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El Tratado Transatlántico: lo más importante no es lo único importante

domingo 14 de julio de 2013, 19:36h
A Emilio Lamo, que ya se lo sabe

Aceptemos el reproche que nos hace el señor Rajoy: que nos enredamos en lo negativo y olvidamos lo importante. Estamos en la gresca de que si son Bárcenas o Eres y mientras la realidad amenaza con devorarnos; o, en el caso que sigue a continuación, con darnos de comer.

Y, en efecto, algo hay de ello. La prueba es que, con la conmovedora excepción de este modesto, pero perspicaz, periódico, casi ningún medio ha destacado como se merece el hecho trascendental que supone la primera ronda de conversaciones del tratado de libre comercio entre los Estados Unidos y la Unión Europea, que lleva por título Acuerdo Transatlántico para el Comercio y las Inversiones. Un reto que recogió el presidente Obama al inicio de su segunda legislatura y que oficiosamente se impulsaba por un Alto Comisariado conjunto desde noviembre de 2011

Es difícil subrayar la enorme importancia que tendría para Europa un acuerdo de libre comercio con la otra orilla del Atlántico. En definitiva, estamos ante el hecho más trascendente para el continente europeo desde el Tratado de Roma. Significa la oportunidad de reequilibrar a nuestro favor el eje del –y la derrota hacia- el Pacífico, situando otra vez a Europa en el centro del mundo. Y, dentro de esta misma dinámica, esta apuesta por la vertebración atlántica implica reforzar la importancia de los países que, como el Reino Unido, España y Portugal e Italia, tienen una vocación histórica, una orientación geográfica y demográfica -y unos intereses económicos- americanos. Significa también volver a reorientar Europa hacia el Atlántico, y no sólo en dirección a los Urales. Porque nuestro viaje al Este camina hacia el Oeste. O mejor, navega: porque lo nuestro es “la Nao de China”-que salía de Acapulco y se gobernaba desde México- en lugar de las caravanas de Marco Polo, cuya ruta es continental y se aleja de nosotros porque siempre viaja al Este. Si esta iniciativa ciclópea llega a buen puerto, el Reino Unido e Irlanda, la Península Ibérica y sus Islas, dejarán de ser confines, en el extremo de un Occidente crecientemente irrelevante, para volver a ser un paso. En suma, demostraremos que Europa no es sólo renana y carolingia. También es atlántica.

Va de suyo que, si el prometedor tratado se hace en serio y a fondo, esto es, es libre y abierto de verdad, los países europeos tendrán que ponerse las pilas de la libertad y el progreso. En otras palabras, deberán reducir su lastre conservador, reliquias de Antiguo Régimen, resucitadas hoy por un nacionalismo rampante y dignificadas ayer como progresistas gracias a la varita mágica de la retórica izquierdista políticamente correcta. Qué duda cabe que para competir y prosperar en ese mercado gigantesco que se nos anuncia, habremos de eliminar intervenciones y sobre-regulaciones, podar y flexibilizar reglamentos, empezando por los que enrarecen nuestro mercado de trabajo, suprimiendo barreras artificiales e impuestos multiplicados y desorbitados que lastran nuestras economías y condenan a nuestra juventud a un paro subvencionado. Europa tendrá, pues, que abandonar ese aspecto de museo de una social-democracia decadente con que aparece a ojos de otros continentes competidores. Por eso, la Comisión Europea necesita urgentemente un Comisariado de la Derogación y Desregulación que recorte normas, en lugar de multiplicarlas, como hasta ahora, y que lo haga entre los países y entre las regiones de cada país En suma, los países europeos y sus ciudadanos deberán aprender a competir por rentas comerciales, que les enriquecen, en lugar de hacerlo por rentas fiscales, que les empobrecen. O, dicho de otra manera, tendremos que desviar rentas de poder (político, burocrático y sindical) a favor de rentas capaces de generar puestos de trabajo. Y eso lleva un trámite complicado, un pulso político exigente.

Tiene, pues, razón Rajoy. Pero no toda la razón. Porque lo importante no quita lo valiente, ni lo más importante es lo único importante. En un régimen parlamentario como los europeos los gobiernos –nacionales o regionales- son responsables. Son accountable –que se decía en el Parlamento británico. Tienen que “rendir cuentas” ante las Cámaras –decimos nosotros, desde la penumbra histórica de las Cortes medievales. Lo más importante –que es regresar a una senda responsable en el manejo económico- no le exime a señor Rajoy de responder ante el Parlamento de que esos dineros –que son los nuestros- además de manejarse con mesura, se administren con escrupulosa honradez. Nadie honesto regatea al señor Rajoy su presunción de inocencia. El Parlamento no es un tribunal de justicia. Es una Cámara de diálogo y debate: una reunión de representantes para parler ensemble, que de ahí le viene el nombre a la venerable institución. Por eso, rehuir explicaciones y preguntas, evitando presentarse ante las Cortes, es, literalmente hablando, impresentable.
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