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Sorolla en México

lunes 24 de junio de 2013, 20:22h
Leímos en El Imparcial que Madrid acoge a Joaquín Sorolla (1863-1923) en el verano de 2013. También en México conmemoramos el sesquicentenario del nacimiento del magnífico pintor valenciano y el ochenta aniversario de su fallecimiento. Para mí hablar de su extensa obra pictórica me resulta formidable al ser de mis favoritas, con perdón de la de Velázquez, que también lo es.

Una joya, el Museo Nacional de San Carlos de la Ciudad de México –digna extensión de la otrora ‘Real’ Academia de Bellas Artes homónima aún activa, gemela de la de San Fernando de Madrid– amplió por 3 meses más la excelsa exposición en su honor, acogiéndolo como artista principal en su espléndido espacio con una muestra de su autoría, en conjunto con otros contemporáneos, la cual está conformada por piezas provenientes, en parte, del importantísimo Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, así como de colecciones privadas. Suman un muestrario merecedor de nuestro reconocimiento, pues la magnífica oportunidad es doble debido a su procedencia. Sépase que esa pinacoteca habanera es poseedora de la colección de pintura española más grande situada fuera de España. Siempre hago votos para que se preserve de futuros posibles desmanes como los que mancillaron impunes el Museo de Bagdad, suceso de tan triste memoria.

Más luminista que impresionista, de Sorolla su arte se me atraviesa, irremediablemente, adoptándolo como a uno de mis pintores predilectos. Como siempre nos depara, Apolo bien que debe de estar orgulloso de su aclamada y edificante creación artística, al permitirnos disfrutar sus telas, ya sea ambientadas a la orilla del mar, en los crepúsculos, en los rincones íntimos y en paisajes costumbristas de rica hechura, mostrando los atuendos más vistosos, arraigados y queridos de los pueblos de España, nombre, el de España, paseado con galanura y donaire por la obra de Sorolla allí donde se monte, ya sea en una galería o en un museo de renombre, máxime fuera de sus linderos. Y más todavía si se le cuelga de nuevo en los muros de América.

Sorolla, que sin duda fue arrullado con esa luminosidad mediterránea que pintó, de la que no tengo la menor duda de que la combinó con el énfasis y la potencia de los tonos coloridos que lo mismo le inspiraron una naranja valenciana que el azulado tejado del Palacio de San Pío V en la capital del Turia, evocando fielmente sus intensas tinturas; que igual le prodigaban inquietantes destellos a su mirada y a los que el maestro supo atrapar con su don, capturando de la luz singularísima de su entorno, tanto a sus instantes como a sus gradaciones y así logró plasmarlas, junto con la frescura que concedía la primavera en su ambiente marítimo de equilibradas temperaturas y floridas comarcas. Lo simple rige en Sorolla como inspiración de la belleza, que es descomunal al presentarla luminosa, en tanto que reprodujo la cotidianidad. Definitivamente, me resulta sensacional, notable y prodigiosa esa cualidad de delinear momentos ordinarios dotándolos de inmortalidad, mientras jugaba difuminándolos en sus niveles de intensidad pero sin perder el fulgor. ¡Enorme!

¿Qué me evoca el valenciano? Estar ante sus cuadros de vésperos me genera un gran placer, una tranquilidad por la armonía y el equilibrio indiscutibles presentes en los matices que irradian la iluminación de cada uno de sus retratos. Sobre todo, los marineros. De Sorolla me queda claro que dibujó con inspirada fijación, apelando a la vistosidad de la sencillez, añadiéndole a sus trabajos otros tintes rayadamente tenues, pero igual de vistosos, que concilió de manera magistral con una suerte de estática y de movimiento perceptibles, siempre compensándome en el ánimo, pues nunca me decepciona al contemplarlo. Me extasían porque siempre deparan gozos, deleites, pues el matiz en Sorolla seduce, haciéndolo reconocible a leguas por su habilidad para mantener resplandecientes tonalidades, desvaneciéndolas. Cada trazo refleja una fecunda observación que lo condujo a captar febrilmente las diferencias graduales en la luminosidad.

Sorolla fue capaz de representar lo rutinario y lo tradicional sin clichés ni pastelazos, sin estereotipos ni poses, con una soberbia naturalidad que vuelve genuina cada estampa, proveyéndola de tanta vida debido a que cada pintura es una magnífica ilustración típica que, entre folklorista y auténtica, nos la describe pinguosa con pericia de pincel, representando todo aquello que su ojo avizor captó minucioso, logrando fotografiar aquella escena escogida y legárnosla para regodearnos en su virtud, que no es sino eminente donosura proyectada. Eso le otorga una gran valía a sus lienzos. El frecuente gran formato utilizado, un volumen cardinal, mucho contribuye a destacarlos.

Sorolla nos provoca, pues ante todo es y por encima de todo al ser claridad, reflejos, tornasol, color, cambio, expresión fidedigna a partir de visos, suavizándolos muchas veces con extraordinario manejo de variaciones definidas y difusas a la vez, edulcorando siluetas, definiendo semblantes. El extenso acervo del homenajeado cierto es que escarcea con los tonos pastel, desvanecidos plasmándolos relucientes, aunque difuminados con gran destreza, en tanto contrasta los claros con los oscuros a los que recurrió, intercalándolos, y que visten muchas de sus composiciones sobre indumentarias, aplicados con una soltura admirable. Así, va jugando con maestría sobre una gama interminable con la que va trazando radiantes imágenes cuyos sonidos nos llegan como espectadores. ¿Tienen sonido los Sorolla? Sí, me lo parece. A playa, a voces, a atardeceres, a música popular y a emociones propias de ciertas fiestas empingorotadas con esplendentes y lucidores vestimentas regionales, fielmente representadas por él.

Siéndome muy reconocible su producción habiendo tenido la oportunidad de contemplarla lo mismo en su natal Valencia que en La Habana, en su estudio de Madrid y ahora, otra vez, en la Ciudad de México, no está por demás decirle apreciado lector en ambos hemisferios, que la actual selección museográfica de la capital mexicana incluye el único ejemplar adquirido justo una centuria antes por el actual Museo Nacional de San Carlos, denominado «Remendando redes» y que engrosa sus valiosos fondos. Representa destacada a una viejecilla que ata redes de pescar con sus rugosas manos sin que al serlo, carezca de la destreza necesaria para tan singular tarea. Con ella el expositor ha acertado una vez más al prestarle cobijo al afamado pintor, marcando el acontecimiento que nos congrega a conmemorar. ¡Enhorabuena para la institución y para quienes han visto la exhibición! que es paralela a los actos organizados en España en el año 2013. Sorolla en verano, invita y apetece.
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