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CRÍTICA

Gaizka Fernández Soldevilla: Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994)

domingo 08 de septiembre de 2013, 15:04h
Gaizka Fernández Soldevilla: Héroes, heterodoxos y traidores. Historia de Euskadiko Ezkerra (1974-1994). Prólogo de José Luis de la Granja Sainz. Tecnos. Madrid, 2013. 472 páginas. 23,50 €. Libro electrónico: 12,98 €
Por segunda vez traemos a estas páginas una obra del joven historiador Gaizka Fernández Soldevilla. Si su primer libro, Sangre, votos, manifestaciones, publicado en 2011 junto a Raúl López Romo, se dedicó a la historia de ETA , su segundo texto, editado en solitario en 2013, prolonga aquel relato con un profundo estudio sobre la trayectoria de Euskadiko Ezkerra, partido político nacido de las mismas entrañas de ETA, artífice de la paulatina moderación experimentada a lo largo de tres décadas por un cierto sector del nacionalismo vasco radical.

Este segundo libro repite varios de los méritos del anterior. Como no podía ser de otro modo tratándose de la secuela de una tesis doctoral dirigida por un acreditado experto en la materia como el catedrático José Luis de la Granja, estamos ante una investigación rigurosa, bien fundada en evidencias, argumentada con solidez y ponderada en sus juicios. Por otro lado, aun deparando una lectura más pesada que la de la obra anterior del mismo autor (consecuencia simultánea del detallismo del relato y de la temática elegida, quizá algo más árida), Héroes, heterodoxos y traidores es un libro escrito con claridad y elegancia, mérito que no siempre comparten las obras divulgativas de origen académico.

La aparición de Euskadiko Ezkerra en el panorama de la política vasca fue posible gracias a una idea alumbrada por Bernardo Moreno Bergaretxe, Pertur, un dirigente de ETA político-militar que poco antes de desaparecer en circunstancias no totalmente aclaradas inspiró la “ponencia Otsagabia”. El documento en cuestión, presentado en 1976 en el marco de la VII asamblea de ETApm, proponía superar el modelo político-militar con el que hasta entonces se habían alineado las estructuras y la actividad del nacionalismo vasco violento, avanzando hacia la separación orgánica de la “lucha política” respecto de la “lucha armada”. De acuerdo con dicho análisis, el cambio requería la creación de un partido político destinado a actuar como vanguardia de la clase obrera y del conjunto del pueblo vasco y dispuesto a aprovechar todas las opciones institucionales abiertas en España gracias al inicio de la Transición. De ahí surgiría EIA (siglas de Euskal Iraultzarako Alderdia: Partido para la Revolución Vasca) y más tarde su sucesor: EE (Euskadiko Ezkerra o Izquierda de Euskadi), nacido a raíz de un experimento de coalición electoral ensayado en 1977 mediante el que EIA (es decir, el brazo político de “ETA político-militar”) subsumió a un sector de la extrema izquierda del País Vasco (principalmente EMK: Euskadiko Mugimendu Komunista o Movimiento Comunista de Euskadi).

Luego, cuando las primeras elecciones generales de la actual democracia (1977) ofrecieron la prueba de que la sociedad vasca no era globalmente nacionalista, sino políticamente plural y diversa, los “euskadikos” sacaron conclusiones y decidieron profundizar en la acción institucional. Se inició así una tendencia de orientación inversa a la tomada por la otra sección del nacionalismo vasco radical, la liderada por “ETA militar”. Mientras ésta negó la realidad, prefiriendo la narrativa falaz del conflicto vasco-español y manteniendo como prioridad la violencia terrorista, los hijos de ETA ingresados en EIA y EE se implicaron en un proceso de evolución ideológica y práctica que acabó dando lugar a la disolución de ETApm, consumada en 1982 gracias a una “amnistía encubierta” urdida con los gobiernos de Adolfo Suárez y Felipe González por los principales líderes “euskadikos”: Mario Onaindía, antiguo militante etarra juzgado en el proceso de Burgos y Juan María Bandrés, abogado suyo en aquel influyente juicio de 1970.

A esto seguiría el progreso de EE hacia posiciones políticas progresivamente más incluyentes, partidarias del Estatuto de Gernika y el pacto de Ajuría Enea, y mediadas por un ejercicio continuado de crítica desmitificadora del discurso aberztale y de los principales dogmas del nacionalismo vasco: una auténtica religión política sobre cuyas bases los líderes y militantes de EE fueron sucesivamente tildados de héroes, heterodoxos y traidores. A pesar de sus continuados esfuerzos por ir adaptándose a cada nueva circunstancia, o más bien como consecuencia suya, el proyecto político de EE terminó fracasando a mediados de los años noventa, con su dirigencia parcialmente absorbida por el PSE (Partido Socialista de Euskadi).

El libro de Gaizka Fernández analiza esa larga experiencia repasando minuciosamente cada uno de los cambios ideológicos experimentados por la formación, cada estrategia política ensayada, cada resultado electoral y cada conflicto, dentro del contexto de la política vasca y española. Quizá el empeño argumentativo por mostrar los aspectos positivos de esta evolución hayan dejado en segundo plano los gravísimos pecados que la acompañaron. Conviene recordar que EE promovió durante demasiado tiempo un relato excesivamente complaciente de su propia historia, retratándose como la última derivada de una ETA buena: la que supo abandonar la violencia al ritmo de avance de una joven democracia, frente a otra ETA mala, la que prefirió insistir en la “lucha armada” aún después de consolidarse un nuevo régimen de libertades. Pero lo cierto es que nunca hubo una ETA buena y que hasta 1981 los “euskadikos” formaron parte de un entramado criminal corresponsable de la instauración del denso e irrespirable clima de terror que ha emponzoñado la vida social y política del País Vasco hasta hace casi tres días.

Asimismo, el mérito de haber propiciado la desaparición de ETApm no estuvo exento de graves costes: sobre todo el coste que supuso la impunidad de los muchos “polimilis” que resultaron amnistiados sin haber pagado por sus propias carreras asesinas. Para no incurrir en un balance injusto, el autor reconoce en sus conclusiones cada uno de estos puntos oscuros advirtiendo, no obstante, que quizá lo más relevante de su investigación es la constatación de que las religiones políticas que mueven a la violencia no tienen por qué ser eternas e invulnerables, como no lo fueron para los nacionalistas díscolos de los que trata este excelente libro.

Por Luis de la Corte Ibáñez

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