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Martutene, la novela vasca del siglo XX

Juan José Solozábal
martes 03 de septiembre de 2013, 20:07h
Martutene el último libro de Ramon Saizarbitoria es una monumental novela de 760 páginas, primera sorpresa que depara este libro, en la época de los twitters y en la que se urge a los columnistas brevedad y, si es posible, también levedad. Es la novela en euskera, vertida al castellano con revisión del autor, del siglo XX, se ha dicho, y es también, lo señala Jon Kortázar, una obra difícil, de compleja estructura y, sin duda, de una gran ambición narrativa. El libro no deja de ser una versión desde un plano nacionalista de la situación vasca actual, un reflejo del momento de esperanza, pero para nada sencillo, que vive el País Vasco en nuestros días; desde esta perspectiva es un libro de historias nacionalistas, en la estela de Juaristi, pero también una versión nacionalista del pasado inmediato vasco.

Lo que se narra en el libro es la historia simultánea de dos parejas, la constituida por un médico (Inaki Abaitua) y su mujer también doctora (Pilar Goytisolo ) ; y por Martín , un escritor en euskera y su compañera Julia, traductora profesional de esta lengua. La llegada de una joven, y bella, socióloga americana (Lynn, que vive en la casa de Julia y Martin) cuestionará los supuestos harto ligeros de unas relaciones matrimoniales estancadas, en las que falta el deseo, pero también la alegría y la libertad. La novela entonces, en su centro, es una historia de amor otoñal, Abaitua está en los sesenta y la visitante americana anda por los primeros treinta, con sus componentes de seducción y adulterio, suficientes para mantener la atención del lector. Se cuenta una relación condenada, pero sincera,(“yo te ví solo por eso me acerqué,” confiesa la muchacha, que para nada piensa en un aventura efímera) que deja a Abaitua herido por el remordimiento, con su matrimonio irrecuperable, y a Lynn desarbolada y hundida.(“Una víctima de la imprudencia de un hombre momentáneamente desorientado pero con un camino bien trazado al que con toda seguridad va a volver”). Pero el libro es también un retrato, seguramente de relieve autobiográfico, de un escritor que reflexiona sobre la tortura de la creación (“he llorado porque, bromas aparte, cada línea de mierda la escribí con esfuerzo”) y las propias condiciones del mundo literario vasco.

Es asimismo un libro de viajes que ayuda al lector, si se pone en el papel de Lynn, a descubrir, por ejemplo el País Vasco Francés (el capítulo 8 en el que se narra una excursión a Burdeos, protagonizada por Abaitua, su amigo Kepa, un prototipo barojiano, y Lynn es un relato maravilloso, con un ritmo trepidante y de una jovialidad contagiosa). El libro profesa un donostiarrismo ubicuo. Es una novela urbana que enseña San Sebastián, con unas preferencias que comparto, el Puerto y sobre todo el Paseo de Francia, que la novela describe con las leyendas de sus casas. Entiendo también la congoja que la ciudad querida puede producirle al escritor y que yo he sentido ocasionalmente. Quizás el lector recuerde un viejo recuadro mío en que me encuentro con el Padre Beristain, alrededor de la calle Garibay, a la salida de la iglesia de los jesuitas, que moriría al día siguiente. En realidad el aspecto espectral de Beristain no dejaba de reflejar en cierto modo el poso de la muerte que, si estás desprevenido, puede sorprenderte en Donosti en algún momento (Cuaderno abierto de un constitucionalista, recuadro 109) . “Hay muchos lugares en la ciudad, escribe Saizarbitoria, que están marcados por haber sido escenario de muertes violentas, calles en las que todavía se siente el eco de la metralla, aceras en las que le parece percibir las manchas indelebles de la sangre-también el de las flores marchitas de homenaje.”

Pero el gran argumento del libro, de lo que va verdaderamente, es el nacionalismo, y el soporte cultural, histórico y antropológico que le sirve de base (Iñaki Aldekoa). Es la explicación nacionalista de un nacionalista, conviene tenerlo en cuenta, pero el testimonio es inapreciable. Por ejemplo sobre la intensidad del sentimiento nacionalista: “No olvidar lo que en realidad somos”. Una carga identitaria abrumadora de la que, leemos, uno “nunca se sentirá completamente libre, de la que no puede liberase sin sentirse culpable..” A veces Abaitua estaba harto de ser vasco. Había habido un atentado… “El amigo le dijo que le había costado un mayor desgarro interior romper con el nacionalismo que abandonar la Iglesia y que divorciarse de su mujer más tarde..” También Julia constata el peso insoportable del nacionalismo, y le cuenta a Lynn : “Maldita patria por la que se han perdido tantas vidas, que ha exigido tanto sufrimiento-cerda que se come a su crías- de la que nunca logrará librarse”. Tras su perorata le pregunta a la americana ¿entiendes algo?. Y dice a continuación, “pero como vas a entender, si ni yo misma me entiendo”.
El nacionalismo parte de una aceptación sentimental de la propia condición común popular . “Es evidente que el sentimiento patriótico se asienta en ese sedimento que han ido dejando en el corazón esas hermosas canciones cantadas a coro en la adolescencia”. Julia, se lee en la novela, sentía el corazón colectivo cuando, mientras oía cantar, Abaitua se acercó a saludarles.

La predisposición nacionalista, incluso inadvertidamente, tiene una dimensión transversal en el país. La compartían también los requetés que lucharon en el llamado bando nacional. El padre de Pilar no era un fascista.”Era un tradicionalista y amaba el país, desde luego”. Abaitua no le dice a su hijo que el abuelo carlista era más racista que su otro abuelo, el nacionalista, “pero sí que creía que el destino de los vascos no estaba en separarse de España, sino en dominarla, en tirar de ella, y en ese sentido el nacionalismo era una equivocación”.

Saizabitoria ofrece una explicación mertoniana de los mitos en la ideología del nacionalismo: la voluntad de aceptarlos, por la misma debilidad racional de su soporte, refuerza la identidad de los que los profesan. “Los mitos son mentira, que duda cabe, pero lo que hace especiales a los vascos es la capacidad, la voluntad de hacer verosímiles a los suyos”. El nacionalismo vasco, en fin, es una ideología de la derrota, y sin la guerra, “la puta guerra”, nada puede entenderse en Euskadi. A Abaitua, que creció en la cultura de los vencidos, le trasmitieron la idea de que la derrota es digna.”Los gudaris perdieron, pero preservaron su dignidad intacta. Eso les trasmitieron sus padres: que la derrota es bella cuando se ha luchado con dignidad”.

Este es el nacionalismo de Abaitua, liberal y de matriz tradicional. Hay otro nacionalismo que también se refleja en la novela y que llega de la mano de las historias de los nacionalistas de la familia de Julia, que residen en Otzeta (nombre ficticio). Este pueblo es un trasmundo de la vida abertzale que le parecerá surrealista y atroz a quien sólo sepa de él por los periódicos, pero que existe y tiene un peso político considerable en Euskadi. El ofrecer ocasión de mostrarlo no es el menor de los méritos de esta novela verdaderamente extraordinaria de la que habrá que seguir hablando…..

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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