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Francisco, el Papa de los desheredados

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
miércoles 31 de julio de 2013, 20:30h
Desde que fuera elegido para el Pontificado, Jorge Luis Bergoglio ha hecho de su aproximación a los pobres el signo más visible de su mandato al frente la Iglesia católica. No han sido solo palabras las que puntuado su mensaje: en gran medida ha renunciado a la pompa y circunstancia que tradicionalmente han venido acompañando a los titulares de la máxima jerarquía eclesial, prescindiendo de lujos, arrinconando distancias, predicando austeridad con el ejemplo, buscando la proximidad con el rebaño y sus miembros. Es, si se quiere, una cuestión de énfasis, porque ninguno de sus inmediatos predecesores puede ser tenido por amante de la parafernalia que ahora Francisco visiblemente evita. Y el brazo tendido a los desheredados de la tierra, que de manera tan poderosa ha resonado en el reciente viaje papal al Brasil, está tan presente en todo el mensaje evangélico que bien se puede situar en el vértice de la fe cristiana: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36-40). Pero, qué duda cabe, Francisco cuya experiencia pastoral es la de un latinoamericano diariamente confrontado a la miseria, la desigualdad y la exclusión, ha querido que sea esa línea de pensamiento y acción la que, de manera harto poderosa, marque su mensaje. Y tanta razón tienen los que dicen conocer de sobra la prédica, porque está en la misma base de la verdad revelada, que aquellos otros que la ven rodeada de radical y novedosa acentuación. Pero unos y otros coinciden en la sorpresa: esta no es la Iglesia del ¨business as usual”, suponiendo que alguna vez hubiera existido tal cosa.

En la relativa confusión que todavía despiertan las denuncias proféticas del Papa Francisco, esta contundente reivindicación de una “Iglesia pobre y para los pobres” suscita inevitablemente precavidos adhesiones en los nostálgicos de la Teología de la Liberación y no menos precavidas reticencias en los que llegaron a situar a Hayek por encima de Jesús: para aquellos se habrían acabado los tiempos en que Juan Pablo II reconvenía públicamente a Ernesto Cardenal por su participación en la política mientras que para estos, los neoliberales y sus acólitos, el Papa seria un caso grave de la epidemia socialdemócrata que todavía asola al mundo. Seguramente unos y otros yerran el tiro de sus preocupaciones. Raro sería que este Papa, autoproclamado “Hijo de la Iglesia” ante los periodistas que le preguntaban por cuestiones como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo, quisiera dictar normas de obligado cumplimiento ante tal o cual eventualidad política o económica, mas allá de su ajustada queja universal ante los abusos que ponen en grave peligro la misma dignidad de la persona humana: los pobres, por supuesto, pero también los perseguidos por la intolerancia o el odio; los drogadictos, víctimas de los narcos y sus redes; los que contemplan con horror los efectos devastadores de la corrupción sobre el cuerpo social y los individuos que lo componen; los avariciosos, los arrogantes, los que ponen lo mejor de su fe en el dinero, sin excluir de entre ellos a los que ostentan dignidades eclesiásticas. En realidad Francisco se ha embarcado en un ambicioso programa de regeneración moral que debería resonar en el corazón de todos los hombres de buena voluntad, con el propósito declarado de cambiar el mundo. Ni más ni menos. ¿Querrá el mundo oírle?

Los cambios papales en estilo y énfasis han suscitado tanta admiración como aplauso, en el comienzo de un recorrido que, como no podía de ser menos, se anuncia arduo y complejo y cuyas últimas ramificaciones son en este momento de imposible adivinación. Con todo, la interpelación de Francisco a la Cristiandad es rotunda: este es un programa colectivo de salvación y no solamente un catecismo para la edificación espiritual del individuo. Esta es al mismo tiempo una llamada a los creyentes y a los que no lo son para construir conjuntamente un mundo menos desigual y más justo, más pacífico, menos brutal, más humano. Suena todo tan viejo y a la vez tan nuevo que Francisco, el Papa de los desheredados, tiene al menos derecho a una atenta audiencia e incluso a un decidido seguimiento. Como él bien dice, con el desgarro entangado de su voz porteña “no nos podemos quedar en el balcón” limitándonos a contemplar el espectáculo.”Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:31-46).

Javier Rupérez
Embajador de España

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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