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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

[i]Naces, consumes, mueres[/i], de Ernesto Caballero: El dios del mercado

sábado 15 de junio de 2013, 18:31h
El colectivo Primas de Riesgo, impulsado por la actriz y productora Karina Garantivá, y del que forman parte Sandra Arpa, Paula Rodríguez y Julia Moyano, apuesta por nuevos modelos de producción, como el micromecenazgo -el ya célebre “crowdfunding” donde muchos patrocinadores aportan pequeñas cantidades-, para hacer frente a la crisis. Con este sistema han sacado adelante su primer montaje, “Naces, consumes, mueres”, en el que Garantivá debuta como directora de escena.
Naces, consumes, mueres, de Ernesto Caballero
Directora de escena: Karina Garantivá
Iluminación: Paco Ariza
Intérpretes: Karina Garantivá, Julia Moyano, Sandra Arpa y Paula Rodríguez
Lugar de representación: Sala Azarte. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Más de un siglo llevan recuperándose los dramas teatrales barrocos del Siglo de Oro. Pero “Naces, consumes, mueres”, que tiene como subtítulo el célebre auto sacramental de Calderón de la BarcaEl gran mercado del mundo”, explica de una forma muy explícita por qué el rescate que ahora se realiza, aquí mismo, en nuestros escenarios, de ese teatro áureo es de índole más vital, perentoria y auténtica que los anteriores. Es porque ahora volvemos a vivir en una precariedad e inseguridad similares a la época barroca.

Así lo expone con incontrovertible lucidez Ernesto Caballero en el trascurso de esta obra. Las diatribas del pasado en contra o a favor de los textos barrocos tenían un carácter puramente intelectual, se movían en la esfera de las discusiones sobre gustos estéticos. Ahora, por el contrario, no estamos en un debate ideológico, sino que estamos en una circunstancia análoga. En aquel entonces, las sucesivas bancarrotas de reyes y emperadores a propósito de las guerras de religión, la expansión global saqueando riquezas que se esfumaban como humo, la conciencia de no ser el centro del universo en un cosmos que repentinamente mostraba al hombre sus distancias infinitas, causaron aquel vértigo barroco, el pesimismo que enraizó en todos los corazones, la inseguridad ante la ruleta de la fortuna, el escepticismo sobre la condición humana, la angustia ante la condena, la desposesión y la desprotección ante instituciones corruptas, frustraciones que hacían demandar algún modo excepcional de salvación. Exactamente igual que millones de personas en este preciso instante. Por ello, tenemos una nueva sintonía con los dramas barrocos: no surge del intelecto, sino de nuestra situación vital.

“Naces, consumes, mueres” posee un vínculo de parecida naturaleza con “El gran mercado del mundo”, de Calderón de la Barca. La pieza de Ernesto Caballero crece sobre los materiales calderonianos, se sustenta en ellos, los reinterpreta y reelabora, los inserta en la encrucijada actual, sin traicionar en ningún momento el espíritu original. El dramaturgo ha creado una fórmula de posteatro extraordinariamente hábil para llevar a cabo su propósito, que yo llamaría “metateatro inverso”. Es ya un recurso popular representar piezas dramáticas fingiendo que se están ensayando, siguiendo las pautas del teatro dentro del teatro que crease en “Hamlet” William Shakespeare. Sin embargo, en “Naces, consumes, mueres” nos hallamos ante la representación de una obra que no se puede llevar a escena: “El gran mercado del mundo”, un trabajo de encargo que se ha anulado por falta de presupuesto, y sobre la que las cuatro actrices que la protagonizan discuten, reflexionan, critican o vinculan a su experiencia personal desde la indignada adversidad de no poder subirla a las tablas escénicas.

Este “metateatro inverso”, el de no poder ensayar la obra que no se puede representar, gira, en un malabarista diálogo, sobre el asunto central del auto sacramental de Calderón: la culpa. La culpa que tenemos ante nuestra situación o la culpa que falsamente nos atribuyen. Se apunta que en alemán –el idioma de nuestros más acerbos acreedores- la palabra “deuda” (“schuld”) es la misma que significa “culpa” (“schuld”). Contraer deudas suena igual que tener culpa, donde un problema económico se afronta con una mentalidad religiosa que exige una expiación. “Naces, consumes, mueres” se aleja, sin embargo, de la simple protesta ante esa falsa culpabilidad supuestamente adquirida por las jóvenes generaciones, encarnadas por las propias actrices de la obra. En su rebeldía constatan que la mera queja o la amarga lamentación contribuyen a sostener del otro lado el dedo acusador. Porque no hay nada tan inmovilizador como el sentirse víctima, pues el sentimiento de creerse mártir colabora con el poder, paraliza asumir responsabilidades e iniciativas. Una compleja disyuntiva, genuinamente dramática en su conflictividad enloquecedora que da vueltas sobre sí misma como en un círculo vicioso.

El texto de Ernesto Caballero parece haber reforzado esa tensión en pugna creativa con la directora de la pieza dramática, Karina Garantivá, que hemos admirado como intérprete en “La fiesta de los jueces”, “En la vida todo es verdad y mentira” o “Doña Perfecta”. Un pulso que también da la impresión de haberse abierto a improvisaciones de las restantes actrices, Sandra Arpa, Paula Rodríguez y Julia Moyano, que vuelcan en la obra su propia peripecia personal. En unos casos, el viaje de actriz desde las tierras latinoamericanas de Colombia hacia España, en busca de oportunidades que se cierran con la actual parálisis, en otros la emigración de ida y vuelta a Alemania, o bien la preparación exhaustiva de una generación a la que, repentinamente, no se le permite poner en escena su obra, sus proyectos. Una excelente “materia prima” que puede malograrse, o que puede explotar como la dinamita. Este “metateatro inverso” es una metáfora perfecta del trance en que se hallan las nuevas generaciones que entran en una madurez creativa bloqueada y segada desde la raíz.

Al igual que el vocablo alemán “schuld”, el texto de Calderón también emplea palabras de sugestiva ambivalencia económico-espiritual, particularmente el término: “talento”. Los personajes manejan “talentos”, equivalentes a supuestas monedas entre griegos y romanos en un sistema monetario irreal. Pero “talento”, obviamente, también significa intuición para resolver un dilema, inteligencia natural, impulso creativo. Ernesto Caballero considera que el Sumo Hacedor de hoy es el Mercado, el dios de nuestras vidas, y parece claro que solo en el talento encontraremos la única moneda para trasmutar la queja en creación. Algo perfectamente logrado por la compañía “Primas de riesgo” bajo la dirección de Garantivá, quien hace recaer el peso de la representación en los amplios registros interpretativos de las actrices, orquestados con inteligencia a través de una puesta en escena despojada de diseño escenográfico y muy próxima a las propuestas del “teatro desnudo” en su no-epresentación de Calderón.

No es la primera vez que se impide la representación de un auto sacramental. Ya Leandro Fernández de Moratín logró en el siglo XVIII que el poder político lo prohibiese por su supuesta inverosimilitud y Marcelino Menéndez y Pelayo remachó esa condena un siglo después situando el género en la categoría de las “aberraciones estéticas”. Solo José Bergamín, en “Mangas y capirotes” dio un vuelco a esa valoración, considerándolo la fórmula dramática más genuina de España y logrando que Miguel Hernández escribiese los primeros autos sacramentales laicos. Tras un gran corte histórico, habría que esperar a que Ernesto Caballero reanudase esos autos sacramentales laicos -y ahora también posmodernos-, con su obra “Auto”, donde el consumo ocupaba el espacio de la antigua creencia religiosa. Sin duda, ello le convierte en el autor mejor capacitado para expresar ese flagelo alterno del consumo y del no-consumo con que el dios caprichoso del Mercado nos fulmina, a través de la reutilización de la fórmula teatral más intrínsecamente española como es el auto sacramental.
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