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Siria: intervenir o no intervenir, esa es la cuestión

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 29 de agosto de 2013, 07:40h
En 1994, en Ruanda, los “Tutsis” asesinaron entre 500.000 y 1.000.000 de “Hutus” en una orgia genocida de cuyos preparativos y evolución tuvieron puntual noticia las Naciones Unidas en Nueva York y el Presidente Bill Clinton de los Estados Unidos en Washington. La inacción de ambos, luego reconocida y lamentada por Kofi Annan, entonces responsable de las misiones de paz de la ONU, y por el propio presidente americano, facilitó la locura criminal y ha dejado una huella indeleble a la hora de evaluar las posibilidades o la conveniencia de facilitar intervenciones militares por razones humanitarias y sobre la misma responsabilidad de las naciones que forman la comunidad internacional para impedir que la barbarie se produzca o se generalice. De hecho el genocidio ruandés está en el comienzo de la existencia del Tribunal Penal Internacional creado por el Estatuto de Roma en 1998 y constituye la más próxima de las inspiraciones para la que ahora es conocida, aunque todavía mal codificada, “responsabilidad de proteger”.

En Siria, y según los datos facilitados por las agencias humanitarias de las Naciones Unidas, son ya más de 100.000 los muertos en los enfrentamientos de los últimos tres años entre las tropas fieles al Presidente Assad y los que buscan su caída y cerca de 2.000.000 millones los desplazados por el conflicto, que como se puede comprender está generando un peligroso nivel de inestabilidad en los países vecinos y en toda la zona. Siempre cabrá preguntarse porqué los 100.000 muertos no han valido la intervención que seguramente si merecerán los 1.300 fallecidos como consecuencia de la utilización de armas químicas por parte del ejército sirio. La respuesta oficial, a la que se ve obligado el Presidente Obama en virtud de sus anteriores declaraciones, es que con ello Assad atraviesa una “línea roja” definida por las prohibiciones internacionales sobre la utilización de armas de destrucción masiva en los conflictos, pero en realidad es algo más simple: la gota que colma el vaso de la sensibilidad del mundo actual en el contexto de los principios y valores que desde la aprobación de la Carta de las Naciones Unidas en 1945 forman la columna vertebral de la vida internacional de relación.

Nunca son fáciles las decisiones de intervenir y nada mejor para comprenderlo que la contemplación de las vacilaciones que embargan a la administración americana antes de emprender una acción militar. Ahora en Siria como antes lo fue en Libia y un poco más tarde, aunque de manera mas limitada, en Mali, los Estados Unidos, que están saliendo de las guerras de Irak y de Afganistán, que tienen una opinión pública cansada de la aventura bélica y muy contraria a emprender otra nueva, presididos como están por un presidente que hizo de sus críticas a la intervención en Irak parte fundamental de su camino hacia la Casa Blanca, debaten hasta el agotamiento los pros y los contras de la utilización de medios militares para obtener un cierto retorno a la razonabilidad en tierras lejanas regidas por sátrapas sanguinarios. Y es que cuando los horrores de la brutalidad dictatorial invaden las conciencias y las miradas de las sociedades acostumbradas al disfrute de la libertad e incluso a contracorriente se impone la noción del que “hay que hacer algo”, son inevitablemente los americanos aquellos a los que se dirige la interrogación. Esos mismos americanos a los que se reprocha su poderío, su influencia, sus ganas de dominio, incluso sus brutalidades, son los únicos que pueden responder a un requerimiento de humanidad compasiva: evitemos que siga la matanza. De manera que la “línea roja” ya no es, si alguna vez lo fue, un pretexto para no actuar, un aviso para que nadie forzara la intervención, en una razón inescapable para hacerlo.

Ya sabemos casi todo lo que hay que saber sobre los términos de la intervención y sus riesgos: que será “quirúrgica”, con la utilización de misiles de crucero dirigidos exclusivamente contra objetivos militares; que será breve, tres días a los sumo; que no pretende derrocar al régimen de Assad; que no llevará consigo el despliegue de tropas sobre el terreno; que la intervención contra Assad es doblemente complicada porque las fuerzas que se le oponen incluyen islamistas radicales relacionados con Al Qaida. Sabemos también que no sabemos lo que va a pasar en el futuro y que es muy difícil averiguarlo; y los cautos nos avisan que la situación entonces podría ser incluso peor que la actual. Y los inocentes se preguntan; ¿todavía peor?, ¿es que acaso ello es posible?

Sabemos también que la posibilidad de que Rusia y China aprueben con su voto en el Consejo de Seguridad una resolución favorable a la acción militar es prácticamente nula y que Obama está buscando una justificación legal interna e internacional para la eventual intervención. Quizás siga el ejemplo de Clinton en 1999, cuando se atrevió a bombardear objetivos militares en Serbia, con el apoyo de la OTAN y sin el beneplácito de la ONU para impedir que Milosevic siguiera practicando la limpieza étnica contra los albaneses en Kosovo. Y a lo mejor recuerda que Bush hijo, antes de la invasión de Irak en 2003, pidió y obtuvo del Congreso de los Estados Unidos autorización para intervenir, en un voto en el que asintieron fervorosamente, como una mayoría de sus colegas, los entonces senadores Hillary Clinton y John Kerry, intervención que él, Obama, entonces sólo un modesto senador local por Illinois, públicamente desautorizó por no estar avalada por la comunidad internacional.

Mal que le pese al que desde la Casa Blanca viene proclamando su intención de que los Estados Unidos no hagan otra cosa que “conducir desde el asiento trasero”, las complejas y sucias realidades del mundo en que le ha tocado vivir no permiten tal lujo y al final, cuando se trata de defender una determinada visión del mundo en una paz decente, no son los rusos o los chinos los que quieren o pueden encargarse de la tarea sino los Estados Unidos de América del Presidente Obama. Igual que antes lo fueron con Bush hijo, y con Clinton, y con Bush padre. Y con algunos otros que a pesar de errores, retrasos y vacilaciones supieron estar del lado de la democracia y en contra de los totalitarismos cuando el momento lo exigió. ¿Seria exagerado decir que en ello consiste el hacer frente a las responsabilidades, derechos y obligaciones derivadas del peso de la púrpura?

Es posible que el bombardeo con los misiles de crucero traiga otras consecuencias. Amenazan los sirios con las penas del infierno y lo propio hacen los iraníes, apuntando al recrudecimiento de acciones terroristas contra los que se atrevan a participar en el castigo. Rusia vaticina grandes catástrofes en el caso de la intervención, aunque no se sabe bien que adicionales barrabasadas puede jugar el país que todavía añora no seguir siendo la Unión Soviética. Pero sobre todo, como pasó en Yugoeslavia y en Libia con la expresa intención de no proceder al cambio de régimen, la historia acabó como todos saben, con los tiranos en la cárcel o en la alcantarilla. Y es probable que ello también ocurra en Siria.

Pero, ¿es que alguien todavía se atreve a lamentar la desaparición de Bashar el Assad y el tenebroso clan que le rodea? Porque en efecto todas las opciones en el caso de Siria son malas. Pero la peor sin duda es la de no hacer nada.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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