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crítica de cine

15 años y un día: condenas que hay que cumplir

Hace más de cuatro años que Gracia Querejeta había escrito, junto a Santos Mercero, el guion de este interesante y exquisito drama familiar, pero la realizadora madrileña no tuvo fácil, en los tiempos que corren, encontrar la financiación necesaria para seguir adelante con el proyecto. Ella misma confiesa que el proyecto iba a ser más grande, pero que tuvo que ir reduciéndose poco a poco para adaptarse y poder ver finalmente la luz. Lo cierto es que su nacimiento llegó con éxito y en la pasada edición del Festival de Málaga, la cinta fue premiada con cuatro Biznagas: Mejor Película, Guion, Banda Sonora y Premio de la Crítica. Sólo era el comienzo, porque desde el pasado viernes el filme se enfrenta a la opinión del público y será difícil que la mayoría de los espectadores no se declaren conquistados por esta historia bien construida, rodada de manera impecable y estupendamente interpretada.

Maribel Verdú, con quien Querejeta ya había trabajado en su último y también exitoso filme “Siete mesas de billar francés”, interpreta aquí a Margo, la madre de un adolescente de 14 años que ve cómo está perdiendo de forma irremediable las riendas de su educación. Es viuda y, aunque con lo que le dejó su marido pueden vivir sin problemas, ella se sigue presentando, una y otra vez, a castings donde lo único que consigue es dejar pedacitos de su autoestima. Tampoco ayuda mucho su madre, interpretada por Susi Sánchez, una mujer siempre negativa, anclada en su propio dolor, a causa del abandono de quien fue su marido durante casi toda la vida. La abuela se lleva bien con el chico, Jon, a quien da vida Arón Piper, pero la realidad es que es incapaz asimismo de contribuir a su educación ni, mucho menos, de apoyar a Margo. Al contrario, crítica sus decisiones, sobre todo, la que supone mandar al chaval con su abuelo, Max, un tipo estricto y solitario que vive en un pueblecito de Alicante desde que dejó el Ejército y su familia.

Tito Valverde, felizmente recuperado para la gran pantalla después de que dejara la famosa serie El Comisario, construye un personaje tan natural como intenso. Su aparente rigidez como persona está, sin embargo, llena de matices que el veterano y genial actor sabe dibujar a la perfección. Él es, junto a Jon, el que guarda más sorpresas, y la relación entre ambos es, sin duda, lo mejor de una cinta que explora las relaciones familiares en esos momentos en los que nada puede sustituirlas: cuando en la vida de alguno de ellos se cruza una tragedia que, como es natural, afecta a todos ellos. Es entonces cuando se ve cómo es de verdad cada uno, pero también la ocasión para cambiar lo que nunca se había tenido el coraje de reconocer antes como un defecto que podía estar haciendo daño a los demás. Y Max tendrá que empezar a desprenderse de muchas de las capas detrás de las que se había ido escondiendo a lo largo de su vida. Porque la estancia de Jon en su casa, en vez de solucionar los problemas surgidos a raíz de su expulsión del colegio, lo que ocasiona es una desgracia mucho mayor, a la que cada uno a su manera tendrá que hacer frente.
Querejeta, que dedica la cinta a su padre, asegura, sin embargo, que se sintió inspirada para esta historia por su hijo adolescente en plena “condena de los 15 años” y, sin duda, encontró en el joven actor Arón Piper, que también canta el Rap de los créditos, un inmejorable intérprete. Porque el personaje de Jon se mete en muchos líos, enarbola sin miedo la bandera de la rebeldía, pero su mirada y sus gestos son capaces de reflejar siempre un sincero cariño, nunca ese aparente desprecio, incluso odio, que transmiten esos conflictivos adolescentes con quienes su familia no consigue mantener una conversación. Jon, por el contrario, se preocupa de verdad por la felicidad de su madre, hace migas con su abuela y siente un genuino respeto hacia su abuelo. Todos estos sentimientos no impiden que se junte con chicos conflictivos, se meta en peleas o se niegue a cumplir con las tareas, no pueden impedirlo: es parte de la condena que todos pasamos alguna vez porque viene de serie con la adolescencia.