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Patxi López, el discurso de un hombre tranquilo

Juan José Solozábal
martes 30 de julio de 2013, 20:00h
En el coloquio, alguien del público, pensando en la situación de Cataluña, ha reprochado a los socialistas su transigencia con el nacionalismo, quizás consecuencia de cierta indefinición ideológica o de su predisposición, que el interviniente encuentra exagerada, hacia el pluralismo. Patxi López ha contestado que él es internacionalista, no nacionalista y , que, como se demostró en el episodio de Ibarretxe, según su criterio, los socialistas no sólo no se suman a la ola nacionalista sino que la hacen frente. De hecho la derrota del soberanismo de Ibarretxe es impensable sin la actitud de franca oposición al mismo de los socialistas vascos.

Esta intervención de Patxi López tenía lugar hace unas pocas fechas en un curso de verano del Escorial, justo el día siguiente en el que había tenido la oportunidad, formando parte de una mesa redonda, de contrastar mis opiniones, además de con Txiki Benegas, con las de algún querido colega, y con un líder de los socialistas catalanes y diputado del Congreso, Francesc Vallés.

Patxi López ha construido su conferencia, sobre el Estado autonómico y sus perspectivas, en la que tiene lugar el lance que acabo de referir, en una línea típica de su discurso, en términos asertivos, pero sin polemizar o entrar en conflicto expreso con nadie, desarrollando una argumentación propia. Es un rasgo típico del líder vasco, que valoro muy positivamente. Su obra de gobierno, que adquirirá con el paso del tiempo el realce que merece, tampoco se planteó contra nadie, digamos como una rectificación que el desafío del soberanismo mereciese, sino como una nueva etapa sin confrontación que la sociedad vasca necesitaba desesperadamente. Acertó plenamente. Es verdad, entonces, que Patxi López es, en correspondencia a su discurso, un hombre tranquilo.

Me parece inteligente el punto de partida de la exposición de Patxi López: no es sensato centrar el problema del Estado español en su organización territorial, o la forma de repartirse el poder entre los diversos sujetos políticos, sin resolver la cuestión sobre el tipo de Estado del que estamos hablando.¿Qué es el lo que debe hacer el poder público en el Estado de nuestro tiempo?

El Estado del discurso de López tiene dos singularidades llamativas. Primero su justificación ética individualista, pues apunta a la consecución de una sociedad en la que se encuentren aseguradas la dignidad y la felicidad de todos los ciudadanos, prescindiendo por tanto de objetivos transpersonales, como la construcción nacional o semejantes. En apoyo del proyecto político presentado se utilizan referencias de la historia y la teoría constitucional, se trate del momento fundacional de la Nación americana o de autores como Berlin, Dworkin o Rawls, pero también de testimonios que suenan muy bien, traídos del universo mental del socialismo vasco, hablemos de Facundo Perezagua o de Tomás Meabe.

En segundo lugar, se señala, la instrumentación individualista del Estado, no conlleva un poder débil, sino al contrario, un poder fuerte, pues los peligros a los que se enfrentan en la sociedad globalizada la libertad y la igualdad requieren una protección vigorosa que solo la comunidad política en su conjunto puede ofrecer. La dignidad de todos, que el Estado ha de garantizar, significa, antes de nada, oportunidades económicas suficientes, esto es, un orden justo, imposible sin la actuación pública. Algo así como el Estado social de Derecho, efectivo o en serio, de nuestra Constitución.

Encuentro seductora la propuesta de Patxi López de excluir del plano político, relegándolas al espacio privado, las cuestiones relacionadas con la identidad, que serían así, como la religión o la opinión, problemas correspondientes al ámbito de cada uno. El Estado, entonces, no habría de tener un significado nacional, como no lo tiene si hablamos en términos ideológicos o religiosos: también en un sentido identitario habría de afirmarse la neutralidad del poder público. Sin duda es un acierto denunciar la legitimación exclusiva o primordialmente nacionalista del Estado, que es antes de nada un artefacto al servicio de fines individuales, pero temo que la desnacionalización de Estado, por decirlo así, contribuiría a su deslegitimación, teniendo en cuenta la importancia que los ciudadanos dan a la identificación nacional, como componente necesario de su propia felicidad. Según lo veo, la cuestión puede estar en construir una base nacional del Estado abierta y plural, verdaderamente integradora, lejos de la idea cerrada y absoluta que los nacionalismos tienden a utilizar.

Por lo que hace a la propuesta de Patxi López en relación con la revisión federal en que se piensa en estos momentos, creo que sus planteamientos son sensatos. El objetivo de la reforma del Estado ha de formularse en términos de la eficiencia del modelo, más que pensando en su eficacia integradora, que seguramente no es muy grande, dada la actitud al respecto de los nacionalistas. La racionalización del modelo es independiente de la cuestión del nombre del Estado, de modo que de cara a su realización efectiva, quizás mejor hablar de la federalización del Estado que de su conversión en un sistema que asuma expresamente una denominación en tal sentido. Federalización quiere decir, en todo caso, apoderamiento del Estado central, para asegurar el desempeño de las tareas de protección irrenunciables para la organización política común, clarificación competencial y potenciación de la coordinación, con la transformación o creación de las instituciones correspondientes , hablemos del Senado, las Conferencias de Presidentes o Conferencias intergubernamentales sectoriales.

Dejemos, si les parece, el comentario sobre la Mesa redonda para otra ocasión.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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