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¿El final político de Silvio Berlusconi?

domingo 04 de agosto de 2013, 18:38h
19:38h del jueves 1 de agosto de 2013: se trata de un momento histórico para Italia. El Tribunal Supremo ha confirmado la condena de 4 años de prisión a Silvio Berlusconi, mientras la Corte de Apelación de Milán tendrá que calcular nuevamente el plazo de su inhabilitación. Irrevocable, qué bonita palabra: condena definitiva e irrevocable por fraude, reo como Al Capone. Y aunque Berlusconi no pisará la cárcel -arresto domiciliario o servicios sociales-, se trata de una sentencia histórica: en este ventennio, prescripciones, amnistías, atajos judiciales, leyes ad personam habían evitado que Berlusconi fuera condenado. Es como si, tras muchos años, se aplicara el artículo 3 de la Constitución, según el cual todos somos iguales ante la ley, incluso el megalómano de Arcore. Ahora, ningún escamotage, ningún salvoconducto ha evitado la sentencia, cuyo elemento trascendental es la inhabilitación para el ejercicio de cargo público.

Mediante un patético vídeo-mensaje, en un lenguaje anacrónico y temeroso, Berlusconi ha subrayado que no renunciará a la política, afirmando airado que sus sacrificios y compromisos han sido recompensados con una condena. El cavaliere volvió a mostrarse como víctima, aunque sería más honrado por su parte un gesto de responsabilidad, la dimisión y retirada. Una decisión que podría ser el preludio del paso del testigo a su hija Marina. La improbable salida de Berlusconi podría poner fin a dos décadas surrealistas de política italiana. Años marcados por la confusión público/privado, en los que los intereses personales del magnate han condicionado la política nacional. “El mejor político de Italia”, en resignadas palabras de Monti, ha conseguido convertir sus problemas judiciales en un escudo para su acción política, convenciendo a un adormecido país de que “propensión a cometer delitos”, como recitaba textualmente la sentencia Mediaset, significaba en realidad “persecución de unos jueces comunistas” o “fiscales feministas”. Su clan de sirvientes, convertidos en lucientes parlamentarios, alimentaba el mito de la “conspiración”, la idea de representar al “mártir de la mala justicia italiana”. A través de sus innumerables medios de comunicación, difundía la idea de que, si una absolución era la prueba de su inocencia, una eventual condena era la prueba manifiesta de la mala fe de los jueces. Y ahora, ¿podrá un ex presidiario seguir siendo líder del centro-derecha italiano? ¿Podrá clamar contra la Constitución y pedir su reforma? Berlusconi no podrá ser nunca más candidato, según el artículo 1 de la reciente ley Severino n.235 del 31/12/2012, que establece la inelegibilidad de quien tiene “una condena definitiva cuya pena es superior a dos años de cárcel”; y, asimismo, debería estar fuera del Senado de la República de Italia. Incluso debería perder el título de cavaliere al tratarse de una persona con antecedentes penales.

Cabe esperar un fin de ciclo, una digna salida del escenario político. No será así –como ha demostrado el turbado mensaje electoral emitido tras la sentencia- pese a que la condena representa un duro golpe para él, para el país, para su imagen internacional. La condena de Berlusconi no es un asunto privado y tendrá secuelas en la vida política del país. Resulta difícil no augurar consecuencias sobre la estabilidad del Gobierno. Además de desorientar al centroderecha italiano, dejándole huérfano de su carismático líder, el fallo judicial pone a dura prueba al gobierno de coalición de Enrico Letta. El actual Ejecutivo debería reformar cuanto antes la ley electoral y luego convocar nuevas elecciones. Finalmente, parece prematuro entonar el de profundis o, como ha hecho Grillo, celebrar el “Berlusconi ha muerto. Viva Berlusconi”. Pese a compartir sus palabras y considerarle yo también una especie de “muro de Berlín” que ha bloqueado la política italiana por 20 años, me cuesta imaginar que este muro haya caído por fin. El centroderecha, probablemente con la ignominiosa connivencia de un PD cada vez más desorientado, hará todo lo posible para “reparar” este muro, hará una chapuza para que se mantenga en pie. Demasiadas veces le han declarado muerto para luego verle, como el ave fénix, renacer de sus cenizas y conseguir un nuevo triunfo electoral. Berlusconi no es sólo un problema judicial, sino también político y cultural: aunque puede que Berlusconi haya emprendido el camino final, habrá que esperar para el esperado ocaso del berlusconismo. Y aunque estamos más cerca del fin del berlusconismo, el cavaliere no baraja la posibilidad de retirarse e, incluso, se crece ante las adversidades. Esperemos que pronto empiece la Italia post-Berlusconi…

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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