www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Italia y la cura del berlusconismo

domingo 11 de agosto de 2013, 20:03h
Este cálido verano italiano está corroborando una certeza: Italia debe liberarse cuanto antes del berlusconismo, esa anomalía que impide el crecimiento económico y determina el retroceso social y cultural del país. El berlusconismo es una “enfermedad” que dura desde hace dos décadas, arraigada en nuestra sociedad y alimentada por los medios de comunicación propiedad del magnate. Cuando Berlusconi decidió entrar en la arena política nacional encarnaba la esperanza de parte de la población, que anhelaba un cambio, un soplo de aire nuevo, un homo novus. Esta esperanza ha sido quebrantada por una discutible gestión política, una lamentable acción personal, una largo historial judicial. Su mandato político ha dejado al país en un estado lamentable, al borde de la crisis y de la implosión social. Y ahora, tras una condena firme, Berlusconi intenta arrastrar a Italia al abismo, con la servil colaboración de hawks y doves. El cavaliere amenaza con el fantasma de nuevas elecciones, mostrando su actitud irresponsable y confirmando que desde su entrada en política su única preocupación es su interés personal, su ganancia económica y su inmunidad judicial. El constante recurso a las urnas no sólo puede llevar al país a la ingobernabilidad (como en el caso de la República de Weimar), sino que pone de manifiesto también los límites de su clase política. No se trata de evitar las elecciones a toda costa, sino más bien de reformar previamente a la ineficaz ley electoral. Pero Berlusconi vuelve a sus andanzas, a su tentación populista y a sentirse como un Napoleón III en versión moderna, incapaz de distinguir entre una democracia plebiscitaria y una democracia parlamentaria, o de comprender el imperio de la ley.

Y en esta batalla cuenta con la labor de personajillos como Santanchè, Bondi, Brunetta, Carfagna y otros. Políticos que deben su carrera al cavaliere y por lo tanto dispuestos a hacer el ridículo públicamente para defender a un delincuente condenado en firme. Conceden asombrosas entrevistas y confunden los términos en cuestión, con la esperanza de complacer al cavaliere y engatusar a los italianos. Aunque sigue siendo senador –temporalmente, espero- y figura dominante de la política italiana temporalmente, espero-, Berlusconi ya es una persona con antecedentes penales, que debería plantearse una digna salida del escenario político. Asimismo, convendría que evitara patéticos video-mensajes o manifestaciones vergonzosas: está en juego la imagen internacional y la credibilidad del país. ¿Cómo explicar fuera de Italia que un criminal quiera forzar al Presidente de la República a concederle la gracia? ¿Pueden los ministros, miembros del poder ejecutivo, participar en un acto que cuestiona la labor del poder judicial?

Las fuerzas políticas, la sociedad civil y la opinión pública deberían colaborar para extirpar el mal del berlusconismo, evitar al país una nueva temporada bajo la voluntad-antojo del sultán. Por eso, cabe esperar que el Partido Democrático asuma una postura unívoca y responsable. No obstante, de momento el PD parece más cercano a la implosión y a una guerra interna que a una solución convincente. No comprende que aplazar su decisión puede perjudicarle tanto como seguir gobernando con el enemigo de siempre, el Berlusconi que han demonizado en las últimas campañas electorales. Se trata de decidir ya qué camino seguir, prepararse para una fase política nueva posiblemente sin Berlusconi. No se puede seguir gobernando con un condenado en firme como si esto fuera algo normal. Ahora mismo, reina la indecisión, la incertidumbre, la falta de consenso en torno a un candidato de cambio. La vía de la “pacificación nacional” no convence a gran parte de su electorado, se indigna en las redes sociales y, por lo tanto, el politburó del PD debería presentar pronto un candidato nuevo, una figura respetable, como Matteo Renzi o Pippo Civati.

Finalmente, los italianos creíamos, en palabras de Montanelli, estar vacunados contra la “enfermedad” Berlusconi, y sin embargo aún la padecemos. Extirparla sería una prueba de madurez política y responsabilidad socio-económica. Ha llegado el momento de cambiar, de oponerse a los diferentes demagogos, megalómanos y presuntos salvadores de la patria que prosperan en Italia. Curarse del berlusconismo es un primer paso en la vía de la recuperación.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios