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1713-2013: Gibraltar

viernes 12 de julio de 2013, 20:29h
Un “¡Ya hablaremos de eso!” respondido por el eurodiputado británico Tannock al ministro de exteriores español García-Margallo al espetarle bromista el segundo un lacónico “Gibraltar español…” en enero de 2012, nos revela cuán actual es el contencioso entre España y la Gran Bretaña en torno a la soberanía del Peñón de Gibraltar. En 2013 en medio del silencio oficial de ambas partes, pero no de Gibraltar, conmemoramos el tricentenario de la cesión española al Reino Unido de aquel estratégico y apabullante enclave, justo acaecida el 13 de julio de 1713, tal y como se asentó en el denominado Tratado de Utrecht.

Gibraltar es fundamental para controlar el paso entre dos hemisferios y un ejemplo de geopolítica perfectamente vigente al situarse a la vera del paso obligado que domina el estrecho homónimo y que en posesión británica, por medio de ese peñón, se domina el tránsito entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre Europa y África que casi se tocan. Casi nada, ya se ve. No nos pasa desapercibido.

He estado cuatro veces en Gibraltar, la última en 2008. Acudí como turista empujado por la curiosidad de saber más in situ de tan peculiar sitio que tanta inquina y tanto desasosiego diplomático ha causado a dos países, España y el Reino Unido, y he constatado que su circunstancia es particularmente excepcional. Como mexicano me coloco en un punto neutral y observo atento, como cuando he estado en la cima del pedrusco oteando el atestado Estrecho cargado con el trajín de incontables transbordadores y cargueros que van y vienen, y voy analizando aquellos elementos que me conduzcan a ponderar las claves del conflicto y a emitir un juicio acerca de tan vigente diferendo.

El artículo X de aquel infausto tratado de 1713 señaló que si un día el Reino Unido modificaba el status del pedrusco aquel, entonces cabría la posibilidad de regresárselo a España. La tesis, si la he comprendido bien, ha rondado los últimos años a partir de la exigencia de descolonización emprendida por la ONU y con las triquiñuelas británicas de otorgar a Gibraltar un status peculiar para evitar retrotraerlo; España ha reavivado su reclamo sobre el territorio antes de que el Reino Unido proceda a tal modificación de su condición para no pasar por su indeseada devolución, evitando así actualizar aquello de “dar, vender o enajenar” que nos permita interpretarlo como “descolonizar”, “independizar” o considerarlo territorio de ultramar. Chapuzas, al fin y al cabo. No menos cierto es que no se trata de un tema menor, precisamente porque subyace cierta marrullería británica en mantener el dominio sobre tan importante lugar y por existir el desencuentro.

España bien ha tildado aquella posesión de la Corona británica, a ese territorio británico de ultramar, como el último con rango colonial en Europa. Abona ello al cierto folklorismo que he detectado en aquella ciudad y puerto que se me figuran una suerte de Inglaterra tropical, que depende en grado sumo del Reino Unido (hasta en las revistas que se venden en sus tiendas de oportunidad) y donde puedes encontrarte quien te hable un español medianamente bien estructurado, o uno chapurreado en muchos casos y en otros, apenas pronunciando frases sueltas, comunes, mientras te reciben euros disipándote el temor fundado por saber si Su Majestad Británica nos los aceptará, con eso de que un día “se lanza” en paracaídas con “James Bond” pero otro no entra al redil del BCE.

Gibraltar, sitio por el que se afirma que entraron los árabes a España y a Europa y en donde por violación de aquel tratado de 1713 se yergue ahora una modesta mezquita en la mismísima Punta de Europa señalada en el plano sur al pie del Peñón, desde la cual se posee una espléndida vista al Atlántico y a la anchurosa bahía de Algeciras, detenta aquella muy cerca una placa que agradece en el nombre del rey de Arabia Saudita que la monarca británica permita sufragar aquel templo allí mismo; me parece tan emblemático siendo el lugar por el que se introdujo el Islam.

Justo allí, en el extremo gibraltareño, en la Punta de Europa, he visto uno de los atardeceres más sobrecogedores y maravillosos de mi vida, singularísimo, con el sol alejándose rumbo a América, arrancándome un suspiro en el ocaso flamígero, mientras palpaba las costas de dos continentes juntándose. Formidable.

Ahora bien, apenas puede creerse que la redición de 1704 y la cesión definitiva de 1713 acabaran en esta pérdida que ha costado a España tres siglos sin poder reconquistarla ni en campañas militares emprendidas en cuantas guerras librara con el Reino Unido en el siglo XVIII ni menos aun con el encumbramiento de Gran Bretaña como primera potencia en el siglo XIX. Ciertamente que es más que anecdótico que los británicos se fueran apropiando de terrenos que no estaban reconocidos en forma alguna en el Tratado de Utrecht y que cuente hoy Gibraltar con una extensión que no le corresponde, pues España no se la cedió en forma alguna. Esos terrenos, muchos de ellos ganados al mar provocando desastres ecológicos denunciados una y otra vez, van en detrimento de la bahía de Algeciras no cedida a Gran Bretaña y por lo tanto, favorecen la evidente invasión de aguas limítrofes españolas, por más que lo niegue Londres enfurruñado.

Detecto que el tema ha subido de tono y ha pasado de simples escaramuzas a refriegas fronterizas, tanto como el de las declaraciones entre funcionarios de ambos gobiernos y aunque España no recupera la Roca ni se define su futuro ni hay soberanía compartida, el asunto está y parece entrampado y agria las relaciones entre ambos reinos. Guarde o no relación con la cuestión, es llamativo que Isabel II haya puesto un pie en España solo una vez durante la democracia (1988) y el rey Juan Carlos I solo una vez acudió al Reino Unido (en 1986). Por algo será, o por mucho. Pero voy más. El Reino Unido ha dado largas a tratar el tema y con salidas artificiales hace maromas y cabriolas para no retrotraerlo a España. Gibraltar no parece querer ser español pero sabe que cada vez es más insostenible su condición actual, pese a ser paraíso fiscal y a señalársele dedicado a actividades no tan sanctas, y pese a la aparente indiferencia de los británicos que no los creo tan indiferentes al tema como alardean. Quizás a la gente de a pie no, pero a sus gobernantes sin duda que sí los ocupa y les preocupa, contando con muy entendidos en el asunto.

Y en este tricentenario cabe preguntarse ¿hay una salida real y posible que deje satisfechos a todos? No tengo una respuesta segura. Si adelanto la película, no sé exactamente cómo se integraría Gibraltar a España. ¿Cómo asimilar a los gibraltareños? ¿Les ofrece España una condición nueva y atractiva? Gibraltar no es Melilla, no es una Ceuta. Implica pensar en más allá del Campo de Gibraltar. Sencillamente no le encuentro la cuadratura al círculo. Dice la leyenda que mientras retocen los monos de Berbería en el Peñón, este seguirá siendo británico. Es posible. Feos, soberbios y displicentes, los mentados micos solo languidecen mientras juguetean sabiéndose protegidos de la impertinencia de cualquier turista que quiera arrebatarles lo que antes ellos le han robado. Menudos son. ¿Qué todo se parece a su dueño…? posiblemente…
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