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Las tribulaciones de Obama

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 06 de junio de 2013, 20:44h
Dicen los observadores de la política americana que los segundos mandatos presidenciales, quizás en réplica de aquello que se predica de las segundas partes, nunca fueron buenos. No parece que exista una comprobación matemática del aserto pero sí la empírica de que, en el caso de Barack Obama, la noción tiene razones en que mantenerse: a los pocos meses de su renovado juramento como Presidente de los Estados Unidos problemas de diversas índole, en su mayoría teñidos por el escándalo real o supuesto de las cosas mal hechas, se amontonan sobre su mesa de despacho en la Casa Blanca. Tres son los que de manera preeminente llaman la atención de la opinión publica y de los medios de comunicación: las circunstancia que el 11 de Septiembre de 2012 rodearon la muerte en Bengazi del Embajador americano en Libia y tres agentes de los servicios de inteligencia, las escuchas telefónicas y electrónicas que el Ministerio de Justicia habría ordenado realizar contra periodistas de la agencia Associated Press y de la cadena televisiva FOX y las acciones del poderoso Internal Revenue Service, el temido IRS encargado de la recolección de los impuestos en los Estados Unidos, que habrían fijado su atención de manera discriminatoria sobre organizaciones no lucrativas vinculadas con el partido republicano y otros sectores conservadores. Las tres historias se mueven en terrenos todavía de difícil clarificación y temprana resultaría la intención de obtener de ellos consecuencias condenatorias contra una Administración y contra el que la preside, pero las tres arrojan sombras de comportamientos en los que aparece un deseo de manipular la realidad, una cierta voluntad de intimidación y otra, no menos patente, de utilizar recursos e instituciones públicas en beneficio de causas políticas partidistas. Elementos suficientes para alimentar el escándalo, levantar sospechas, y ofrecer sustanciosa carne de cañón a los medios de comunicación y a la oposición política. Las audiencias parlamentarias se multiplican y suceden en un carrusel de acusaciones que los republicanos más optimistas no hubieran podido imaginar en Noviembre del 2012, cuando tuvieron que digerir la pesada píldora de su derrota en las urnas.

En ninguna de las tres historias nadie ha podido demostrar que la Casa Blanca tuviera responsabilidad directa en su origen o en su desarrollo, pero los mas impulsivos de entre los detractores del obamismo ya apuntan a las cabezas de dos de sus mas próximos colaboradores: Eric Holder, el Fiscal General, que ordenó las escuchas a los periodistas, y Hillary Clinton, hoy retirada de la primera línea política, Secretaria de Estado cuando lo de Bengazi y a lo mejor y al final afectada negativamente en sus expectativas políticas por el desarrollo de los acontecimientos. Por no hablar del responsable federal del IRS, que ya se ha visto obligado a dimitir.

El tema de las escuchas a los periodistas es indudablemente grave, en la medida en que arroja sombras sobre el respeto del Ejecutivo hacia los medios de comunicación y consiguientemente sobre su voluntad de respetar el mandato constitucional relativo a la libertad de expresión y de información. Pero en realidad lo más grave, y si se llega a demostrar una participación del gobierno federal en ello tendría alcances letales, es la intromisión del IRS en organizaciones que al amparo de la ley querrían obtener el status de instituciones no lucrativas con el apenas velado argumento de que están situadas en la proximidad de partidos o movimientos conservadores. No es la primera vez que en la historia americana los inspectores fiscales, lanzados por el gobierno de turno, actúan contra los enemigos políticos, pero que ello se pudiera repetir en el siglo XXI produce la natural erisipela y los correspondientes escalofríos en el espinazo de todos los ciudadanos, cualquiera que sea su afiliación política, temerosos de verse vigilados y acosados por un poder omnímodo que no sólo les recorta sus ganancias sino que además les amenaza con las penas del infierno en el caso de no conformarse a la verdad oficial predominante. Hay que conocer el temor reverencial con que los americanos consideran al IRS y a sus agentes para comprender cabalmente el temor que sus acciones inspiran, en un contexto legal en donde la defraudación fiscal, a diferencia de lo que ocurre en otros sistemas jurídicos, es crimen penado por pesadas penas de cárcel. Y si no que se lo pregunten a Al Capone.

Naturalmente los periodistas de todo origen y condición han puesto el grito en el cielo cuando supieron de las acciones legales del Fiscal General contra sus colegas para averiguar las fuentes de las filtraciones sobre operaciones antiterroristas que, según la misma Casa Blanca, habrían creado peligro grave para agentes y ciudadanos estadounidenses. Que la cuestión no es banal ha quedado suficientemente demostrada con el implícito “mea culpa” de Eric Holder al refinar los términos legales en los que se puede proceder legalmente contra los medios de comunicación y en la por demás torpe oferta de una información “off the record” que los medios se apresuraron en rechazar. Con el “New York Times” a la cabeza, para que no cupiera ninguna duda al respecto. Y como nada resulta más barato que ensalzar las virtudes de los medios de comunicación y de sus representantes, no hay hoy en el Capitolio congresista o senador republicano o demócrata al que no se le hagan los dedos huéspedes sollozando por las esquinas ante la supuesta violación de los sagrados derechos de expresión. Aunque muchos de ellos, fundamentalmente republicanos, pidieran en su momento, cuando se tuvo noticas de las primeras filtraciones, mano dura contra los responsables de las mismas. Y aunque en estos mismos días se abre el juicio contra el soldado Manning, filtrador confeso de 700.000 documentos secretos de sectores diversos de loa Administración americana, base indispensable para las posteriores barrabasadas del pseudo mártir australiano y albino Julian Assange, y que, a no ser por su negociación con la fiscalía, pudiera haber pagado la fechoría con su vida. A nadie parece conmover el destino del soldado filtrador. Ni siquiera aquellos que se beneficiaron de sus latrocinios

Lo de Bengazi, a pesar del tiempo transcurrido, continúa sobrevolando pesadamente sobre las acciones exteriores de Obama y la facción republicana, ante el embarazo de la demócrata, ha decidido no soltar la presa, convencida de que la historia contiene muchas preguntas sin resolver. En efecto, ¿cómo es posible que el Embajador americano en Libia se desplazara a Bengazi sin contar con la adecuada protección sabiendo, como debía saber Washington, de lo peligroso que resultaba el viaje? ¿Por qué ni el Departamento de Estado ni el Pentágono pudieron o supieron organizar una operación de rescate de los funcionarios atacados y luego muertos? ¿Por qué tanto la Casa Blanca como el Departamento de Estado y más tarde la Embajadora ante Naciones Unidas se empeñaron en explicar que la violencia que acabó con la vida de los cuatro americanos era producto de una protesta espontánea como consecuencia de un libelo anti Mahoma y no, como parece ser cierto, resultado de una acción planificada y dirigida por terroristas vinculados con Al Qaida en el Magreb? ¿Qué interés podía tener la Administración en desviar la atención sobre las causas de lo sucedido? Y así casi hasta el infinito.

Cuando estas cosas ocurren en el ámbito de la política americana resulta difícil evitar la evocación del Watergate de Richard Nixon y no son pocos los que ya, en la arena política o en la informativa, lo han hecho. Y en una atmósfera progresivamente polarizada esas mismas voces reclaman ya el “impeachment” presidencial, con todas sus consecuencias. A estas alturas de la película tales radicales pretensiones se antojan desmesuradas, a no ser que cuenten con la todavía no desvelada presencia de una renovada “deep throat” –cuyas perversas aficiones, según nos acaba de explicar Michael Douglas, producen cáncer- o con el consabido “smoking gun” que lleve directamente al Despacho Oval de la Casa Blanca. Un poco de mesura en el juicio, tal como recomendara Don Quijote al Trujimán es siempre de buen sentido, en este y en otros casos, para no caer en el ilusorio juego del “wishful thinking”. Es decir, en la peligrosa tentación de confundir los deseos con la realidad. Más de uno se ha llevado una sonora bofetada al intentarlo.

Barack Obama ya no es el mesiánico mandatario que llegó a la Casa Blanca en 2009 en olor de multitud. Ni siquiera es ya el que reverdeció sus laurales en las elecciones presidenciales de 20012. Tiene un Capitolio dividido, unos republicanos levantiscos, unos demócratas inciertos y un programa legislativo mal definido. Y los escándalos no ayudan a mejorar su influencia o su imagen. Pero serían ciegos los que le negaran su facundia oratoria, su habilidad política, su capacidad de atracción sobre amplias masas del electorado. Y sobre todo la ausencia de alternativa en el lado derecho del espectro. Porque con tanto golpear en la piedra caliente de la torpeza o incluso de la ilegalidad, ¿existe alguien en el Partido Republicano que pueda imaginar cómo ganar en el centro del espectro las elecciones de 2016 que, como las de 2012, serán decididas por el 15% de indecisos? Siempre es importante evitar que los árboles impidan la contemplación del paisaje.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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