www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Sobre Arendt, una vez más

Juan José Solozábal
martes 13 de agosto de 2013, 20:09h
Pensaba dedicar de todos modos la columna a Hannah Arendt, pues, para mi sorpresa, me encontré entre sus escritos con un artículo sobre Stefan Zweig, en concreto sobre su obra The world of yesterday, an autobiography, en el volumen La tradición oculta de la autora alemana, que me había causado cierta desazón. Atribuir falta de perspicacia sobre la naturaleza del régimen nazi y poca determinación en la oposición al mismo como judío, me parecía un cargo que Stefan Zweig no se merecía desde un punto de vista intelectual y que, además, era muy desafortunado formular en términos personales, pues el fatal desenlace de la vida del escritor austríaco en Brasil en 1942 era inseparable de su condición de víctima del nazismo.

Aunque las memorias de Stefan Zweig no puedan presentarse como un estudio del nacionalsocialismo, de sus causas o de los instrumentos institucionales o políticos del sistema, cosa que le achaca Hannah Arendt, si que constituye un valiosísimo testimonio de sus efectos que alcanzan fatalmente a alguien fuera del mundo propiamente político, un escritor y novelista internacionalmente conocido, cuyo horizonte vital es cercenado inevitablemente por la irrupción hitleriana.

¿Como es posible, se pregunta el lector, que alguien que amara tanto la vida y el arte, que valorase como Zweig las oportunidades de la libertad y la tolerancia, un ferviente europeísta como él, pudiese llegar a la conclusión de que no había nada que hacer y decidiese quitarse la vida? Todos sabemos que en muy buena medida, el suicidio de Zweig fue una muerte política, la de alguien al que la desaparición cruenta y atroz de su mundo de referencia afectó sin remedio. Así creo que sin exagerar puede considerársele una víctima ejemplar del nazismo.

Pero no me proponía solo ni principalmente llamar la atención sobre la injusticias en que el exceso de la razón puede incurrir, cuando se busca en los argumentos ajenos no luces sobre la problemática que nos preocupa sino exclusivamente confirmación o negación de las propias tesis al respecto. El ejercicio de la razón, si se quiere evitar el dogmatismo, siempre debe atemperarse con el diálogo, esto es, la consideración de los puntos de vista de los demás, sobre todo si son discrepantes.

En la sección de cultura del digital del Pais, dentro del blog Boomeran, puede encontrase una entrevista en profundidad que concedió a la televisión alemana Hannah Arendt en 1964 . Esta conversación constituye un documento extraordinariamente interesante, que trasmite algo del atractivo de la profesora alemana, pues en el diálogo se relata alguno de los lances de su arriesgada vida, y asimismo se da cuenta de su independencia política de la que Hannah Arendt ha alardeado en alguna ocasión, según es sabido. "La izquierda piensa que soy conservadora y los conservadores a veces me consideran de izquierdas, disidente o Dios sabe qué... No pertenezco a ningún grupo. Como saben el único grupo al que he pertenecido es el sionismo. y naturalmente, se debió a Hitler. Duró de 1933 al 1943, luego rompí con él".

En la entrevista Arendt, que reconoce que no es simpática, aunque no se manifiesta distante, incluso diría que resulta afectuosa, trasluce una indudable firmeza de carácter, que le permite ironizar sobre su feminismo (reconoce que no le gustan las "mandonas", aunque nada dice sobre las mujeres que mandan bien o sobre los hombres que no saben dirigir) . Arendt puede corregir al entrevistador, si se dirige a ella como filósofa política, y no como teórica de la política, que es, dice, su verdadera condición, o reconvenirle por asumir en el modo en que formula su pregunta que ella haya podido atribuir al pueblo judío alguna culpa en su atroz destino en el holocausto.

Arendt cuenta como escribe. No lo hace hasta que lo tiene todo en la cabeza y después lo pasa al papel como si fuese al dictado. Escribe para fijar las ideas, pero si tuviera una memoria suficiente para tener presente todo lo que piensa, no necesitaría reflejarlo gráficamente. Piensa inevitablemente en su lengua materna; así el inglés en el que se expresa es, de algún modo, artificial, un utillaje construido.
Asumió desde niña la necesidad de adoptar una actitud consecuente con las propias ideas en defensa de su dignidad. Si en clase se atacaba a los judíos, aunque no se dirigiese la ofensa directamente contra ella, tenía la instrucción de su madre de abandonar inmediatamente el aula. Hannah se quedaba ese día sin escuela, mientras su madre dirigía una carta de protesta a la dirección. Pero si la conducta antisemita lo era de sus compañeros de clase, era la propia Hannah quien debía buscar remedio al extravío.

Arendt se siente parte del pueblo judío, como grupo al que se pertenece naturalmente, y en el que predominan unas relaciones sociales regidas en muy buena parte por el afecto, especialmente sentido en la adversidad en que viven los parias. La correspondencia política del pueblo es la nación o el Estado, que es una situación a la que se aboca cuando el pueblo entra en relación con los demás, y los afectos se sustituyen por los intereses. En el caso judío, el paso del pueblo al Estado prefiere no darlo Arendt, pues se produce una negociación con los afectos que a nuestra filósofa le desagrada.

No puede hacerse historia sin imparcialidad, esto es, sin renunciar a la exaltación, y le parece que los Estados incurren en una contradicción cuando crean universidades y no les permiten las condiciones de libertad de su propio funcionamiento. Arendt realiza un elogio ilimitado de su maestro Jaspers que completó la educación que la falta de su padre hizo necesaria, y cuya intervención aportaba siempre la luz en el diálogo, como verdadera razón en la praxis que era.

La conversación en la televisión termina con la afirmación por parte de la Señora Arendt de las posibilidades de la participación en la democracia, sustentada en la igualdad sustancial entre quienes gobiernan, esto es, deciden, y los demás, cuando discuten sobre las cuestiones políticas. Lo político es el discernimiento sobre lo general, aplicando el sentido común, que es lo que hace el gobernante al optar por alguna de las posibilidades que le presentan los expertos, o cuando los ciudadanos en el nivel que sea, se reúnen para tratar sobre lo que a todos les afecta.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
0 comentarios