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En el quinto centenario del Océano Pacífico…

jueves 01 de agosto de 2013, 20:23h
Adivinó, amigo lector. Naturalmente que el Océano Pacífico cuenta con más de quinientos años, pero la ocasión nos invita a rememorar el hallazgo efectuado por Vasco Núñez de Balboa en 1513 al toparse con las aguas del ponto más grande del mundo, mostrado por primera vez a los ojos de los europeos. El veraneo invita a reflexionarlo acercándonos a su cuenca, que promete ser desde ya el espacio en que más se mueve la economía mundial, esbozando un futuro chino, en tanto que desplaza la pujanza de la otrora poderosa Cuenca del Atlántico, todo lo cual abona a la importancia de este aniversario redondo.

Precisamente, en torno a esta efemérides y en un viaje relámpago, escribo estas notas desde Acapulco, la Perla del Pacífico, que bañada por sus aguas, mira hacia el inmenso mar que nos ocupa del que abreva la Historia y mis recuerdos in situ, reflexionando acerca de esta cuenca puesta frente a mí. Entonces ¿qué me dice? ¿quinto centenario del Océano Pacífico? Pues va a ser que sí, porque siempre ha estado allí, pero nombrado como tal apenas suma cinco centurias. Y eso si no descontamos aquella denominación plasmada por los cartógrafos de antaño, designándolo con el poético nombre de la Mar del Sur.

Núñez de Balboa palmó, balbuceó escasamente su anchurosa existencia definitoria de la redondez de la Tierra, tal y como lo determinaría circunnavegándola aquella épica expedición de Magallanes-El Cano en 1521, al concluir su periplo en el mismo año en que Hernán Cortés conquistó el imperio Azteca y enviaba a Francisco Chico a la bahía de Acapulco, a la que llegó el 13 de diciembre, día de Santa Lucía. Y pese a que Núñez de Balboa, confundido o engañado por sus ojos, errara llamándolo “pacífico” desconociendo como era natural, que sus tempestuosas aguas de artificiosa apariencia lo tornan como el más peligroso cuando se pone bravo, no es óbice para recordarnos que partiendo de México los exploradores ibéricos lo surcaron descubriendo en el siglo XVI a Hawai, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, un par de siglos antes de que Tasman, Vancouver, Bougainville y Cook se arrogaran esas glorias, pues mucho antes que ellos lo hicieron sus predecesores Legazpi, Saavedra, Mendaña, Torres y otros que mostraron Oceanía al mundo. ¡Cuánta historia alrededor de esta inmensidad marina! Una donde asoma la potencia que llega y la otra que se niega a despedirse.

Si descubrir el Océano Pacífico y navegarlo supuso completar la idea del mundo y su redondez, también amplió la astronomía al reconocerse la vastedad del firmamento observable desde el hemisferio opuesto, con su clima alrevesado respecto al hemisferio norte, atesorando a la Cruz del Sur los catalejos de avezados timoneles, afiliándose a ella, como que va plasmada en las banderas australiana y neozelandesa; teniéndola como la guía imperecedera que orientara sus derroteros e incorporándonos conceptos entendibles a cabalidad como el de “las antípodas” para referirnos a aquellas distantes, asaz remotas latitudes, al ampliarnos los conocimientos sobre ellas.

Pues le decía: le escribo desde Acapulco, una ciudad vibrante que sigue siendo mi favorita, que sigue en pie y apostándole a su mejor carta: el turismo y a pesar de los pesares que los ha tenido, ya sabemos; pese a sus desafíos en todos los órdenes, que siempre hay quién da la cara por ella y los acapulqueños no se arredran. Porque es infinita y da para mucho. Una estancia exprés apenas alcanza, cierto, pero contemplar su bahía de Santa Lucía no tiene parangón. Desde la Punta Bruja hasta la Boca Chica que comparte con la isla de La Roqueta. Esa misma bahía que penetró Humboldt para completar su recorrido por la América española, para así contarle a Carlos IV los detalles acerca de sus dominios americanos, aun decepcionándole las techumbres de la mítica ciudad que alimentara su imaginario y mirando a su vigía perpetuo, el fuerte de San Diego sobre su morro, centinela que perdura del tornaviaje a Filipinas, hermanando desde entonces a Acapulco y a Manila.

En donde me encuentro, el ángulo me permite apreciar tan magnífica vista, que cada atardecer se tiñe rojiza cuando devora el océano a un sol que solo aquí; en esta costa visitada por piratas como Drake y Lord Anson, que conserva ese clima benigno característico; cuyo romance con el anchuroso mar es de viejo cuño y que lo hace incomparable después de todo. Y desde este mismo ángulo
me queda muy claro que el quinto centenario del Océano Pacífico no se queda en recordarnos que Acapulco tuvo vital importancia para España, por ser la vía que le permitió enviar las misiones a Japón o para recibir los prodigios y las preciosidades transportadas por el célebre Galeón de Manila, que embelezaron por dos siglos y medio a sus súbitos de ambos mundos, engrosando colecciones sensacionales, todavía conservadas y cuya riqueza aún aflora, reluce y seduce.

Este quinto centenario se lo marcará Panamá presidiendo tres acontecimientos de órdago que nos involucran a todos los iberoamericanos. Será anfitriona en el otoño de esta conmemoración, de la Cumbre Iberoamericana y del séptimo Congreso de la Lengua Española, lo cual nos apremia instándonos a ver dos cosas: una: a ver la conmemoración como aquella que nos haga conscientes del poderío que hoy enmarca semejante vastedad marítima, ese piélago que cada vez de una manera más firme y preponderante comporta el futuro inmediato. Y dos: a ser conscientes de que aún falta por estrechar de verdad los lazos con Filipinas, importante hoy como lo fue antiguamente y por la misma razón: está a las puertas de China. Merece incorporarse de lleno al mundo iberoamericano, del que jamás debió irse tan estratégico archipiélago.

Justo ahora mientras observo desde un sitio prominente y elevado los cocoteros de esbeltos estépites y ramas libremente movidas al viento, acompasadas, que ornamentan las avenidas y parques del puerto al vaivén del oleaje, pienso en la promisoria Cuenca del Pacífico que, tras de cinco siglos, acaso como antes azuzara el imaginario de los novohispanos, tal vez hoy hace lo propio con nosotros. Ahora, convertida en el escenario más dinámico de la economía mundial, atestigua el Acuerdo del Pacífico que sin aspavientos ni altavoces integra economías dinámicas como son las de México, Chile, Colombia y Perú, que apuestan al libre comercio mientras amplían sus beneficios a Centroamérica, retiran visas entre sí y apuran acuerdos secundarios para enfrentar el desafío chino. Al Acuerdo se ha asomado España con acierto, que apuesta a engancharse al dinamismo que supone esta región planetaria que aún promete, pues no ha mostrado todo su potencial. Me congratulo de tener costas que a ella asomen siempre y cuando las aprovechemos adecuadamente. No decimos nada nuevo, pero sí advertimos que no podemos ser indiferentes a su energía y a los desafíos que entraña al ser ya un espacio ineludible en y de las relaciones internacionales. Si lo valoramos así, será muy útil este aniversario que nos congrega en torno a él.
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