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El ojo de la cerradura o las paradojas del “Big Brother”

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 20 de junio de 2013, 20:06h
Las filtraciones a la prensa realizadas por el joven americano Edward Snowden sobre el seguimiento masivo de comunicaciones nacionales e internacionales practicado por la National Security Agency, en Estados Unidos y en el extranjero, ha tenido los efectos esperados, que abarcan desde las conocidas reclamaciones éticas en torno al derecho a la privacidad de los ciudadanos hasta la convicción, mantenida con desigual vigor por demócratas y republícanos, de que el sistema ha permitido abortar un número, hasta ahora indeterminado, de atentados terroristas en el mundo. La polémica, que solo acaba de empezar, ha sorprendió a una administración Obama ya debilitada por escándalos y “casos” previos no muy alejados en el terreno de los comportamientos de los que ahora tienen como foco a la NSA: Bengazi, la persecución del IRS a grupos conservadores o la intromisión del Ministerio de Justicia en las comunicaciones de ciertos periodistas sospechosos de haber recibido filtraciones confidenciales, forman parte del mismo horizonte. Tanto que por primera vez desde que en 2008 ganara las elecciones presidenciales Barack Obama, en las encuestas de ahora mismo, recibe opiniones negativas sobre su honestidad. Ni qué decir tiene, y como suele ser de rigor en estos casos, los más escandalizados, a derecha y a izquierda, se han apresurado a evocar la memoria del “1984”, la famosa novela de George Orwell, y acusar al gobierno americano de imitar las practicas totalitarias del “Big Brother” que todo lo sabe, todo lo persigue y todo lo prohíbe.

El tema tiene una espectacularidad indudable, sobre todo por lo que revela en la evolución de las capacidades técnicas para registrar los flujos electrónicos de decenas, por no decir centenares, de millones de llamadas telefónicas o de conexiones a través de Internet. Alegan los responsables de la NSA, y con ellos los ejecutivos gubernamentales americanos, que ello no ha supuesto la investigación sobre los contenidos de las comunicaciones sino sólo sobre sus características: duración, frecuencia, orígenes, destinatarios, etc. Y subrayan, ya queda dicho, que el portentoso ejercicio tenía como único objetivo a los terroristas y sus cómplices y que ha demostrado ampliamente su utilidad. Es evidente que Obama y sus gentes se verán tarde o temprano obligados a demostrar la veracidad de tales asertos de manera que el ciudadano medio pueda desechar cualquier temor de que su vida privada ha sido ilegalmente observada. Y que el enorme coste que ha supuesto la operación está debidamente cubierto por los resultados obtenidos. De momento parece que ese ciudadano medio, que ya no se fía demasiado de Obama, no tiene demasiados escrúpulos sobre la utilidad del procedimiento, y en porcentajes que oscilan entre el 64 y el 51 % considera que “es mas importante para el gobierno federal investigar posibles amenazas terroristas incluso si al hacerlo se entrometen en la vida privada”. (Encuesta del Pew Research Center realizada entre el 6 y el 9 de Junio de 2013 publicada en el “Wall Street Journal” del 15/16 del mismo mes y año). Los americanos, como tantos otros ciudadanos de países democráticos avanzados, están dispuestos a sacrificar parte de su libertad a cambio de una mayor seguridad. ” Nihil novum sub sole”. Y mantener, como hacen los más indignados, que los Estados Unidos se han convertido en una sociedad regida por un poder totalitario, cae en el terreno de las más groseras de las exageraciones.

Pero, qué duda cabe, estamos contemplando las consecuencias imprevisibles de un mundo regido por la generalización del uso de las redes sociales en un contexto de inseguridad todavía muy marcado por la experiencia de los ataques terroristas en Nueva York y Washington en 2001 y sus todavía muy actuales secuelas. Los que ahora sonoramente protestan por la amplitud de las escuchas serian también y seguramente los primeros en levantar su voz si el 11 de Septiembre volviera a repetirse. Y los que aprovechan el tema para hacer ostentación en tonos apocalípticos de sus derechos constitucionales a la privacidad son en un alto porcentaje los que no tienen empacho en mostrar sus vergüenzas –en su sentido tanto literal como figurado- en los infinitos “Facebook” que en el mundo existen. Para bien y para mal este es un universo en el que cada vez quedan menos resquicios para los secretos, empeñada como esta buena parte de la humanidad en poner letra, música e imagen electrónica a sus devenires. Y a la postre los que no tienen nada que temer son los que limitan sus comunicaciones a lo estrictamente funcional y necesario y los que practican la virtud como norma pública y privada. Una de las pruebas de la calidad del sistema consistirá precisamente en saber cuántos ciudadanos libres de sospecha se han visto molestados por los errores en los cálculos de los algoritmos de la NSA.

De manera que siendo el ruido estruendoso queda por ver cuáles y qué contenido tienen las nueces correspondientes. Porque estas son las secuelas directas de los ataques terroristas, a los que la estructura democrática dice responder con firmeza y ecuanimidad pero que en la práctica, y ese el gran triunfo del terror, se ve sometida a sospechas, vigilancias, controles y otras miles de zarandajas. El drama es que no hay más remedio que tenerlas en cuenta para evitar males mayores. Cuánto más satisfactorio seria poder emplear la infinita sabiduría de la NSA para prevenir la comisión de los delitos comunes que todavía asolan una buena parte de los barrios marginales de la ciudades del país –Chicago es un ejemplo demoledor al respecto- o de seguir a los traficantes de armas que nutren de poder mortífero a las variadas bandas mafiosas que por ahí pululan. Pero, claro, entonces sería la National Rifle Association la que pondría el grito en el cielo y los que hoy se rasgan las vestiduras al ver presuntamente violada su intimidad serian los primeros en proteger el sagrado derecho a la posesión de armas. Qué sarcasmo.

Como sarcasmo es que el susodicho Snowden ,como ya hiciera su antecesor y modelo Assange, intente presentarse como un luchador solitario y benemérito dedicado a proteger los derechos de sus conciudadanos. Estos Robin Hood contemporáneos, que se sienten autorizados a tomar la justicia por su mano, merecen lo que siglos de evolución democrática les reserva: el peso de la ley que precisamente por predicar la igualdad se compadece nada con los que se creen capacitados para violarla impunemente. Por mucho que nos divierta contemplar la ropa interior de los servicios americanos de inteligencia.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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