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El pasado de Hollande y el futuro de Francia (I): circunstancias políticas

miércoles 29 de mayo de 2013, 20:36h
Hace ya un año que François Hollande preside Francia y que con su gobierno, dirigido por Jean-Marc Ayrault y compuesto sobre la base de equilibrios internos al partido socialista francés, afronta la dura tarea de gestionar un país minado por una triple crisis ecónomica, social y cultural. No cabe la menor duda de que esta triple crisis está gestando una crisis política: pero la fuerza de las instituciones francesas (una presidencia casi imperial, un parlamento alineado con el gobierno, unas regiones que son el “pastel” de la financiación de los partidos políticos) retrasa la toma de conciencia de esta gran crisis que se manifiesta a través de resultados electorales contradictorios e incoherentes. Como Italia con el movimiento 5 estrellas, como España y el hundimiento del bipartidismo, como Alemania y el surgimiento de partidos nuevos (Die Linke, los Piratas…), como Gran Bretaña con el avance de la derecha euroescéptica, Francia, con el avance – ¿imparable? – de la extrema derecha y del populismo izquierdista, combinado con una abstención cada vez más importante (un 40% en las últimas generales), vive unas turbulencias democráticas que aún no hemos valorado lo suficiente.

La larga e importante movilización en contra del matrimonio homosexual nos revela otra faceta de esta crisis de la representación política. El movimiento ha sorprendido a François Hollande que, en un ejercicio de pura política, ha decidido despreciarle e infravalorarle. Por lo menos, públicamente. Era para él la única manera de mantener un enfrentamiento entre derecha e izquierda, enfrentamiento de naturaleza política y cultural que permite a la izquierda reivindicar el monopolio del progresismo. Los socialistas han creído ver en estos millones de franceses movilizados un residuo de la extrema derecha, ultra conservadora o ultra católica. Explicación cómoda pero falsa. Se ha tratado de un movimiento social, poco politizado en su principio, que hace eco a las evoluciones de las movilizaciones de la opinión pública. En Francia, los medios de comunicación se han maravillado con el movimiento 15-M español… pero no han sido capaces de ver los paralelismos entre este movimiento y la movilización contra el movimiento homosexual. Desde luego la base politíca no era la misma, pero sí las formas – la movilización a través de las redes sociales, el carácter heterogeneo de los manifestantes, la fluidez de la movilización social… Todo eso apunta, según mi parecer, a unas metamorfosis de la democracia y a una crítica radical de la democracia representativa. Se trata de un fenómeno complejo donde confluyen a la vez elementos estructurales y conyunturales. De ahí pueden salir propuestas originales de reconstrucción democrática tanto como también iniciativas gravemente perturbadoras del proceso de decisión política. La cuestión fundamental que plantean estos movimientos es el de la legitimidad de la decisión política. Deslegitimar al parlamento y los procesos de debate legislativo nos puede llevar a una apuesta antidemocrática.

Quiero subrayar esto para intentar en esta reflexión sobre el balance del primer año de la presidencia de Hollande enmarcar el caso francés en una visión comparativa y europea. Las clases políticas siguen reflexionando en el único marco nacional (es lógico visto que sus electores son los ciudadanos del país) pero la historia nos enseña que en las épocas de grandes transformaciones – ¿y quién puede dudar de que estamos inmersos en una de esas épocas? – los movimientos son colectivos y a nivel continental (por lo menos en Europa). Leer el balance de Hollande a la sola luz de las expectativas francesas, de los motivos que empujaron los franceses a elegir al candidato socialista en mayo de 2012, nos puede llevar a alinearnos con los sondeos de popularidad que traducen el desencanto profundo de la opinión pública hacia sus gobernantes. Con menos del 25% del apoyo de los franceses, Hollande es el presidente menos valorado desde que se mide la popularidad presidencial. La caída ha sido vertiginosa… pero el presidente puede quedarse sereno. Las elecciones presidenciales y generales son en 2017 y las instituciones lo protegen. Con esto quiero decir que el desencanto no explica lo que está pasando sino que traduce la perdida de fuerza del empuje que la acción política solía tener. Si comparamos con los otros presidentes franceses en el pasado, o con los actuales mandatarios europeos, observamos solo una aceleración en el desgaste político. Todos se han ido quemando en la última década, pero el ritmo de aparición del descontento se acelera, traducción nítida de los cambios de percepción de la opinión pública que ya no sabe entender los tiempos de la acción política. Lo queremos todo enseguida… Gran parte de la culpa la tiene la clase política que decidió hace años ya no hacer pedagogía, es decir que decidió no ejercer su autoridad y cumplir con su palabra (cuan lejos es el “puedo prometer y prometo” de Adolfo Suárez…). En estas mismas columnas, hace un año hablé de la campaña electoral de Hollande comparándola con la de Rajoy. Hablar mucho para no decir nada… eso vale para ganar los votos, pero no para gobernar.

También nosotros, como opinión pública, debemos acostumbrarnos a este cambio estructural. La política, como acción gubernamental y administrativa, ya no lo puede todo. El periodo histórico en el cual se inscribe la presidencia Hollande es éste. Y el drama de los socialistas franceses, y quizás de Hollande – aunque el personaje es mucho más ambiguo de lo que parece –, es que no se han preparado a la revolución intelectual y política que eso supone. Siguen celebrando la fuerza del Estado y del aparato administrativo – y se apoyan en la tradición francesa de valoración de lo público – cuando la sociedad está anhelando una nueva distribución de poder(es). Lo que revelan los movimientos sociales desde hace más de veinte años es esta reivindicación de una libertad individual. ¿No es esto lo que ha llevado los movimientos homosexuales a transformarse en una inmensa empresa de lobbying? Pues bien, la contradicción entre este fenómeno de atomización de las lógicas sociales asentadas en la voluntad individual y los marcos ideólogicos del socialismo francés puede transformarse en la causa del fracaso político de Hollande.
¿Por qué me permito tal diagnóstico? ¿Es que uno no se acuerda de lo que pasó en España entre 2004 y 2011?
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