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7 de julio: elecciones desaseadas

lunes 08 de julio de 2013, 18:15h
Este domingo 7 de julio de 2013 se efectuaron elecciones locales ordinarias en 14 de las 32 entidades que conforman México y una extraordinaria en Sonora. 30 millones de ciudadanos convocados en un país de 118.4 millones de habitantes reconocidos el 1 de julio anterior, no es poco pero tampoco es lo más ni lo más representativo, como puede verificarse, por lo cual es imposible decir que el país se ha pronunciado ni tampoco una mayoría contundente, pues no es el caso.

En una sola de estas entidades, Baja California, se ha intentado elegir al gobernador tras 24 años de haberla gobernado el partido Acción Nacional (PAN). Los dos contendientes, el del PAN y el del PRI, se han declarado vencedores y ello augura problemas graves postelectorales como refilón de una campaña muy desaseada a cargo del PRI, ansioso por recuperar aquel estado y cuando casi lo echaron de los dos estados que ocupan la península de Baja California ya desde hace varios lustros.

En medio de la polvareda electoral que arrojan el resto de los escenarios y con un abstencionismo brutal causado por la confrontación partidista violenta y el acecho del crimen organizado (la manera eufemística de llamar al narco en México y no por su nombre), el PRI –con un electorado disciplinado que sí acude a las urnas¬¬- es acusado de reparto ilegal de despensas y de repartir dinero proveniente de desviar fondos públicos de forma ilegal para favorecer a sus siglas.

Vamos constatando que con la vieja maquinaria coptadora que copra votos y que amaga, el PRI se alza con el llamado “Carro completo”, aun enfrentando derrotas importantes en estados como Aguascalientes, donde parece que no será contundente y al perder el importante puerto de Mazatlán o al tener que disputar codo a codo, voto por voto, Mexicali, la capital de Baja California. La oposición no lo ha detenido pero es verdad que el PRI sigue requiriendo de alianzas, pues por sí solo ya no convence en numerosos casos.

Presenciamos unas elecciones que, aunque posiblemente serán muy impugnadas en los tribunales, reportan una tendencia que posiciona al PRI por encima de los demás contendientes. El rumor persiste: donde el narco quiere paso fácil, ganó el PRI. Pero eso contrasta con que es precisamente a sus candidatos a los que más se agrede o asesina. Luego entonces prevalece esa aparente contradicción.

Pero entonces ¿el PRI gana estas elecciones por estupendo? Bueno, afirmarlo sería ir demasiado rápido y creemos que sí lo dijéramos estaríamos olvidándonos de los enormes desfalcos al erario que sus representantes han perpetrado en muchas entidades que fueron convocadas a las urnas para esta ocasión y nos aproximaría a cometer un profundo error que bien que podemos salvar porque no hace falta cometerlo. Yo por lo tanto, no calificaría este ejercicio electoral como una fiesta cívica, puesto que tanto su desenvolvimiento como la jornada electoral estuvieron muy lejos de serlo, al verificarse tantas irregularidades.

Las campañas fueron sobradamente desaseadas, demostrando que no hay voluntad política para que sean lo más normales y equitativas posible. El PRI apostó con recursos sobradamente rebasados y además, pese a ir muchas veces en alianza, las oposiciones al PRI no pudieron contra su maquinaria de partido clientelar. Lejos estuvo de cumplir su palabra el jefe de estado, Enrique Peña Nieto, de mantener a su gobierno ajeno a los procesos electorales para favorecer la imparcialidad. La intervención directa e indirecta del presidente ha puesto en duda la continuidad del “Pacto por México”, una serie de acuerdos entre directivas partidistas de la clase política nacional y el gobierno federal, el cual funge como si fuera una “cartita a Santa Claus” con muchas vaguedades y espacios comunes, que se atoran al llevarse a una negociación pretendidamente clara. La oposición al PRI quería esperar los resultados del 7 de julio para saber si continúa o abandona esta empresa, buque insignia del gobierno Peña que se juega en ello la reforma fiscal y la energética.

Hay quienes ponen el acento en obviedades y con un análisis sumamente superficial afirman sin más que, aún marcadas por la violencia, son las primeras elecciones que ocurren en el gobierno de Peña Nieto. Y afirman o sobreentienden que si ganó el PRI, ergo será que Peña Nieto es magnífico. Como si ello sopesara el desempeño del sujeto y los resultados fueran un aplauso a su persona. ¿Observa usted la trampa y el zalamero y lamebotas discurso?. Y es que no es el caso que el presidente obtenga aval alguno en ellas. No es el caso por dos razones sencillas: una: porque no es su gobierno el que está en juego y sujeto a escrutinio y, dos: la política local –esa de estados y municipios- se mide en urnas locales y ellas difícilmente valoran el desempeño nacional. Sería lo ideal pero aquí no sucede así y van a su ritmo cumpliendo sus propios tiempos políticos. Al menos no hay esa conexión gobierno local-gobierno federal, no en el caso mexicano.

Y es que hay severos cuestionamientos a la capacidad personal y política del jefe de estado y su ejercicio iniciado desde diciembre de 2012, en que asumió el cargo Peña Nieto, como para suponer o leer forzadamente que las urnas ahora avalan su gobierno. Considero que no lo hacen porque Peña Nieto no era parte de la pregunta. Y los resultados de los procesos electorales tan desaseados que hemos vivido, calificados días antes por el propio Senado de la República como los más violentos de nuestra historia por el entorno y el contexto en que se desenvuelven, son tales, que más valdría no decir que estas elecciones tan desaseadas son un espaldarazo a Peña Nieto. No sea que al darle el espaldarazo le dejen marcada una mano repleta de lodo en su espalda. ¿Suena muy interesante, verdad?

Total que el Nuevo PRI autodefinido como ajeno al fraude electoral y a la violencia que conlleva su ejercicio político brilló por su ausencia. Recupera bastiones caciquiles que le reportaron votos cautivos en el pasado pero la contundencia de la que presumió, después de todo, con abstencionismos hasta del 77% en estados como Quintana Roo (donde se ubica Cancún) demuestra que no hubo tal. El triunfalismo que ha desplegado el PRI parece no tener demasiado sustento al cierre de esta columna. Su meta era arrancarle Baja California al PAN. Parece que se quedará con las ganas otra vez y eso le representa un fracaso mayúsculo tras la guerra sucia que orquestó en esa entidad, queriéndola usar como el símbolo del PRI invencible.

El caso de Baja California es importante toda vez que fue humillante que se tratara de la primera entidad en que no pudo imponer el fraude electoral en 1989. A partir de allí los gobiernos del PAN retuvieron la entidad en otras tantas elecciones, justamente porque el PRI además del mal recuerdo dejado allí, colocaba como candidatos a impresentables que los bajacalifornianos desecharon con el voto. Si la pierde otra vez el PRI, será un faro de esperanza para quienes añoran echarlo del poder al ver que es mucho más posible de lo que se imaginaban.
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