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Bolonia y el primer día de curso

Juan José Solozábal
martes 10 de septiembre de 2013, 20:27h
Ayer fue un día pleno y verdadero. Comenzó el curso. Tengo doscientos alumnos, un aula a rebosar, que van a asistir a clase en la Universidad por primera vez. Les digo que la lección de hoy es la más importante, que seguramente no olvidarán nunca. Les felicito porque van a tener unos años, los que dure la licenciatura, en los que podrán dedicarse sólo a ellos, a su formación. Esto, en un país en el que la crisis económica, institucional y moral no da respiro, es una gran suerte. Han de procurar abstraerse de lo que pasa fuera, eludir el ambiente plomizo social, y prepararse profesionalmente lo mejor que puedan. Deben pensar también que la sociedad ha puesto a su disposición unos recursos que no cabe desperdiciar y que tienen el deber patriótico de aprovechar útilmente. Con todo lo que les va a dar la Universidad, más allá de la posibilidad de aprender de los profesores, es un tiempo para la convivencia y el descubrimiento de unos colegas y amigos, con los que establecerán lazos de afecto y estima para siempre.

Me propongo enseñarles los rudimentos del Derecho constitucional español, lo que equivale a trasmitirles, tal como yo los veo, un conjunto de conocimientos concretos, pero sobre todo la capacidad o disposición mental para que se puedan valer en el estudio de esta disciplina. Adquirirán bien pronto un cierto lenguaje o jerga que es la propia de quienes cultivan esta rama del derecho. Seguro que han oído alguna vez hablar de un Estatuto de Autonomía o de La Ley Orgánica, o de la moción de censura. Pero han de perfeccionar estas nociones y encuadrarlas en el conjunto constitucional al que pertenecen. Puede que se encuentren en la situación en que se hallaba el taxista de Heidelberg. Les cuento que don Emilio Lledó relataba en una entrevista lo que le ocurrió cuando acabada la carrera, es decir a una edad algo superior a la de los muchachos que me oyen, llegó a Heidelberg a estudiar filosofía. Al coger el taxi en la estación de la bella ciudad junto al Neckar, el conductor le preguntó al joven Lledó sobre sus propósitos, recomendándole para la realización de su tesis al profesor Gadamer. Aunque mis alumnos se encuentren respecto al derecho constitucional en parecida situación a la del taxista de Heidelberg con la filosofía, es decir cuenten con ciertas nociones que toda persona culta posee, les queda un largo trecho para cuyo recorrido me ofrezco con la mejor disposición.

Mis alumnos no saben quien es Bodino y tampoco han oído la palabra ordenamiento. Les hablo brevemente del pensador francés Jean Bodin, al que nunca me referiré con este nombre, como tampoco tiene sentido si no hablo en euskera que hable de Gasteiz sino de Vitoria, y anudaré su idea de soberanía a la del poder constituyente. La noción de ordenamiento, por otra parte, me permite referirme a la norma que es la cabecera y la médula del sistema jurídico, esto es, la Constitución. Ya en el primer día me refiero a los dos tipos de disposiciones que encontrarán en la Constitución, esto es, les cuento que hay una Constitución cierta, que es la Constitución de la organización, y otra incierta o principial, a la que vamos a llamar, con Levinson, la Constitución de la conversación.

Les cuento que tenemos un nuevo, o relativamente nuevo, plan de estudios, que responde al nombre de Bolonia, pero que no siguen en esta Universidad, ni en Paris, ni en Oxford o Heidelberg. Lo que sí es Bolonia es una bella ciudad, que he visitado nuevamente hace poco. Les refiero a mis alumnos la emoción que te embarga cuando en la Piazza Nettuno reparas en los paneles con las fotografías ya desgastadas por el paso del tiempo, ocres y sepias, retratos de jóvenes que cayeron en la liberación de Italia. Son héroes de la Resistencia a los que la población de Bolonia sigue poniendo frescas y bellas coronas de flores. Visité este mayo asimismo la casa donde vivió el poeta Carducci. Carducci sale con cierta frecuencia en los ensayos de Unamuno y me apetecía mucho ver si quedaba rastro de la correspondencia que el escritor vasco hubiese podido tener con el literato y profesor de Bolonia, premio Nobel de 1906. El director de la Casa Museo resultó haber estudiado en Barcelona donde se doctoró con una tesis sobre Manuel Machado; pero me dijo que en los archivos no quedaba huella de la correspondencia que yo buscaba.

El día culmina porque me entregan ejemplares del monográfico sobre la autodeterminación de Cuadernos de Alzate, con casi veinte excelentes contribuciones sobre este tópico. Además Alfonso Ruiz Miguel me ofrece un bello libro que testimonia gráficamente la vida, la obra y el tiempo de Norberto Bobbio (Bobbio e il suo mondo). No cabe mejor modo de celebrar que volvemos, como diría Juan Ramón, al trabajo gustoso, al tajo que solemos.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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