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RESEÑA

Santiago Auserón: El ritmo perdido. Sobre el influjo negro en la canción española

domingo 09 de junio de 2013, 13:03h
Santiago Auserón: El ritmo perdido. Sobre el influjo negro en la canción española. Península. Barcelona, 2013. 445 páginas. 22,50 €
Cuando Santiago Auserón presentaba su trabajo musical Raíces al viento en 1995, ya estaba llamando la atención en recuperar una sonoridad de la canción y la lírica españolas que podía descubrirse en el trasfondo de la cultura de los pueblos de habla hispana. Pero aquella publicación no era más que el resultado de años de un trabajo de campo iniciado en tiempos de la Movida ochentera y un punto de inflexión con respecto a la investigación que el autor edita ahora bajo el título de El rimo perdido. Sobre el influjo negro en la canción española.

Indagar en los patrones sonoros que son la esencia de nuestra cultura, seguirles la pista y desvelarlos, significa el hallazgo de unos saberes propios de nuestra tradición. Esos saberes han transitado de forma oral a través de la canción popular en pleno Siglo de Oro, muchas veces unidos a documentos escritos si bien con la idea de señalar el acompañamiento del baile con otras voces e instrumentos. El ritmo perdido insiste en este aspecto de la oralidad, sonoridad, ya que es constituyente de la esencia y el prestigio de una civilización; prestigio que, en la canción española, no sería descabellado pensarlo como ausente y esencia, si no esfumada, tal vez adormecida.

Perder el ritmo primigenio, el ritmo atómico que hace ser a un pueblo el que es, lleva al abandono de su simiente poético y musical; lo que, según Auserón, condena a un suicidio intelectual de irreparables consecuencias. Sin embargo, curioso fue para el autor tomar conciencia, en su expedición por tierras cubanas, de que tanto los versos del Siglo de Oro como la música popular española se mantenían prácticamente intactos en la isla antillana. Y junto a esos versos y esa música, el habla común que preserva un elenco de acentos nada extraños para el español, aunque obviamente de raigambre claramente africana. Aun así, a la vez que se perdía Cuba en el 98, sorprendentemente se libraba parte de la esencia de España, parte del ritmo perdido.

Es posible que la fuga del ritmo de un continente a otro se deba a que, como cree Auserón, las canciones no son dominio de los territorios, pues los pueblos transitan por grandes transformaciones asociadas al nivel de la riqueza, lo cual repercute directamente en sus músicas. El poder económico asienta un pensamiento dominante que, endiosado por el avance de la tecnología, neutraliza una sociedad que no se siente tan interesada por las huellas del pasado como por el consumismo de iconos superficiales que apenas terminan siendo digeridos.

Sin embargo, Auserón expone el proceso por el que los rastros sonoros de la canción española, que han residido, por una parte, en América, pero, por otra, en la polirritmia africana y el mundo oriental, pueden asimilarse como representaciones culturales propias porque suponen nuestra identidad y autorreconocernos. Con voluntad de dialogar con la Historia no es difícil percibir que una vez habitada tierra ajena resulta amigable la confluencia de géneros por su diseminación en el devenir sonoro: así el son como el jazz, la samba como el mambo, o el bolero como el soul o el flamenco. Efectivamente, El ritmo perdido nos llega en este momento como una joya rescatada del Siglo de Oro que nos hace recapacitar sobre el entorno que nos acoge, como aquel cantante de los noventa que se posa en la isla “desconocida” y tras avivar las raíces implora: “Cozumel, dale cobijo a mi piel”.

Por Enrique Cabrero Blasco
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