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El mal es humano

domingo 04 de mayo de 2008, 21:47h
Lo más difícil de asumir en casos horripilantes como el de Joseph Fritzl no es la retahíla de crímenes y truculencias que los acompañan. Después de la sorpresa inicial, vamos asimilando, muchas veces con avidez morbosa, como si de una película de terror se tratase, cada uno de los sórdidos detalles de la historia. Lo curioso es que a la vez, nos distanciamos de los protagonistas, especialmente de quién comete los crímenes, hasta convertirlo en una especie de ser unidimensional, que parece que nace y vive exclusivamente para hacer el mal. Preferimos obviar el hecho de que quien ha sido capaz de ello es un ser humano como nosotros. Una persona que seguramente ríe, llora y que es capaz de sentir emociones positivas, que conjuga con el mal más abyecto.

Con esto no busco excusar ni rebajar el nivel de horror del caso de Amstetten. Precisamente creo que se hace más terrible e imposible de imaginar que a lo largo de estas más de dos décadas, en el oscuro sótano en el que este electricista austriaco retuvo a su segunda familia, hubo lugar para una suerte de viciada monotonía, que en algunas ocasiones pudo acercarse a la normalidad. Me llama la atención que una persona capaz de hacer el mal más inimaginable, se preocupara después por llevar a una de sus hijas-nietas al hospital. Habiendo cometido todos los crímenes que había cometido hasta entonces, ¿por qué no dejarla morir en el mismo agujero en el que sometió a una muerte en vida a su hija y sus vástagos? Es igual de difícil que asimilar, ahora que se celebran los actos en recuerdo a las víctimas del Holocausto, que la misma persona que promovió la muerte de seis millones de semejantes, fuera a la vez un amante cariñoso, un tipo amable con los suyos e incluso con sentido del humor.

El ser humano es complejo, capaz de lo mejor y de lo peor. Truman Capote puso el dedo en la llaga en su magnífico “A Sangre Fría”. Nadie como él se atrevió a mostrar al mundo el rostro de dos asesinos, poniendo el foco en todas y cada una de las caras que conforman el complicado poliedro que somos cada persona. Los verdugos de la familia Clutter se preocuparon, minutos antes de asesinar a los cuatro miembros de la misma, de colocar una almohada bajo la cabeza de sus víctimas para que estuvieran más cómodas. En un mundo en el que resulta mucho más fácil adscribirse al negro o al blanco, hace falta mucha valentía para mirar de frente al gris que, en realidad, lo tiñe todo. Un monstruo capaz de reír y hacer reír o de provocar amor, resulta mil veces más aterrador que la representación del mal puro, porque nos recuerda que tenemos más en común con el horror de lo que nos gustaría asumir.
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