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Hezbollah y la UE: un quiero y no puedo

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 25 de julio de 2013, 18:10h
Finalmente, y después de años de dudas y vacilaciones, la Unión Europea ha decidido incluir a Hezbollah, el llamado “Partido de Dios”, en una denominación tan sarcástica como blasfematoria, en su lista de organizaciones terroristas. Hacía tiempo que los Estados Unidos tenían ya a la organización islamista en su catálogo de grupos terroristas e Israel había clamado insistentemente para que los europeos adoptaran la misma decisión. Que indudablemente se ha visto impulsada por la participación del grupo en un atentado en Bulgaria que costó la vida a varios turistas israelíes, por la fundada sospecha de que estaba preparando otro atentado en Chipre y por la evidente participación del conglomerado pro iraní en la guerra civil en Siria del lado del presidente Al Assad.

Pero en una demostración de los cortos alcances en los que se mueve la UE –y la forzosa composición de intereses contrapuestos entre los ya 28 miembros- la decisión se aplica únicamente al brazo militante de Hezbollah, dejando con ello libre de consecuencias al que sería “el brazo político y humanitario” de la organización. En efecto, los terroristas pro iraníes- como antes lo practicaron, aunque con peores resultados a estos efectos, los palestinos afiliados a Hamas- han vendido con éxito la noción de que Hezbollah en el fondo no es otra cosa que una inofensiva formación imbuida por la principios coránicos y en consecuencia dedicada a la realización de tareas sociales de tipo benéfico asistencial y eventualmente politico. Sus actividades terroristas, a las que evidentemente no se refieren con tal adjetivo, serían simplemente una manifestación lateral forzada por la necesidad de defender al Islam frente al embate de los infieles occidentales. Esa nada sutil distinción viene siendo favorecida por algún grupo de bienpensantes analistas occidentales, habitualmente poco dispuestos a endosar los planteamientos americanos sobre la lucha contra el terrorismo y los que lo practican. Y la confusión es además coronada por la presencia de Hezbollah en la vida política libanesa, que vendría a representar la demostración del aserto: no se trataría de una consecuencia de la violencia ejercida sobre la sociedad del baqueteado país sino una muestra de la capacidad de atracción del conglomerado.

Lo cierto es que la separación entre lo “politico” y lo “militar” en las formaciones terroristas es harto especiosa. Son estos últimos, los que practican la violencia, los que marcan la dirección táctica y estratégica del conjunto, de manera que sus agentes supuestamente políticos no son otra cosa que terminales operativos de los primeros. En realidad, unos y otros son exactamente la misma cosa. No hay ejemplo terrorista que demuestre lo contrario y en España tenemos cumplida experiencia al respecto: Batasuna y su complejo de asociaciones eran-y en gran medida siguen siendo, que la banda no está disuelta- parte indisoluble del entramado terroristas de ETA, como en su momento afirmó el Gobierno de José María Aznar y sentenciaron todas las instancias jurisdiccionales, permitiendo con ello una eficacia desconocida en la lucha nacional e internacional contra el terrorismo de raíz nacionalista vasca. Lástima que la genuflexión de los últimos tiempos haya quebrado esa realidad legal permitiendo la entrada en la vida política normalizada de formaciones como Bildu y Amaiur, que tienen las mismas señas de identidad que Batasuna y sus antecedentes. Pero lo mismo se podría decir del IRA en Irlanda o de las FARC en Colombia: es la práctica del terror la que domina la actividad política y no al revés.

De manera que la UE se verá ahora forzada a distinguir quién es “político” y quién “militar” en una organización que tiene solo una cabeza –Hassan Nasrallah- y solo un propósito –establecer la hegemonía del Islam radicalizado en el Oriente Medio y si cabe en todo el mundo-. Cuando lo realmente útil en el terreno politico y práctico hubiera sido imponer una poderosa lista de sanciones personales y corporativas a todo aquel que mantuviera ser miembro afiliado de la tenebrosa organización, que no vacila en la utilización del asesinato para la promoción de sus objetivos. Y con ello se habría enviado también un poderoso mensaje a Irán, auténtico patrocinador y padrino de Hezbollah, cuando no directo perpetrador de atentados terroristas, con seguridad el más activo patrocinador estatal de la violencia terrorista en el mundo, y hasta ahora exitoso ejemplo de cómo la sociedad internacional no acaba de adoptar las medidas que la estabilidad y la paz internacionales exigen para acabar con los que más conspicuamente las ponen en peligro.

Mas vale tarde que nunca, dirán muchos, y otros se consolarán reconociendo el progreso realizado, por insuficiente que resulte. Razón no les falta. Pero más apropiado resulta el reconocimiento de lo conseguido que el anuncio de los males que la medida puede acarrear, porque si ello puede suponer amenazas para las tropas desplegadas en la zona bajo la bandera de la ONU, ¿es que antes esos peligros no existían porque todos se acomodaban a la protección ofrecida por los terroristas de Hezbollah y sus secuaces? El torpe enunciado de la “real politik” conduce a la fabricación de monstruos. Por mucho que voces engoladas e impostadas intenten vender mercancías averiadas. Hay solo un Hezbollah. Y todo él merece ser incluido en las listas internacionales de organizaciones terroristas.

Javier Rupérez
Embajador de España

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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