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La película sobre Hannah Arendt

Juan José Solozábal
martes 02 de julio de 2013, 20:12h
No diría que Hannah Arendt, el film de Margarethe von Trotta, es una gran película, pero sí que merece la pena verse, pues trasmite algo del vigor moral y el atractivo de la pensadora. La película se ocupa de un episodio concreto de la vida de la escritora, cuando Hannah Arendt, a invitación de una revista americana, cubre el proceso de Eichmann en Israel, y se entretiene relatando sus incidencias, y sobre todo presentando a Eichmann, como un servidor fiel y autómata, pero no especialmente perverso o degenerado, del régimen hitleriano, aunque le cupiese una responsabilidad esencial en la eliminación en los campos de exterminio de millones de judíos. La propuesta de Arendt de comprensión del nazismo desde su banalización, que se veía facilitada por una determinada cultura política alemana, propensa a la insistencia en las virtudes de la obediencia, el orden, y la absolutización de la nación, complementa el análisis de la filósofa alemana del universo nazi, como caso de sistema totalitario, en el que se enlazan el antisemitismo, el imperialismo y el terror, que había llevado a cabo en su gran libro, Los orígenes del totalitarismo.

El libro que Arendt escribió “Eichmann en Jerusalén.Informe sobre la banalidad del mal” causó un gran terremoto, porque algunos lo leyeron en clave exculpatoria, y porque contenía observaciones sobre la actitud de algunos judíos en el holocausto (¿no cabía una posición intermedia entre la colaboración y la resistencia?, se pregunta Arendt) que muchos consideraron, a la vez, provocadoras e injustas. Arendt resiste bien el pulso que le lanzan desde muchas instancias: antiguos y queridos amigos, autoridades universitarias, sectores importantes del establishment, especialmente judíos, que buscan intimidarla, etc. Se trata de una mujer brava, de firmes convicciones, que se debe a un compromiso al que como intelectual no puede renunciar: comprender. Comprender “es una actividad sin fin, a través de la cual aceptamos la realidad y nos reconciliamos con ella, es decir, tratamos de estar en casa en el mundo”.

Llama la atención en la película la recuperación de la cara privada de Hannah Arendt, el trato afectuoso con su marido, su dependencia con los amigos (mi patria no es mi pueblo, sino mis amigos, dice en algún momento cuando le previenen sobre los efectos negativos de su testimonio público). Y su relación, como profesora con sus alumnos: ellos constituyen la Universidad y no el colegio engreído y romo de su colegas. Los alumnos, que son los que la conocen, acogen el sentido de su propuesta de entendimiento del holocausto, que se hace desde un rechazo radical de la barbarie, sin fisura por su parte.
Es hermosa la última escena de la película en la que Hannah elige dar cuenta de la intención de su libro ante el único tribunal que acepta, el de su alumnos, que la ovacionan en el aula al final de su lección, tan sincera como lúcida.

Con todo esta película no logra que asociemos a la pensadora con la actriz que la encarna, Bárbara Sukova. Tengo delante de mí un número que hace algún tiempo, en el año 2007, dedicamos en Cuadernos de Alzate a este personaje. Este volumen contiene diversos artículos que dan cuenta de la contribución de Hannah Arendt al pensamiento político de nuestro tiempo, época de oscuridad, como denunció ella desde el título de uno de sus libros. Repaso el artículo que escribí para la ocasión, que es una reflexión sobre su libro On revolution. Hasta cierto punto es un título emblemático de la autora, sobre todo por lo que tiene de reivindicación de la actividad política en una de sus muestras más eminentes, en el momento constituyente, cuando la comunidad decide sobre su forma política, esto es, se configura como nación. La actividad política es la forma más noble de actuación del hombre, que culmina situaciones anteriores en las que la persona se limita a alimentarse o sobrevivir. Vivir la política es participar, intervenir en la discusión pública, en la que se tiene oportunidad para el brillo y el reconocimiento y, a la vez, de contribuir al progreso de la comunidad.

La participación se produce en el momento del funcionamiento de las instituciones, el gerere, pero sobre todo en el momento de la fundación, el agere, en la actuación constituyente, que es una oportunidad en principio exclusiva de la generación fundadora, pero abierta a las demás, a las que vengan luego, en cuanto participen de su espíritu, ligándose a la tradición y cultura de la revolución.

Pero en este número de la querida revista repaso especialmente el album fotográfico que se ofrece de la autora: Vemos a la bella muchacha universitaria que, una vez más, enamoró al maestro (Martin Heidegger) y otras instantáneas, relativamente inéditas, que ofrecen la imagen cordial y distinguida de la respetada filósofa…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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