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¿Quiebra, subasta o privatización energética mexicana?

martes 13 de agosto de 2013, 20:13h
¿En México estamos al borde de una quiebra energética? ¿tal vez apenas de una quiebra petrolera? Pareciera que sí lo estamos a juzgar por el dramatismo contundente con el que el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, ha explicado semanas atrás que si no sometemos a PEMEX a la inversión privada, no saldremos adelante, urgiendo a que se autorice sin más una modificación constitucional que la permita. Cosas del peculiar secretario.

En esa tesitura, la reforma energética que propone Peña Nieto en materia energética, petrolera y eléctrica para más señas, dada a conocer el 12 de agosto de 2013 abre la posibilidad de la inversión privada que buscará su ganancia en la generación de energía eléctrica y en el proceso de obtención y venta de petróleo e hidrocarburos por los particulares, por ahora rubros exclusivos del Estado mexicano, sin que Peña Nieto explique cómo es que alcanzarán los recursos a obtenerse por tales actividades ahora a repartir entre el voraz sindicato petrolero, el gobierno que depende en un 37% de la renta petrolera y los inversionistas privados que buscan su ganancia, como sería lo natural y lógico. Promete como merolico que bajaran los costos de la luz y el combustible sin decirnos porqué por la creación de empresas paralelas y promete que gracias a esas inversiones privadas, vía contrato de utilidad en el caso petrolero, nos aportarán la calidad que debería de existir aun sin ellos y que la ineficiencia y la corrupción impiden que aflore, en vez de sancionarlas.

Peña Nieto ha presentado una propuesta de reforma energética dirigida, dice, hacia el replanteamiento fiscal de la obesa y elefántica empresa petrolera estatal, prometiendo transparencia y rendición de cuentas sin perseguir a los causantes de su expoliación y con lo que parece ser un tibio fomento a otras energías, pues lo suculento es la participación privada en el proceso de obtención del petróleo en todas sus fases, compartiendo ganancias, y la inversión privada para explotar la generación de energía eléctrica. Eso sí, Peña Nieto aclara repetidamente que el Estado mexicano retiene la propiedad de los hidrocarburos y que las empresas estatales, PEMEX y Comisión Federal de Electricidad (CFE) no se privatizan. Pero…las pone a competir, eso sí y comprarán el producto a particulares o repartirán ganancias con ellos, y a saber a qué precio compre el gobierno lo que antes generaba y que es impensable que ese costo no se lo carguen a los ciudadanos consumidores, a los que les ofrece que ahora sí, serán felices. Ese es el negocito y la trampa.

Así, con argumentos endebles y afirmaciones “contundentes” cual verdad de de Perogrullo, persiste la chamusquina del embuste en las palabras de Peña Nieto, enviciando el ambiente, pues el lenguaje utilizado en la presentación de la reforma energética no es ni preciso ni claro ni del todo convincente. Se quiere privatizar la renta petrolera si en parte se reparte con inversionistas privados, mientras se avala que la petrolera estatal, PEMEX, con altas prestaciones laborales pagadas con el petróleo de todos, seguirá como si nada, cosa insostenible si perdemos parte de la renta petrolera al repartirla.

¿Qué no pasa nada? En boca del secretario de energía, Pedro Joaquín Coldwell, se aclara que además de obtener más recursos por el petróleo a partir de la reforma y sin planificar que contemos con reservas a futuro, sino yendo en plan de venderlo todo ahora, el boquete fiscal previsible por repartir ganancias, se rellenará con una reforma fiscal “integral” que pagaremos los ciudadanos, mientras se privatiza una actividad hasta ahora pública y en manos mexicanas: la generación energía. Alza de impuestos que se avecina en 2014 y ya se ha filtrado, que está dejando en negocio privado a un bien público sin mayores explicaciones. El alza impositiva prevista es injusta y mediocre porque atrapa a los mismos cautivos de siempre, ya que este gobierno ha sido incapaz de instrumentar una política tributaria integral que elimine regímenes de excepción o cobros a los mayores ingresos ni amplia la base real de contribuyentes de la economía informal, sino que apuesta a impuestos de fácil cobro sin modificar el injusto sistema tributario, que no nos hiciera depender del petróleo como sucede hasta ahora ni lo amplía.

Peña se empeña en decir que México sale fortalecido al compartir su soberanía energética. No hay pruebas de que así será. Lo que sí está probado es que otras cesiones del pasado reciente fueron perjudiciales a los consumidores. Con un maromeo de palabras y emitiendo frases retóricas típicas de la vetusta tradición priista, el mandatario no explicó a la nación en qué porcentaje permitirá el reparto de ganancias. Lo que suelte implicará perder ingresos.

Si la petrolera no está quebrada entonces no se explicaría la urgencia de buscarle inversionistas privados, modificando la constitución federal porque se carece de recursos públicos a inyectarle, cosas inicialmente rechazadas por Peña Nieto como necesarias para un cambio energético, y que no ha podido sino retractarse pidiendo modificaciones legales en su iniciativa de reforma del régimen fiscal de PEMEX, ofreciendo ya antes el petróleo privatizado en Europa y confesándolo a medios internacionales, mientras negaba a los mexicanos que lo privatizaría en todo o en parte, como lo está proponiendo. Porque permitir la participación privada es hacerlo y repartir las ganancias sin precisar en qué porcentaje, más. Así es de transparente Peña Nieto, su gobierno y su partido, el PRI. Ofrece afuera lo que niega adentro que hará y luego recula al pillársele con las manos en la masa, actuando de forma tan opaca y mendaz pidiendo cambios constitucionales, pero sin demostrar la urgencia de los mismos, porque en su propuesta jamás explicó esa necesidad.

Pero admírese, amigo lector. México debería de estar debatiendo su futuro energético, que está en duda y muy comprometido debido a la ineficiencia con que administró su petróleo, a la corrupción de la empresa petrolera estatal y del PRI que la arropó, junto con la dificultad para extraer nuevo crudo porque carece de tecnología propia; ya que despilfarró lo ganado por la venta de petróleo y el gobierno ordeñó a la empresa petrolera ineficaz y abultada, para completar así lo que no recaudó de otra manera, saqueándola también su sindicato, que la carcome; y en vez de invertir recursos obtenidos en la materia para modernizarla. Mejor optó por acabársela y ante el panorama energético que pinta fatal para el futuro de este país, pide inversión privada reformando normas intocables garantes de la soberanía energética de México. Tener condiciones óptimas de abastecimiento y que México pueda proveerse de energía en los años venideros es el tema y no otro. No lo es saber si Peña Nieto se despeinará por proponer cambios y, sin que esté persiguiendo a quienes saquearon la petrolera, algunos analizan preocupados si podrá salir airoso de su propuesta privatizadora, agobiados más por verificar si aparecerá guapito en la foto. Así de extraviados van extraviando a la opinión pública.

Como lo veo adquiriremos más caro el combustible que de por sí pagamos carísimo al no refinarlo aquí, diciéndonos que sube para nivelarnos a estándares internacionales, sin el consabido aumento de salarios a estándares internacionales. De allí la injusticia y el robo que supone para los ciudadanos. Peña se empeña en decirnos que mantendrá la rectoría del Estado. ¿Cómo garantizaremos su proveeduría y su aprovechamiento por nosotros mismos? Acabamos presenciando un “debate energético” que tanta energía consume de forma tan inútil, teniendo muy poco de debate, hay que decirlo. Pero es lo que se quiere, que no se debata mucho. Peña no dice cómo el inversionista privado garantizará el abasto, los precios de combustibles asequibles y los empleos de los trabajadores de PEMEX. Usa un lenguaje evasivo en su iniciativa.

Y que quede muy claro a todos: los fierros viejos de la petrolera o los fierros viejos de la compañía eléctrica valen nada. Lo que vale miles de millones es el crudo y por supuesto, un mercado cautivo de 118 millones de mexicanos. Eso es lo que sí vale millones. Poco será lo que se invierta frente a las suculentas ganancias aseguradas y por eso, lo menos a lo que se puede aspirar es a proteger la soberanía energética y las ganancias de los mexicanos. Así pues, aunque sesudos analistas políticos de este país se centran en que si Peña Nieto se despeinará o no, puede usted ver que es lo que menos importa. Total, son los ciudadanos los que acabarán pagando de una u otra forma.
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