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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

[i]La noche toledana[/i], de Lope de Vega: El hechizo de la pasión

domingo 09 de junio de 2013, 14:14h
La noche toledana, de Lope de Vega
Versión: Daniel Pérez
Director de escena: Carlos Marchena
Escenografía: Rodrigo Zaparaín
Iluminación: Luis Perdiguero
Intérpretes: Natalia Huarte, Francisco Ortiz, José Gómez, Alba Enríquez, Carlos Cuevas, Laura Romero y Manuel Moya, entre otros
Lugar de representación: Teatro Pavón (Madrid). Teatro Salón Cervantes (Alcalá de Henares, 22 y 23 de junio). Gira.

Por RAFAEL FUENTES


Como toda su gigantesca producción, “La noche toledana”, de Lope de Vega, también sabe conservar su esencia popular haciendo las delicias de cualquier tipo de público –incluso si carece de una mínima formación teatral-. Al mismo tiempo realiza una culta reflexión crítica sobre su época y su nación, solo perceptible para los espectadores instruidos que deseen escuchar entre líneas. Lope siempre llega a todos, y a todos los momentos, incluyendo el inmediato presente del siglo XXI. Tanto al público que solo busca diversión, como al espectador ilustrado que explora referencias cultas.

Un botón de muestra lo tenemos en la simple elección del título de esta comedia: “La noche toledana”. Lope lo toma directamente de los modismos del habla popular, que se han mantenido desde la Edad Media hasta hoy. Sabemos que pasar “una noche toledana” es pasar una noche en blanco, sin dormir, llena de agitación o de molestias. Ya en los diccionarios del siglo XVI se decía que la expresión se debía a los enjambres de mosquitos que asaltaban a los viajeros desprevenidos que llegaban a Toledo, y también, en otros casos, se hace referencia a la leyenda que señalaba cómo las jóvenes solteras escucharían el nombre de su futuro esposo durante la Noche de San Juan. El gran dramaturgo madrileño extrae todo el potencial expresivo de ese lugar común del habla popular con una comedia donde, literalmente, una multitud de personajes cruzan sus vidas durante una noche en Toledo, provocando que la agitación de sus peripecias y el desasosiego de sus pasiones deje a todos insomnes. Una desazón toledana en lo que tiene de diversión popular primaria, y a la vez, mirada crítica de una España tridentina.

Oficiales del ejército, alguaciles, damas disfrazadas de criadas, fugitivos de la justicia, caballeros, hermosas viajeras, criados… trenzan y destrenzan en una posada toledana, un apasionado tejido de lances cuyos giros logran que el auditorio permanezca en constante expectación. Deseo, celos, furor, violencia, enamoramientos, argucias, raptos poéticos y contrapuntos satíricos mantienen la efervescencia nocturna. En el microcosmos de ese pequeño lugar de tránsito, Lope de Vega dibuja el retrato de toda una España dominada por un auténtico apasionamiento vital, luchando con el dilema de abandonarse a una emoción dionisiaca o someterse a un orden moral estricto.

El director de la obra, Carlos Marchena, ha sabido ver la analogía de este teatro de Lope con las comedias de las series televisivas, con su dinamicidad trepidante y su antídoto contra la monotonía, acercando la comedia clásica a los hábitos visuales hoy imperantes. La excelente versión de Daniel Pérez, comprimiendo las acciones secundarias y cortando los momentos farragosos y reiterativos del texto, ayuda de forma inestimable al propósito del director. Carlos Marchena consigue plenamente conectar con el gusto actual sin desvirtuar un ápice el sentido original de la pieza, atrapando la atención del público e involucrándolo en un dinamismo fresco y comprensible donde las pasiones de los personajes nos llegan de forma diáfana.

Con indudable creatividad, Marchena ha reducido la posada toledana a solo siete puertas intemporales. Esa escenografía aparentemente geométrica pierde su rigidez conforme cae la noche, acompañada de su manto de sueños y deseos. Estas siete puertas entonces giran, se descolocan, hacen piruetas, desaparece su orden en sintonía con la invasión de sentimientos ocultos que se adueñan del escenario. La lucha entre el deseo y el orden queda así sintetizada visualmente. De algún modo, esas puertas recuerdan a los cajones de pinturas y esculturas de Dalí –por ejemplo, la “Venus de Milo con cajones”-, donde cada cajón o puerta señala la entrada a una pulsión secreta o a un apetito prohibido. Parece que los personajes entran en esas puertas como en los armarios o baúles de un mago, para reaparecer después de un modo imprevisto, rompiendo cualquier lógica que no sea la de su ardor.


Prima en el montaje el movimiento, la vivacidad, el vaivén de los personajes donde se nota el entrenamiento actoral de José Tomé y aún más el trabajo de Mar Navarro que da a los intérpretes una expresividad corporal próxima al clown y los recursos propios del gran Jacques Lecoq. En Francisco Ortiz, Jonás Alonso, Natalia Huarte, Carlos Cuevas, Manuel Moya, Samuel Viyuela o Julia Barceló, ese ritmo frenético no ahoga el sentido del verso, pero en ciertos pasajes y otros intérpretes la agitación de la carrera, la velocidad de los desplazamientos y la voz en falsete emborronan en exceso la claridad del texto poético. Equilibrar acción y dicción es quizá la única tarea importante que le queda a esta nueva Joven Compañía.

“La noche toledana” se estrenó en mayo de 1605 para las fiestas que conmemoraban el nacimiento del primer hijo varón de Felipe III, coincidiendo así en la fecha de publicación de “El Quijote”, con el que posee significativos puntos de unión. El eje central de la trama encierra sorprendentes analogías con sucesos biográficos de los propios padres de Lope de Vega, que tanto marcaron su dramaturgia. En “La noche toledana”, Lisena viene persiguiendo a su amado Florencio, quien se enamora en Toledo de una dama de Madrid. Exactamente igual que el padre de Lope abandonó a su esposa e hijos en Valladolid para irse tras una joven madrileña. Como respuesta fue perseguido por la madre de Lope cuyos celos ahuyentaron a su rival y de cuyo reencuentro con su marido nació Lope. Como él mismo escribiese en la célebre “Epístola a Amarilis”: “En fin, por celos soy. ¡Qué nacimiento!” Y deseo y celos constituyen el impulso central de la trama de la comedia. En un plano mucho más culto, “La noche toledana” resulta una inteligentísima crítica paródica a las novelas pastoriles que el dramaturgo conocía tan bien, particularmente la “Diana” de Montemayor.

El resorte básico de la novela pastoril eran los amores cruzados, llenos de una sofisticación artificiosa. El desencuentro amoroso se soluciona en la “Diana” usando un brebaje hechizado en el palacio de la maga Felicia. En la comedia de Lope, el palacio de los amores cruzados de la maga Felicia se ha convertido, ahora, en una vulgar posada. Los enamoramientos son crudos y viscerales y la unión de las parejas no se realiza a través de un bebedizo mágico, sino mediante el capricho ingenioso de Lisena, disfrazada como criada Inés. Toda una crítica a la edulcoración de las auténticas pasiones y su falsa e impostada rectificación, de una moral que solo cubría las apariencias pero no guiaba íntimamente la conducta.

En el mismo año, Miguel de Cervantes, en “El Quijote”, salvaba de la quema de libros a la pastoril “Diana” de Montemayor, con una salvedad: debía suprimirse esa falsaria pócima que supuestamente corregía los amores cruzados. Y en el mismo “Quijote” aparecen otras posadas con otros personajes con sentimientos amorosos entrecruzados. En este caso, Cervantes obliga a rectificar los impulsos mediante la conciencia de cada uno, enfrentándose a la verdadera naturaleza furiosa del deseo y la pasión. Tan distantes, los dos genios, Cervantes y Lope de Vega, en aquel año, vinieron a coincidir.
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