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Sofocón olímpico

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
jueves 12 de septiembre de 2013, 19:03h
En el imposible juego de averiguar por qué los miembros del Comité Olímpico Internacional han decidido prescindir de la candidatura de Madrid para albergar los Juegos de 2020 ya creemos saberlo todo: que los integrantes del COI son unos chorizos malintencionados, que España no está de moda, que nuestra situación económica nos pasa factura, que los escándalos de dopaje son incalificables, que los japoneses han puesto mucho dinero en el empeño, que cómo se nos ha ocurrido ir por ahí diciendo que necesitábamos los Juegos para salir adelante , que esto es un juego muy complicado y que no sabemos jugarlo, que nadie sabe si España seguirá existiendo dentro de siete años, que Bárcenas amenaza la estabilidad institucional española, que los europeos no querían que Madrid saliera para poder jugar la baza de Paris en 2024,et.,etc.,etc. Cuando la verdad es que no sabemos por qué han votado los miembros del COI de la manera en que lo ha hecho y que será muy difícil llegar a averiguarlo. Debemos contentarnos con registrar el resultado que ciertamente es injusto para con la calidad del trabajo realizado y brutal en su puro mensaje numérico: esto es lo que los castizos llamarían una corrida en pelo.

Que además llueve sobre el mojado de un país instalado en el desánimo y la crisis, en plenas horas bajas de la psicología colectiva. Al que de repente, en campaña que ahora se nos antoja desmesurada, se le ofreció una leve luz de parcial recuperación en el espejuelo de una convocatoria que traería gentes, y dinero, y optimismo, y puestos de trabajo. El llanto y crujir de dientes ha sido tanto más intenso cuanto altas fueron las expectativas creadas. Siempre habrá alguien que se preguntará si visto lo visto el empeño valía la desilusión y sus evidentes ramificaciones. ¿No hubiera sido mejor acaso retirar la candidatura, como hizo Roma, alegando que la actual situación de crisis económica no permitía continuar con el empeño? Pero, en fin, no caben los futuribles de pasado: no hay más remedio que enfrentarse a la realidad y sacar de ella las mejores y posibles lecciones.

La primera y evidente: más se perdió en Cuba y por arrastrado que se encuentre el ánimo nacional no cabe agraviarlo con un infinito y angustiado proceso autoflagelatorio. No es Madrid la primera ciudad en perder sus apuestas olímpicas y montes tan altos como Nueva York y Chicago se han visto recientemente sometidos a la misma amarga experiencia. La segunda y no menos evidente: España no debe repetir la experiencia en un futuro previsible y largo. El país y sus ciudades no están para bromas y menos para sofocones. La medicina amarga que por nuestros desvaríos estamos obligados a digerir no se compadece con fuegos de artificio ni bálsamos de Fierabrás, sino con trabajo continuado, austero, eficaz y competente. Tercera y última: la norma naturalmente se aplica a Barcelona, cuyo alcalde, en un prodigio de insensibilidad y desvergüenza, pretende candidatarla para unos Juegos Olímpicos de invierno. Abundando en al carácter miserable con que los nacionalistas catalanes adornan sus expresiones cuando hablan del resto de España, no ha esperado veinticuatro horas al fiasco madrileño para manifestar que Barcelona es la única ciudad española que sabe conducir eso de las Olimpiadas y que para su pretensión ya cuenta con el apoyo del Gobierno de la nación –nación que según los planes de sus conmilitones habría dejado de existir para cuando los tales Juegos tengan lugar-. Es harto improbable que el Gobierno haya comprometido nada en tal sentido, pero si así no fuera habría que convocar a la ciudadanía española, incluyendo ciertamente a la catalana, a una gigantesca conga que sin duda alguna multiplicaría en centenares de kilómetros los de la Diada, con una simple y clara exigencia: ni una pela del contribuyente para Juegos Olímpicos, Exposiciones Universales, Congreso Internacionales y similares saraos, que como las borracheras, y en el mejor de lo casos, dejan los bolsillos vacíos, la mente obnubilada y el alma arrepentida. En el peor, ya se sabe: la cabeza caliente y los pies congelados. La cuota de sofocones está ampliamente llena. Y España no está para bromas.

Javier Rupérez
Embajador de España

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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