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RESEÑA

Ángeles Mastretta: La emoción de las cosas

Ángeles Mastretta: La emoción de las cosas. Seix Barral. Barcelona, 2013. 320 páginas. 18,50 €
¿Cómo puede ser que las cosas nos emocionen? Y sí, tal es la maravilla de ciertos grandes escritores que son capaces de emocionarnos con la magia de lo cotidiano porque son ellos los que primero se emocionan y encuentran mágica a esa construcción colectiva que -como llamamos los argentinos- a los ponchazos o como podemos, a los tropiezos, hacemos a diario y que se llama realidad.

A la Ángeles Mastretta de La emoción de las cosas, le faltan pocos años para cumplir 60 y, por lo tanto, llegó a esa edad en que la sociología diría que es la bisagra que define la puerta de entrada al último tramo de la vida adulta, la vejez. Solo una gran escritora como ella puede hallar poesía en los juanetes, o hacer de su familia una pequeña épica de lo cotidiano.

La emoción de las cosas es emoción en estado puro: la emoción de la vida, la gente y las cosas, la emoción por la familia, por el compañero elegido hace más de tres décadas, la emoción por los hijos, la emoción por los ancestros. Pero también es un sencillo y a la vez hondo homenaje a los que pasaron antes pero cuyas vidas, causas y azares, hicieron posible -como dice Jorge Luis Borges- que nuestras manos se encontraran.

Para la autora de Arráncame la vida o Mujeres de ojos grandes, los destellos de la propia vida están hechos de retazos de un rompecabezas -o de muchos de ellos- cuyas piezas se van armando a diario y al que siempre nos falta una pieza para completarlo. O, más bien, una vez que creemos haberlo completado, el destino cambió por completo la imagen del fondo. Además en ese puzle inacabado, las personas adoptan roles que sirven para otorgar un sentido fugaz a la vida que de por sí, no lo tiene, sino que se lo da uno mismo. Así por esa bella pintura familiar desfilan una paleta de figuras entrañables: el padre que es el muerto, los otros muertos familiares que, a medida que pasan los años, se vuelven cada vez más numerosos, inclusive más que los propios vivos, la madre -que de tan recién muerta- es inclasificable. Y también están los vivos, los hijos, los parientes, los amigos -algunos de ellos, famosos como Joaquín Sabina- y los escritores Jane Austen, Isak Dinesen o Jorge Luis Borges.

Y ya que hablamos de roles, me voy a permitir salir del rol de la escritora de reseñas, para compartir con los lectores mi rol de madre orgullosa -tal como lo hace Mastretta en varios capítulos de sus memorias sin solución de continuidad que es La emoción de las cosas- para confesar que este libro, no solo es imprescindible porque es muy bello y conmueve de verdad por haber sido escrito desde el alma, sino que es recomendable para leerlo junto con nuestros hijos o, mejor aún, para volver a ejercer el viejo oficio de leerle a nuestros hijos en voz alta. Se lo recomiendo, es una reconfortante experiencia y ellos, encantados.

Para finalizar, recuerdo una entrevista que le hicieron a la genial cantante y compositora canadiense Joni Mitchell. Allí ella dijo que si su música servía para que, aquéllos que la escucharan se identifiquen con sus letras, se apropien de ellas y las tomen como propias y no para que encontraran en sus canciones tan solo la voz de Joni contando historias, entonces sí, sus composiciones pueden ser arte. Con La emoción de las cosas nos pasa eso, hallamos en sus páginas el espejo que nos pone delante lo más profundo de nuestro ser: la vida, el amor y la muerte en estado desoladoramente puro.


Por Verónica Meo Laos
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