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Egipto, el Islam, la democracia y otras incompatibilidades

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 22 de agosto de 2013, 20:13h
En realidad la primavera árabe, por llamarla de algún modo, empezó en Argelia, allá por los principios de los noventa, cuando el país magrebí organizó las primeras elecciones dignas de tal nombre en toda la vecindad del sur del Mediterráneo. Tan limpios resultaron los comicios que los islamistas arrasaron en las urnas y el Ejército, que controlaba estrechamente el país desde la independencia, impuso a tiros su retorno al poder. Con ello comenzó una larga y muy sangrienta guerra civil que, según los indicios, no ha terminado del todo.

Egipto es una variación sobre el mismo tema, como en diverso grado y medida lo son Irak, Siria, Túnez, Yemen y Libia, por citar los que en el momento mas sufren del mal. Y el mal se reduce a una constatación: el Islam político, y habría que dilucidar si ello no se debe aplicar a todo el Islam, sigue adherido a una visión fundamentalista y por tanto discriminatoria de la realidad social en la que se mueve y sobre la que pretende ejercer un poder absoluto. La conciencia de que la verdad coránica es la verdad sin adjetivos conduce naturalmente, y letalmente, a terminar de manera rotunda con la disidencia, sea cual sea el origen de esta y paralelamente a imponer un solo credo, un solo sistema de valores, una sola regla de comportamientos.

La democracia, tal como la concebimos y practicamos con mayor o menor éxito en lo que de manera amplia se entiende por el mundo occidental, requiere fundamentalmente un importante grado de relativismo, una paralela admisión de que en el mundo terrenal las verdades no son absolutas, un reconocimiento de la dignidad del otro, por adversario que resulte, y en consecuencia una práctica continua de la tolerancia. Son esas las cosas que diferencian al mundo sacral de las sociedades regidas por la civilidad, las que hacen posible que los ciudadanos puedan elegir libremente a sus representantes sin coacciones ni dogmas preconcebidos. Como tantas veces se ha repetido, la democracia funciona en entornos secularizados y todos los que la conocemos y apreciamos nos sentimos afortunados herederos de los precursores que ya en el Renacimiento supieron poner en práctica la máxima evangélica de “dar a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar”.

Constituye ello condición necesaria aunque no suficiente para que la democracia exista, y a ella habría que añadir otros datos de la experiencia: un cierto nivel de desarrollo económico, un correspondiente nivel educativo, una indispensable afirmación de la individualidad del ciudadano, una mínima capacidad para integrar en la responsabilidad del conjunto las diferencias étnicas y culturales. Nadie puede afirmar que ese conjunto de elementos garanticen la existencia y el funcionamiento de una democracia. Pero nadie podría negar que sin tales requisitos es muy difícil que la democracia llegue a cobrar forma. Es claro que Egipto y prácticamente todos los países del arco islámico, desde el Atlántico al Golfo Pérsico, no los cumplen.

Mustafá Kemal Ataturk, el fundador de la moderna Turquía, en el brutal cursillo acelerado a que sometió a lo que quedaba de la Sublime Puerta para acceder a la civilización moderna, encargó al Ejercito el mantenimiento de las esencias secularizadoras, imponiendo un modelo que con diversas mimesis ha gobernado en Túnez, en Egipto, en el Irak de Saddam Hussein y sigue gobernado en Argelia. Es cierto que Erdogan parece haber conseguido encerrar a los pretorianos en sus cuarteles, pero como ya se observa, a cambio de retornar a esquemas sacrales cada vez más evidentes. Como es cierto que los centuriones egipcios han creído de nuevo su obligación defender los principios de la república laica y nasserista y encerrar en las mazmorras -cuando no abiertamente en las fosas comunes- a los “hermanos musulmanes”. Nadie puede engañarse al respecto: el ciclo infernal seguirá repitiéndose mientras unos y otros no sean capaces de modernizar sus composiciones de lugar.

Y es que los militares de la zona, a los que no poca gente concede el beneficio de la duda por aquello de que se oponen a los islamistas, no saben otra cosa que no sea gobernar con mano de hierro sobre una población a la que consideran pecaminosamente díscola. Las componendas para explicar su recurrencia o el tacticismo que pretende justificar sus acciones no pueden esconder la limitación de sus propósitos y lo baldío de su gobernanza. Al final su gestión suele acabar en el caos y la violencia. Igual, por cierto, que la de los islamistas. Y el mundo, que en la era de la globalización no puede quedar ignorado, contempla atónito la insuficiencia de las fórmulas a las que periódicamente recurren las sociedades islamizadas. Y, no nos engañemos, a corto y a medio plazo no hay solución visible para una situación enfollonada de la que solo cabe esperar sangre, sudor y lágrimas. Sin ningún beneficio visible. Ni alternativa viable.

Constatar la incapacidad de las sociedades musulmanas para regirse por la democracia que los clásicos denominan “estilo Westminster” no debería constituir motivo de baldón o desprecio sino simplemente una constatación fáctica. Al fin y al cabo lo que cabria esperar de esas y parecidas sociedades es que, aún sin voto, se rigieran por principios de humanidad generalmente admitidos, Bastaría con respetar los derechos humanos y las libertades universales y fundamentales. Pero como quizás sea eso pedir peras al olmo cabria al menos recordar, para los que desde el exterior contemplan con aprensión e impotencia el tremendo panorama, que al final de la historia la democracia, o simplemente la vida en común, deben regirse por exigencias éticas elementales que mal se compadecen con el recurso a la pura eficacia. Aplicando las sabias aproximaciones de Max Weber, los islamistas estarían practicando en la vida política la “ética de las convicciones” que se espera de los profetas, mientras que los militares se habrían apuntado a la “ética de la responsabilidad” que se espera de los políticos. El problema es que aquellos poseen un armario de torcidas convicciones y estos un catálogo de desperdiciadas responsabilidades. El bien absoluto de los primeros bien se corresponde con el mal menor de los segundos. Y la democracia, o simplemente la estabilidad, no se compadecen ni con los unos ni con los otros. Triste resulta comprobar que nadie parece haber aprendido la lección: Turquía, Qatar, Irán, Barein, los emiratos del Golfo apostando por el islamismo radical mientras que Israel y Arabia Saudita cimentando la intervención militar. Mientras europeos y americanos se angustian entre la Scylla de los fundamentalistas y la Caribdis de los uniformados. Que Dios reparta suerte. Sobre todo entre los egipcios. Los más necesitados de su divina intercesión.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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