorporado cinco diálogos imaginarios con su autor, convirtiendo al vasco en personaje literario mediante un juego inverso al que Unamuno realiza con el protagonista de su “nivola” Niebla, Augusto Pérez, que se sale de la novela para discutir con el autor, ¿o es Unamuno el que entra en la novela?

María Zambrano contaba que cuando Unamuno venía a Madrid montaba una tertulia pero en realidad era él el único que hablaba. Eduardo Ortega y Gasset, que convivió mucho con don Miguel en Francia durante el exilio de ambos en los años de la Dictadura de Primo de Rivera, “el ganso real”, como le llamaba don Miguel, publicó un libro titulado Monodiálogos de don Miguel de Unamuno. Otros muchos han dejado recuerdos de la afición de Unamuno a monodialogar en presencia de otros, de ahí que el atrevimiento de Arriola me parezca excesivo, máximo. Yo, si fuera creyente, que no lo soy, y me encontrase a Unamuno en la otra vida, lo más que me atrevería a decirle es: hable usted, don Miguel. Arriola, en cambio, le pregunta y discute con él sobre lo humano y lo divino, y nada menos que le interpela “¿quién es usted?”, “¿con qué personaje se identifica más usted?” Unamuno, que como Don Quijote gritó más de una vez “yo sé quien soy”, se identifica con el ingenioso hidalgo manchego. Arriola, impertinente, insiste en que se refiere a los personajes de sus obras, y don Miguel, inteligente, le dice que Don Quijote es también personaje de sus obras, porque él ha recreado al caballero de La Mancha en su Vida de Don Quijote y Sancho.

Arriola se ha empapado bien en la literatura de Unamuno y ha sabido ir al fondo de su pensamiento. Nos dice, con toda la razón, que don Miguel es un gran literato y un gran pensador; en él filosofía y literatura se dan juntas y inseparablemente, pues su filosofía es poética y su poesía es filosófica. Los que desde las cátedras universitarias se empeñan en compartimentar la sabiduría hasta hacerla estúpida no entenderán nunca a Unamuno, y por eso habitualmente muchos lo despachan con eso de que es paradójico y contradictorio, y se quedan tan anchos. ¡Qué fácil es quitarse a un autor de encima, sacarlo del canon y decir que es prescindible! porque en realidad no se quiere, o no se puede –por falta de entendederas–, meterse en las profundidades de su obra. Es verdad que hay contradicción y paradoja en los escritos de Unamuno, él mismo lo dijo en innumerables ocasiones, pero por debajo de la expresión paradójica y contradictoria está un enorme afán de comprender lo humano, de entender al hombre, que es paradójico y contradictorio.

Unamuno es una de las grandes cabezas de la filosofía española, capaz de discutir el racionalismo abstracto de la modernidad para insertarlo en la vida. Por eso corrige a Descartes y al “cogito, ergo sum” contrapone el “amo, luego soy”. Para Unamuno, sentir es más que comprender, porque en el sentimiento se dan infinitas maneras de entender lo humano en el mundo con las que un pensamiento puramente racionalista choca. Don Miguel no era un irracionalista, no renunciaba a la razón, pero sabía que la razón no alcanza a comprenderlo todo, y sobre todo no alcanza a explicar el misterio del ser y de la muerte, y de la posible inmortalidad, que es lo que más le preocupaba. Al cristiano heterodoxo que es Unamuno, preocupado por una inmortalidad carnal, no le basta con la razón sino que necesita la vida. Maeztu le decía al joven Ortega que a Unamuno tenían que echarle en cara los de su generación no haber sido capaz de poner patas arriba la ramplona neoescolástica española del siglo XIX, por desidia, y haber revolucionado la teología española en la línea del modernismo religioso europeo de finales de siglo. Es labor que está aún por hacer en España porque el Vaticano II estuvo horro de teología.

Unamuno es un autor complejo, difícil, que se mueve entre el sentido trágico de la vida y el sentido cómico de la misma, al que nunca renuncia a pesar de su apariencia de austero cuáquero. Es un prototipo de la figura del intelectual, con todas sus virtudes y sus defectos, que tanta importancia tuvo en la historia occidental desde finales del siglo XIX hasta hace unas décadas. Un intelectual capaz de hablar contra esto y aquello, y también a favor si era necesario. Unamuno calló muy poco. Se metió en todos los berenjenales de su tiempo: hablando desde La lucha de clases cuando en España eran pocos los intelectuales que se aproximaban al socialismo, distanciándose del socialismo cuando le pareció que no respondía al ideal político con el que él soñaba, escribiendo de Dios y criticando a la Iglesia sin ser ateo, lo que en la España de su tiempo tampoco se entendía muy bien, criticando a Maura y criticando a Ferrer al mismo tiempo, metiéndose con los “papanatas” europeístas cuyo europeísmo había inspirado él, enfrentándose a la España caciquil para defender, entre otras cosas, su propia honorabilidad en la gestión del rectorado salmantino, sacando las vergüenzas de la Monarquía y del monarca, abominando de la dictadura de Primo de Rivera, auspiciando la República pero auspiciando también el desnortado rumbo de la misma desde su mismo origen, apostando por una solución de orden ante el desorden republicano pero advirtiendo de los riesgos de un orden que sólo se basase en la “dementalidad” de militares y curas.

Unamuno fue él, de ahí lo difícil que resulta catalogarlo y lo que impide a muchos saber a qué atenerse con don Miguel, a todos los que sólo saben trabajar con categorías simples, con etiquetas. Unamuno, como buen intelectual, hizo de la palabra su herramienta de trabajo. Una palabra que en algunos momentos atrajo a muchos, como cuando varios miles fueron a recibirlo en Irún tras la caída de la Dictadura y su regreso a España tras su exilio. La palabra de Unamuno tuvo siempre la ventaja de que sonaba en cada oído de forma particular. Como él mismo dijo, nunca quiso hablar a las masas sino al hombre concreto: “Nunca he sentido –escribió– el deseo de conmover a una muchedumbre y de influir sobre una masa de personas –que pierden su personalidad al amasarse–, y he sentido, en cambio, siempre furioso anhelo de inquietar el corazón de cada hombre y de influir sobre cada uno de mis hermanos en humanidad”.

La palabra de Unamuno sigue hoy, todavía, llegando al oído y al corazón de cada lector. Se echa en falta una voz como la suya capaz de hablar con su inteligencia contra esto y aquello, y contra lo de más allá, sin venderse a los poderes establecidos ni a los movimientos de opinión. Por eso es muy positivo que se lo estudie a este y al otro lado del Atlántico y que haya intérpretes como Arriola que nos permitan entender más y mejor lo que nuestros propios ojos ven.
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