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El Nacimiento de la Filosofía

viernes 26 de julio de 2013, 18:36h
Los santos buscan comportarse bien, los sabios, la verdad y las verdades pueden no ser santas, ni buenas, ni conllevar felicidad sino duras, frías y conllevar tristeza. La mezcolanza de tales funciones en el chamán y en el brujo de una tribu es una cosa ancestral, un fenómeno que se pierde en las oscuridades de la Historia, un suceso anterior a la revolución neolítica y la subsiguiente sedentarización. Desde luego quienes tuvieron toda una larga vida laboraron para asegurarse una acomodada vejez y que alguien, asombrado por sus relatos y sus magias, se prestase a masticarles la comida.

Más tarde, primeramente, las civilizaciones más avanzadas estuvieron llenas de profetas, la religión ocupaba todo el espacio de la espiritualidad, cuando no además el del poder, pero hubo una tierra en la cual, de manera fortuita, su lugar comenzó a ser ocupado por los sabios, la venerable Grecia antigua. Por eso todavía un Pitágoras será una especie híbrida de filósofo-santurrón, un fundador de sectas vegetarianas, aunque el comienzo de la filosofía no consistirá en otra cosa que en la diferenciación entre los santos y los sabios. Una distinción ésta que en el mundo postmoderno está perdiendo sus férreos contornos al desdibujarse la línea divisoria entre los antedichos. Ahora tanto da un premio Nobel de literatura que un gurú de las estepas californianas, en caso de que tengan larga barba blanca, un sinfín de prosélitos seguirán sus consignas.

El enfrentamiento entre Grecia y Jerusalén por hacerse acreedores del gobierno del mundo durará numerosos siglos y tan sólo decaerá, sumergida y latente, en algunos momentos en los que el hombre se coronará a sí mismo. Entre la muerte de los dioses griegos y el nacimiento del dios cristiano hubo un instante de la Historia en el cual los seres humanos, por fin, se encontraron solos, tanto como en todo momento revolucionario. Pues una revolución suele consistir en un espacio libre cuando los déspotas antiguos de la tiara se encontraron derrotados y los déspotas modernos de la ciencia aun estaban por surgir.

Pero volviendo a nuestros orígenes no es raro que las antiguas ciudades helénicas gobernadas al modo pitagórico padeciesen constantes y continuas rebeliones por parte de sus habitantes, todos los griegos hubiesen vivido bajo una ciudad regida por la sabiduría pero ninguno estaba dispuesto a vivir en un monasterio. Vivir bajo la Razón no equivale a vivir bajo la Santificación. Por eso, el gran Platón, al comienzo de su República, hizo caso de su hermano y no la proyectó la ciudad ideal como un Estado de cerdos, sino como la fusión de lo mejor de Atenas y lo mejor de Esparta; dejando bellos mitos para los rezagados, para los tardos en comprender, no para quienes sabían.

Semejante equivoco del sabio y del santo no dejará de producirse continuamente a lo largo de la Historia y todavía en el siglo XIX se vivirá el de un venerable Tolstoi (abusando de la iconografía de su vejez) y se aunará tanto y de tal modo su moralidad y su literatura, que será difícil distinguir su carácter de sabio y desligarlo de su figura de santo. Los viejos intelectuales o, más bien, los intelectuales que han llegado a viejos, atraen al género femenino que busca hombres ya menguados como tales, no peligrosos, pero activos y atractivos mentalmente. Éstos habrán demostrado que se puede ir más allá de las pasiones humanas demasiado humanas y acercar al tipo, ya perfectamente delimitado, hacia una vida de gracia y felicidad.

Por eso algún día llegará en el cual la contienda y la hibridación entre el tipo producido por Grecia y el tipo generado por Jerusalén dejen de amalgamarse y confundirse. Entonces habrá comenzado, por fin, de verdad, la filosofía. Hasta entonces:
¡San Sócrates, apiádate de nosotros!
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