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México: desinformación y “desprotección” civil que se cobran vidas

sábado 21 de septiembre de 2013, 17:57h
Ha sido calamitoso. El puente vacacional del fin de semana que corrió del 13 al 16 de septiembre de 2013 ha sido fatal en México, ante la irresponsable imprevisión de las autoridades de los tres niveles de gobierno, que no alertaron ni a tiempo ni lo suficiente acerca de dos meteoros que se dirigían simultáneos a las costas mexicanas en plena temporada de huracanes. “Ingrid” y “Manuel”, catalogados como tormentas tropicales –que las describen en Estados Unidos y no los mexicanos– fueron minimizados y en consecuencia, no se previno a la población.

Tal inoperancia, tal carencia de oficio político y de ejercicio de facultades por parte de funcionarios ineptos, desembocó en una situación fatal: los ciudadanos organizaron unos días de descanso dirigiéndose a las playas, sin calibrar la situación, sin ser debidamente informados acerca de lo riesgos que derivarían de una llamada “tormenta tropical” que podía convertirse en huracán. Ya los muertos y los damnificados prestarán oídos a las justificaciones y a los encubrimientos del funcionario lacayuno de turno que desee abrir la boca ante su inacción. Es el caso típico de cuando la naturaleza cuenta con la torpeza gubernamental.

Como puede usted verificar, no es cosa ni de ser adivinos ni es el gobernante el responsable de que existan tales fenómenos naturales; pero sería muy irresponsable eludir como gobernante que con los medios a su alcance y con los necesarios y supuestos canales de comunicación existentes entre autoridades y la sociedad, no reconocer que no se alertó del peligro a cabalidad, pese a ver en el mapa satelital dos meteoros simultáneos, uno en el Golfo de México y otro en el Pacífico, y no alertara de que no había condiciones idóneas para que la gente se fuera de vacaciones a la playa por mor de elemental supervivencia al no ser lo recomendable y avisando a los lugareños del evidente peligro. Aun si no se hubieran transformado en huracanes tales meteoros, al ser sincrónicos hubiera sido para que la autoridad se mosqueara y diera la voz de alarma a tiempo, explicando todas las implicaciones. No sucedió así. Es inaceptable y vergonzoso.

Las consecuencias han sido catastróficas y entre muertos, desaparecidos, comunidades aisladas, pobres, indígenas las más y alguna sepultada por aludes de lodo y piedras como La Pintada, por donde las autoridades no han pasado siquiera, y un número incierto no determinado de muertos y con 40 mil turistas atrapados en Acapulco –incomunicado por tierra hasta el jueves 19 en sus ¡tres! carreteras muy dañadas y su aeropuerto inundado– junto con el colapso de otras tantas autovías que representarán para la infraestrutura carretera mexicana un retroceso de al menos, 20 años en el rubro (de un tirón) y sumando diario daños cuantiosísimos sin la respuesta puntual del gobierno o muy insuficiente cuando va bien, es en resumidas cuentas un varapalo que dimensiones aún no cuantificadas y sopesadas aquí.

A grades males, grandes anuncios justificadores. Porque ¿quién será el responsable de tanta imprevisión, de tanta corrupción? ¿qué autoridad debe de dar la cara a los deudos y a los ciudadanos afectados en las costas y las sierras, que no fueron alertados a tiempo y se les condujo a la muerte a muchos de ellos o que lo han perdido todo? ¿quién responde? Porque es verdad que el colapso de la zona de Punta Diamante en Acapulco, como ejemplo, no obedece solo a la corrupción de haberse permitido desde hace dos décadas la construcción de una microciudad con aspiraciones primermundistas sin los equilibrios necesarios sobre los humedales, cargándose los palmerales de órdago que la revestían antaño, sino que se suma insultante el silencio al callarse la autoridad la alerta a emitir ante un fenómeno natural presente y detectado. La inundación de la zona –acompañada de caimanes sueltos y la rapiña ante la ausencia persistente de la autoridad– y el desastre en suma, no terminan allí. Bien apuntó en redes mi amigo y colega Guillermo, víctima de aquello: “Aquí hay una clara responsabilidad del Estado y la no actuación inmediata. La autoridad sabía la magnitud del meteoro y en lugar de anunciar masivamente la posible situación, permitió que los vacacionistas saliéramos al puerto. La info la tenían disponible desde el jueves (12 de septiembre)”. Así de grave.

¿Hay nombres de responsables? Por supuesto que sí. Debo apuntar primero que nada, al gobierno federal encabezado por Enrique Peña Nieto. El presidente mexicano tiene a su cargo la dependencia que se supone que ha de alertar en casos así. Sumemos pues al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong y a su subalterno, Luis Felipe Puente, coordinador nacional de Protección Civil, y con ellos a todos quienes están encargados de la ahora evidente e inoperantemente cara “desprotección civil”, por no haber actuado a tiempo y en la proporción necesaria y apremiante. Fueron omisos, imprecisos y no actuaron de manera contundente para alertar a la población, que aun con el billete de avión en mano, que aun con reservas en hoteles y estadías de no baratos precios, era menester protegerla. Sin olvidarnos de los lugareños, pues ha sido un crimen no avisarles. La irresponsabilidad de no hacerlo resultó evidente. Funcionaros de alto nivel directamente involucrados con la materia de prevención se marcharon al puente como el que más, evidenciando que ni ellos estaban conscientes de lo que se venía y ahora minimizan datos o evaden responsabilidades. Más irresponsables y ajenos a su tarea verificadora difícilmente podremos encontrar. Y al que no le guste ver esos nombres señalados aquí y le pique, que se rasque.

Por redes sociales ha sido fácil rastrear las penurias de amigos y conocidos atrapados en Acapulco ante tamaña irresponsabilidad de una autoridad omisa, pues coinciden en que desconocían que se dirigían a una catástrofe. Porque…imagine usted: o 40 mil turistas que se dirigieron a Acapulco en este puente son masoquistas y deseaban conocer lo más parecido a un huracán o las autoridades han sido ineficaces, torpes e irresponsables no avisando con tiempo y detalle acerca de las consecuencias de una tormenta tropical, ignorantes de catalogar adecuadamente lo que se venía encima. No es posible que 40 mil lo desconocieran, como no se haya omitido informárselos de forma puntual, como es el caso. Y a lo mejor va siendo hora de que las autoridades hagan su trabajo y redefinan qué entienden entonces por “tormenta tropical”, porque el desastre causado también obedece a limitarse a verla como “mucha lluvia y fuerte”. Se ha externado que no todos los hoteleros cumplieron los compromisos de alargar el alojamiento gratuito a los turistas atrapados y aun en el puente aéreo montado para su rescate se han visto favoritismos y cobros de billetes de avión, pese a negarse que eso sucede.

Refirámonos también al derecho a la información. Nos gusta presumir que las garantías individuales lo privilegian. ¿Sí? Pues informar las condiciones reales del clima también pasa por allí. Tanto cacarean ese derecho nuestros políticos para que después a la hora de la verdad, nada de nada y todos a nadar por su imprevisión al afectarse 28 provincias de 32 entidades, ante fenómenos naturales no valorados adecuadamente ni alertados cual debían. ¿Algún responsable? Ninguno por ahora. Usted no pierda tranquilidad, falta más.

Es tiempo de que las autoridades mexicanas traten a su población como los mayores de edad que somos. Siguen en el plan de no decir la verdad para no “inquietar”. Ante los muertos, la respuesta social no puede ser otra que una airada protesta reclamando a las autoridades que si no quieren levantiscos, se pongan a trabajar. Hoy algunos políticos piden responsabilidades porque se trata de otros políticos de otros partidos. Si no se empieza por fincárselas a los que cité, de muy poco servirá el ánimo de buscar responsabilidades. Porque los mismos ineptos de esta ocasión son aquellos que llevan meses “monitoreando” el volcán Popocatépetl, activo y a 72 km. de la Ciudad de México, y se limitan a medir las fumarolas que emite –limitándose a informar de su tamaño en vez de difundir en medios masivos el estado real de la situación– y a minimizar manifestaciones de lava, visibles en su cráter, llamando exhalación a la ceniza y la lava que están allí en lo que el DRAE denomina como “erupción”. Sin esa probidad y la procuración suficiente para atender tal o cual fenómenos naturales de manera preventiva por parte de las autoridades mexicanas aplicando semejantes criterios “de protección” civil”, podemos estar ciertos de que lo visto este septiembre en la costa sur de México no será la última desgracia allí. Alarmante, sin lugar a dudas. Injustificado, también.
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