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RESEÑA

Emmanuel Carrère: Limónov

Emmanuel Carrère: Limónov . Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2013, 396 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 15,99 €
La obra que escribe Emmanuel Carrère (París, 1957) es una historia real que adopta una forma de novela. Una biografía bien documentada, tanto en la vida del personaje como en la historia más amplia que rodea su vida, la vida de Eduard Limónov. Nos lleva nuevamente al viejo problema del estudio de las grandes personalidades en la historia, que por una parte nos ilustran sobre un tema, pero también nos ocultan la importancia de los grupos sociales, las tendencias de una época y otros asuntos también relevantes. El libro logra afirmar la importancia del personaje y se abre a explicar su vida en el contexto histórico en el cual se desarrolla.

Limónov nació en Jarkov, Ucrania, bajo el nombre de Eduard Veniakov. Era 1943, año crucial, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión Soviética desarrollaba la famosa “Guerra Patriótica” de Stalin, tras la invasión de Hitler un par de años antes y que resultó finalmente fallida y permitió el contraataque soviético. Era hijo de funcionario menor del NKVD (sucesora de la CHEKA), a quien admiraba en un principio. De niño aprendió pocas cosas, para toda la vida: leía mucho (incluso pensaba ser escritor), aprendió a beber “a lo ruso” (tenía “hígado de acero”); aspiraba a ser el rey del crimen (incluso estaba dispuesto a matar).

De ahí en adelante la vida de Limónov es una vorágine de acontecimientos propios de una novela o de una vida intensamente vivida hasta lo inverosímil. Miembro de bandas en Moscú, involucrado en hechos antisociales, rebelde temprano y consuetudinario, provocador insaciable y virulento, antisistema en las escasas y leves aperturas que se daban en el régimen soviético tras la muerte de Stalin. Finalmente emigró con Elena a Nueva York en 1974 (el mismo año de Solzhenitsyn, como destaca Carrère), pero vivió en Norteamérica una existencia decadente y a veces triste, con ansias de grandeza, pero rodeado de pobreza y sin perspectiva alguna. Su mayor logro fue escribir sus propias miserias y tener un libro aceptable que lo convierte en escritor y le permite ir a Francia.

París representó una década importante para Limónov. Los años de 1980 a 1989 son decisivos para el mundo y también para el ucraniano que aspiraba a la grandeza. En ese tiempo la madre de Carrère habla del fin del imperio soviético, cuando el comunismo poco antes parecía imbatible y se presumía que sería la forma final de organización social; en la Unión Soviética que asumió Mijail Gorbachov, encabezó la Perestroika, proclamó el glasnost y marcó la transición hacia el fin del comunismo en la tierra de Lenin. Todo había cambiado.

El año de la caída del Muro de Berlín Limónov regresó a la Unión Soviética, que daba sus últimos manotazos históricos. El propio novel escritor quería convertirse en una figura relevante en este nuevo proceso. Se vinculó a rusos simples y quiso aprender de ellos, le dolía Rusia, un país sin ilusiones y venido a menos.

En su Diario de un fracasado, Limónov había escrito lo siguiente: “Sueño con una insurrección violenta… Que me den un millón y compraré armas y procuraré una sublevación en cualquier país”. Palabras más voluntaristas que realistas, pero que animaron a su autor a procurar, con escaso éxito, revolucionar distintos países. Estuvo con los serbios, lo que le valió críticas y sospechas; lo mismo le llevó a organizar un nuevo partido en Rusia; finalmente pensó en hacer lo mismo en Asia Central.

El caso ruso es, al menos, “complejo”, por utilizar una palabra a la que recurre Carrère, con cierto pudor. Limónov organizó a los nasbols, el Partido Nacional Bolchevique, nombre que trae las peores reminiscencias de los grandes totalitarismos del siglo XX, más cuando a su sede la llamaban búnker. Los jóvenes que se integraban a la organización eran nacionalistas de variado cuño, sin trabajo, furiosos punkies e inadaptados varios, que buscaban una gloria y un poder que no llegaría para ellos. Lo que sí llegó fue la detención de Limónov, bajo la acusación de terrorismo (entre otras), que le significaron años de cárcel, que le permitieron escribir nuevos libros y ser reconocido por su audacia y valor. Escaso premio de consuelo para tanto sufrimiento y deseos de grandeza.

El libro tiene varios logros interesantes, como ilustrar el ambiente decadente y falso del régimen soviético, la hipocresía de los escritores oficiales, y ese mundo subterráneo que procuraba hacer algo nuevo en materia literaria y cultural. Muestra el extraño y paradojal mundo de Rusia, el país de Lenin y Gorbachov, de Stalin y Putin, de Dostoievski y Tolstoi, de Solzhenitsyn y Limónov, que sufre males endémicos y parece renunciar voluntariamente a las posibilidades de la libertad. El propio Limónov presenta una visión radicalizada de la política, recuerda la dictadura comunista con cierta nostalgia, aunque deba sufrir la arbitrariedad del poder mientras condena la falta de libertad. Paradójico.

La obra presenta un problema propio de la historia del tiempo presente, aquella en la que son contemporáneos el autor y los hechos narrados, más todavía cuando están en pleno desarrollo. En la parte final, Carrère proyecta lo que sería de Rusia el 2012, qué sucedería con Putin, en circunstancias que nosotros sabemos ya lo que sucedió mientras se traducía el libro.

Una obra que nos habla de un personaje, pero que permite comprender mejor la historia del siglo XX, especialmente la historia de Rusia. Eduard Limónov es la figura central, un hombre tan atractivo como execrable, que le preguntó al autor del libro –cuando sostuvieron una entrevista– por qué estaba interesado en escribir una biografía sobre él. “Porque tiene una vida apasionante”, respondió Carrère. A lo que Limónov agregó: “Sí, una vida de mierda”.

Seguramente ambos tenían razón.

Por Alejandro San Francisco
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