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Los indignados de Turquía

William Chislett
sábado 08 de junio de 2013, 19:21h
Las protestas en Turquía que han sacudido al país tienen mucho más que ver con el autoritarismo y prepotencia de Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro, que con unas quejas sobre el polémico proyecto de convertir uno de los pocos espacios verdes en el centro histórico de Estambul, agobiado por el tráfico, en un centro comercial.

Mientras el movimiento de los indignados en España fue creado en gran parte hace dos años en respuesta a las medidas de austeridad, los desahucios y la falta de puestos de trabajo, en particular para jóvenes, el movimiento turco responde más a demandas culturales y políticas.

De hecho, la economía turca ha sido la estrella de Europa en la última década, durante la cual su tamaño se ha triplicado y el PIB per cápita se ha incrementado considerablemente, aunque el crecimiento se ha ralentizado este año. Otros logros son las reformas que han reducido el poder y la influencia de los militares, árbitros de la vida política en el pasado (tres golpes de estado entre 1960 y 1980), y el anuncio de tregua del grupo kurdo terrorista PKK después de tres décadas de lucha armada y una guerra sucia por parte de las fuerzas de orden.

La indignación de un segmento de la población turca, identificada como laicista para distinguirla del islamista Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP) que lleva 11 años en el poder, se debe a varios motivos incluyendo la reciente ley que limita la promoción y el consumo de alcohol; un supuesto intento de “islamización” del país por parte del AKP, al eliminar algunas restricciones que pesaban sobre la presencia de la religión en el espacio público; un desarrollo urbanístico muy agresivo en Estambul (con una población de unos 13 millones); las restricciones a la libertad de prensa (Turquía tenía en 2012 el récord mundial de periodistas en la cárcel por causas dudosas) y el que los grandes medios no informaron al principio sobre las protestas.

Resulto revelador de las estrechas relaciones entre los magnates de la prensa y el Gobierno que en el primer día de las protestas en Estambul (que empezaron pacíficamente hasta que la policía intervino con brutalidad), la cadena de televisión CNN International cubriera la manifestación y el CNN Turk, el afiliado del canal en lengua turca, emitiera un programa culinario.

Erdogan afirmó que la ley sobre el alcohol responde a una obligación constitucional y una responsabilidad hacía los jóvenes para evitar que “deambulen en un estado de embriaguez.” Sin embargo, el consumo de alcohol en Turquía (unos 1,5 litros por persona en 2010) es de los más bajos de Europa.

Erdogan culpa de las protestas a “elementos extremistas” y al principal partido de la oposición, el Partido Republicano Popular (socialdemócrata laico, conocido por las siglas CHP), a pesar de que entre los manifestantes no se han visto banderas ni emblemas de este partido, establecido en 1923 por Mustafa Kemal Atatürk, fundador de la República de Turquía sobre las ruinas del imperio otomano, y partido dominante hasta la llegada al poder del AKP en 2002 con un aplastante mayoría, renovada en 2007 y 2011 (con casi el 50% de los votos).

La falta de un partido fuerte y efectivo como alternativa al AKP, después de 11 años en el poder, es precisamente otro factor detrás de las protestas. El CHP tiene 135 de los 550 escaños en la Asamblea Nacional y el AKP 327.

El concepto de democracia en el cual cree Erdogan es “mayoritaria”. Esto quiere decir que una vez ganadas las elecciones, cosa que ha logrado con éxito, piensa que tiene el derecho de gobernar como quiere, dentro de ciertos límites. Piensa que puede tomar todas las decisiones sin tener en cuenta los puntos de vista de otros partidos, y que puede gestionar hasta en los detalles más nimios los estilos de vida de los ciudadanos y dictar las pautas culturales.

La democracia turca sigue siendo demasiado poco inclusiva y escasamente participativa, aunque se han hecho algunos progresos gracias al empujón dado por las negociaciones de entrada de Turquía en la Unión Europea desde 2005, un proceso que avanza al ritmo del caracol.

Parece que después de 10 años en el poder todos los líderes políticos sufren una arrogancia desmesurada (hubris en inglés). Les pasó a Felipe González y a Tony Blair, el primer ministro británico. El primero dejó el poder después de perder su cuarta elección general y el último lo abandonó voluntariamente. Erdogan, sin embargo, quiere ser presidente en 2014 cuando habrá elecciones directas para el puesto por primera vez. Y quiere una presidencia con más poderes si logra cambiar la constitución. Las protestas podrían representar su momento de verdad. Son una llamada de atención.

William Chislett

Escritor

WILLIAM CHISLETT es escritor y colaborador del Real Instituto Elcano

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